Escape

Muñecas de trapo

No se trata de un negocio, sino de una forma de supervivencia, son otros los que hacen negocio

La Razón / Fernando Del Berro

00:00 / 03 de noviembre de 2013

Mientras apura su cerveza, Yanet me cuenta que su estrategia consiste en mirar hacia el techo y esperar pacientemente a que acaben los chirridos oxidados de su cama. Me cuenta que ya es algo mecánico, como quitarse y ponerse la ropa, como tomarse antes un trago de más para hacerlo más llevadero. “Es una rutina, como en cualquier oficio”, dice sin entusiasmo abriendo sus inmensos ojos negros.

Cada día es igual. Cuando el cielo apaga el último incendio del sol, Yanet sale de casa con su verdad desnuda y se dirige al Malecón, el paseo marítimo de La Habana, una lengua de granito arrasada por el tiempo. Cada día es igual. Cuando el sol se oculta, derretido como la cera por el calor, turistas solitarios con el alma ansiosa pasean por el rompeolas habanero con la mirada clavada en un mar de siluetas.

Yanet suele esperar a que se le acerquen. Su piel cobriza está embutida en una ceñida falda y un top de colores chillones, que la hace más visible en la incipiente penumbra. De vez en cuando pasea alzando sus labios inflados y contoneando las caderas y piernas en un claro desafío a las leyes de la mecánica con las que nos movemos el resto de mortales. En ocasiones sonríe. Y entonces aprovecho para preguntarle por qué se prostituye. “Yo no me prostituyo — contesta desairada—, yo soy una luchadora. Me aburrí de comer arroz y frijoles todos los días, ¿sabes?”, me dice con un acento tosco que delata su origen rural. “Siempre pensé que la vida podía ser algo más”.

Siento la brisa fresca, que comienza a entrar desde un Caribe calmo como un plato, como si el agua fuera de cielo. Es entonces cuando entiendo que para Yanet ese algo más era La Habana. De niña veía cómo sus vecinas llegaban de la capital con tabaco americano entre los labios, ceñidas en camisas estampadas y de grandes hombreras, cargando al hombro bolsos de piel y taconeando las baldosas del suelo con brillantes zapatos tachuelados. “Con esas ropas parecían actrices de cine”, recuerda Yanet. “Yo vivía en el campo, y como muchos mi destino era vestir un delantal de mesera o trabajar la tierra con unas sandalias hechas con suela de ruedas neumáticas”, puntualiza.

Ahora, a sus 20 años, es ella la que luce mirada altiva cuando regresa a su pueblo. Aparca en La Habana sus trapos de Cenicienta y visita a sus padres enfundada en unos pantalones ajustados, top en miniatura, un rostro cargado de maquillaje y unas uñas tan decoradas que ninguna trabajadora agrícola podría soñar para ella.

Pero Yanet no es la única. Son muchas las mujeres y adolescentes que a diario se prostituyen en la ciudad caribeña. “Yo no soy una degenerada como esas que se ven en los países capitalistas —me dice— lo mío es otra cosa”. Pero parece que esa “cosa” es lo que buscan en Cuba los turistas. El país caribeño sigue siendo un destino preferente para el turismo sexual, donde uno puede encontrar sexo barato y discreto. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la explotación sexual de mujeres genera en el mundo 32.000 millones de dólares anuales, el segundo negocio ilegal más lucrativo tras el narcotráfico.

Aunque para Yanet no se trata de un negocio, sino de una forma de supervivencia, son otros los que hacen un buen negocio con su cuerpo de trapo. El que hace el mejor negocio es Kevin, un habanero mulato y fibroso con tatuajes recorriendo sus brazos. El pelo engominado se le vuelca sobre el espejo de unas brillantes gafas de sol. Viste pantalones de jean desgastados de fábrica, al menos medio kilo de buey plateado en la hebilla de su cinturón y el último modelo de zapatillas Converse. Me dice que no le gusta golpear a las chicas, pero es que “no se puede ser flojo con ellas. Así es este oficio, de vez en cuando hay que darle una galleta a una”, añade gesticulando permanentemente con las manos. Se siente orgulloso de ser un triunfador y esa sobredosis hormonal de éxito le predispone para contarme encantado en qué consiste su oficio.

