Escape

Nadezma Guzmán

Llegó a la conclusión de que la casualidad no existe. La elaboración de un joyero de cáscara de naranja la sedujo hasta meterla de lleno en el mundo de las alhajas, en el que invierte todo su tiempo y dedicación. Orfebre

La Razón / Miriam Chávez / La Paz

00:00 / 08 de septiembre de 2013

Inquieta, alegre y trabajadora, así es como se autodefine Nadezma Guzmán Eyzaguirre (26), quien desde los 14 años sabía que se iba a dedicar por completo a la orfebrería. Todo, gracias a su tío, quien se enteró de que una ONG daba un curso sobre la materia. Allí hizo su primera creación: un joyero de cáscara de naranja. Desde entonces, está convencida de que en la vida las cosas no suceden por casualidad.

“Pase”, dice con una sonrisa, invitando a que entre en Argentaria, su tienda, en la calle Murillo. Las piezas expuestas en los mostradores son un festín de colores. Llama la atención una manilla brillante de cuero verde. “Es de lagarto”, aclara.

Lleva una melena y semirrecogida, una chompa de lana café, una chalina beige, pantalón y calzado negros. Curiosamente, no se adorna con pendiente alguno ni anillos.

Chukuta de corazón, relata que realizó sus primeros trabajos junto a su mentor, Néstor Sillerico, a quien debe sus conocimientos. “Él tenía 50 años de experiencia en el rubro. Yo quería aprender todo”.  Y, por eso, desde los 14 combinó los estudios del colegio con los cursos de joyería. “No fue un sacrificio”, confiesa. Al contrario, fue una inversión de tiempo. En aquel entonces, no podía permitirse dedicar ni un rato a salir con sus amigas.

Se preparó para dominar desde las técnicas básicas de la orfebrería —fundición, aleación, uniones, calados, soldadura y montaje de piedras— hasta el trabajo en filigrana, oro y plata. El sacrificio le permitió lograr su objetivo: abrir su propio negocio. Lo hizo con el apoyo de sus padres, quienes en el último año de colegio le obsequiaron la maquinaria que necesitaba. Luego estudió Administración de Empresas, lo cual le permitió planificar desde el logo hasta los costos de su micronegocio.

Su trabajo requiere de ingenio y constante disciplina. “Cada joya tiene una historia”, afirma, y agrega que cada pieza suya es única. Madera, fibra, quinua, semillas de chirimoya, zapallo y café son algunos de los materiales que incrusta en pendientes, collares, dijes, anillos o pulseras de plata. “El 90% del trabajo es hecho a mano y, el 10%, a máquina”, cuenta.

Encuentra su inspiración en lo que está a su alrededor: la historia, la cultura, el folklore o, simplemente, los paisajes de La Paz.

En la tienda también hay tejidos y manualidades de sus “comadres”, pues es una acérrima defensora de la igualdad de derechos y oportunidades de las mujeres.

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