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Un Museo restaurante en La Paz

1700 es el repositorio de objetos antiguos, muebles tallados y un menú especial.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

15:00 / 28 de marzo de 2018

Hace unos días, mientras limpiaba una lámpara antigua, Sergio Salazar (28 años) encontró rostros de ángeles grabados en el cristal. Es que más que un restaurante, 1700 es un repositorio oculto en la calle Linares de La Paz, donde el comensal puede disfrutar de comida internacional fusionada con ingredientes bolivianos y, también, contemplar muebles de madera tallados, cuadros y objetos antiguos.

Sergio atribuye a la suerte que desde hace cuatro años sea administrador del local, ya que cuando un día llegó ahí como guía de turistas, Rafael Torres Valdivia—dueño de la casa y coleccionista— le dijo que el lugar estaba disponible, por lo que invirtió sus ahorros para hacerse con el recinto.

La Linares y la Sagárnaga fueron las primeras calles del “barrio de indios”, la zona donde residían los que no eran españoles, por lo que en esta primera vía se abrieron tambos —albergues y centros de acopio de alimentos—. En 1735, la familia Valdivia construyó una casona que, después de 283 años, se ha convertido en un atractivo paceño, protegido por los descendientes de los primeros moradores.

En la calle empedrada —flanqueada por innumerables tiendas multicolores de ropa, instrumentos musicales y, sobre todo, hierbas y objetos para traer la buena suerte, que la ha convertido en la Calle de las Brujas—, la vivienda de estilo barroco-mestizo no solo resguarda el Museo de la Coca, sino también otro repositorio.

Al cruzar el grueso zaguán de madera y subir las gradas de piedra se tiene la sensación de estar retrocediendo en el tiempo. El salón derecho es el que llama más la atención porque parece parte de un convento, debido a las sillas y mesas talladas a mano, al igual que los objetos que circundan el ambiente. El mostrador principal resguarda los objetos más preciados y antiguos, como libros viejos de filosofía, medicina, economía política y una versión española de El origen de las especies, de Charles Darwin. “Elegi abjetus effe in domo Dei mei: magis quám habita: re in tabernaculis peccatorum”, se lee en un libro escrito en latín que posiblemente formó parte de una iglesia. En la urna protegida por un vidrio también está un crucifijo que, según cuentan, sirvió para hacer exorcismos.

Hay mucho por ver ahí, desde un sextante (instrumento astronómico que se usaba para determinar la posición de un astro) hasta un operador Morse. Refugiado entre una radio de transistores y figuras de bronce del Quijote de la Mancha y Sancho Panza, atrae la mirada un muñeco de trapo que, al parecer, fue usado para hacer magia vudú y que nadie quiere tocar.

Es tan enigmático, que un médico estadounidense que visita el lugar se queda durante varios minutos contemplando los objetos coleccionados. Como para descansar del asombro y la información otorgada por Sergio, el comensal recibe el primer aperitivo: un vaso de ginebra boliviana que llega acompañado por una piedra plana sobre la que hay trozos de tumbo, chirimoya, pacay, tuna y granadilla.

Mientras tanto, es difícil no dejar de seguir viendo lo que hay alrededor ni preguntar el significado de las pinturas o figuras. Por ejemplo, en ambos lados de una habitación que antaño sirvió de bodega hay un rostro tallado en madera que se asemeja a un ser diabólico. En realidad se trata de Abraxas, dios de origen egipcio que representa el bien y el mal, una deidad que suele ser piadosa y amable con aquellas personas a las que considera buenas y despiadada con quienes son malas.

Pinturas de los primeros años de La Paz, frascos de una botiquería, una estufa del siglo pasado, trompetas, maletas de cuero con el escudo de Perú, plumas de pavo real, un gramófono y cientos de detalles son algunos otros detalles de los ambientes.

“Tú comes en un museo”, afirma Sergio, quien a través del menú demuestra que la propuesta culinaria es una mezcla de cocina internacional con ingredientes nativos.

Por ello, el visitante puede disfrutar de un cordon blue acompañado con quinua y plantas originarias del altiplano, un filete de llama con salsa de maracuyá, huminta de quinua, además de un pique macho y brocheta “elaborados al estilo de 1700”. “Los clientes extranjeros pueden pedir un filete, pero no se les sirve como en sus países, sino con hierbas como wacataya y q’oa”, explica el administrador del restaurante, amante de la buena cocina y, desde hace cuatro años, encargado de explicar los detalles que guardan las dos habitaciones del restaurante de la Linares.

Además del gin, el local ofrece bebidas orgánicas, cervezas artesanales, una variedad de vinos nacionales y cócteles como el mojito de coca, El Salar (elaborado con leche), El Tío (de toque picante), Agua de los Andes (preparado con varias hierbas), La Paz Maravillosa (a base de vodka, hierbas y frutas) y el tradicional chuflay.

Hace varios años, un grupo de masones realizaba reuniones secretas en esta casona. Algunos visitantes aseguran que ven sombras extrañas. Otros, como Sergio, encuentran detalles ocultos en los intersticios. El restaurante 1700 ofrece una experiencia única, que mezcla buenos sabores de gastronomía nacional e internacional y la agradable estadía en unos ambientes que resguardan un poco de la historia de La Paz.

Atención de lunes a sábado 

El restaurante se precia de prescindir de comida preelaborada, por lo que los pedidos son preparados ese mismo momento.

Para ingresar al local se debe atravesar el zaguán N° 906 de la calle Linares, caminar por un callejón empedrado y subir, a mano izquierda, unas gradas de piedra.

La atención es de lunes a sábado, entre las 18.00 y 22.00.

Para conocer más detalles del museo-restaurante puede llamar a los teléfonos 2334079 o 77706936.

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