Debe buscar por La Habana turistas platudos para unas seis o siete jóvenes fijas que trabajan para él. Por entre 50 y 100 dólares, el cliente puede escoger. “Las tengo delgadas y entraditas en carne, hay para elegir —dice Kevin— es como una mesa buffet de mujeres”. Su oficio consiste en poner a sus chicas en la calle y quedarse un porcentaje. “Sólo les cobro el 20 por ciento. No soy abusador. Todos mis bomboncitos quieren trabajar conmigo”, confirma con una amplia sonrisa. Su oficio también consiste en sobornar, tanto a los porteros de los hoteles para que dejen moverse libremente a sus chicas como a los policías para que no actúen. “Los guardias quieren enriquecerse a costa de uno —se queja irritado— te piden hasta 20 dólares por hacer la vista gorda”.

Todo para, como él mismo dice, vivir bien. “Porque quiero comer en lugares buenos, vestir ropa de boutique y oler como un príncipe. ¿Para qué voy a trabajar? —añade indignado— ¿para ganar 15 dólares mensuales? Me los gano yo en un minuto”.

Proxenetas y otros intermediarios se han convertido en los reyes del mambo de los barrios más humildes de La Habana. Porque con 266 pesos cubanos (20 dólares), el sueldo medio mensual en Cuba, a casi nadie le alcanza para vivir bien. Aunque el Gobierno proporcione una libreta de racionamiento, que por apenas un dólar da acceso a alimentos de primera necesidad, cualquiera sabe que las cantidades no duran más de una semana. Porque, a no ser que reciban remesas de un familiar residente en el extranjero, tienen que inventar ingresos extras que complementen su sueldo. En cambio, el comercio sexual permite ganar fácilmente en un día lo que un trabajador bien pagado gana en meses. El periodista cubano Amir Valle denuncia que desde hace 20 años “los buscavidas alcanzan mejor nivel que los universitarios y trabajadores. Se han convertido en símbolos de éxito”. Y añade que “a pesar de que durante décadas se enseñó a la gente que los estímulos morales eran más importantes que los materiales, eso se vino abajo cuando los cubanos comenzaron a entrar en contacto con los modelos de vida extranjeros”. A finales de los 80, cuando cesó la ayuda de la antigua Unión Soviética, el Gobierno comenzó a potenciar el turismo como principal fuente de ingresos. Desde entonces, los mejores hoteles, la mejor comida, los mejores espacios de ocio y las mejores condiciones fueron para el turista.

La prostitución se lee de diferentes maneras según el punto de vista ideológico. Para los que entienden que el proyecto socialista cubano es un fracaso, se trata de una prueba de ello. Para los que defienden la Revolución, se trata de un fenómeno aislado en el que están inmersas chicas que quieren acceder a determinados bienes de consumo por la vía rápida. Amparo Comas, investigadora del Instituto de la Mujer, se pregunta que “si la persona ha crecido en una familia en el que lo material sustituye a lo afectivo y prima la ostentación como expresión de éxito social, ¿qué pasa cuando no hay posibilidad de acceso a esos atributos de poder económico por vías formales?”

Yanet accede cuando le pido que me invite al lugar donde lleva a sus clientes. Atravesamos callejones vacíos de Centro Habana, donde una fresca brisa nocturna envuelta en soplos revuelve los papeles. Alcanzamos la que dice es su casa, un edificio de cal marchita al final de una calle. Con el silencio de la noche los muebles aprovechan para lamentar sus achaques de viejo. Yanet dice que ha amado a muchos navegando por estas calles derruidas. Un amor genital de caricias prestadas y placeres fingidos que parece consumirla, que le va dejando poco a poco un arañazo indeleble en la carrocería del alma. Veo en sus brazos las venas detenidas por la soledad. Los dólares le queman dulcemente las entrañas. Lleva años tras alguien que la saque de aquí. Pero no sé si clavándose estos hierros de plomo llegará a su cielo. ¿Quién acallaría los chirridos oxidados de su cama? ¿Quién sostendría este cuerpo de trapo?

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