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Narco guerra al sur de España

Gibraltar y su lucha contra la delincuencia.

Lucha. El mar mediterráneo es una invitación al narcotráfico. Más aún tomando en cuenta que frente a España se encuentra Marruecos, productor de hachís. Foto: Internet

Lucha. El mar mediterráneo es una invitación al narcotráfico. Más aún tomando en cuenta que frente a España se encuentra Marruecos, productor de hachís. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Iquino Petit / El País

00:00 / 06 de agosto de 2017

Bajo el resplandor de un par de focos en torno a los que revoloteaba un enjambre de mosquitos nocturnos, la lancha de 12 metros lucía su proa amenazante como las fauces de un tiburón. Una loneta azul tapaba media cubierta, escondiendo el puesto de mando y tres asientos traseros alineados en fila india. Sobresalía un radar coronando el pequeño mástil de acero inoxidable. Amarrados a una barra de hierro, cuatro cascos de piloto para volar sobre el agua a más de 50 nudos de velocidad. Y bien apilados sobre el suelo, medio centenar de bidones de combustible de 25 litros cada uno.

Al resguardo de una noche de media luna, los transportistas alijaron la carga cerca del faro y salieron zumbando hasta la playa de Palmones en la pedanía del mismo nombre, dentro de la bahía de Algeciras, sur de España. El portón trasero de la finca se abrió para dar entrada a las embarcaciones al remolque del tractor, que recorrió en dos viajes los pocos metros que distan del agua. Un puñado de individuos salió de allí. Otros cuatro se metieron en la casa de este terreno cercado con paredes de calamina. Un quinto elemento se quedó en el jardín, ajeno a que el helicóptero de Aduanas estaba viendo todo en una cámara térmica desde cientos de metros de altura.

Francis, Iván y Félix habían sido los primeros en localizar las embarcaciones sospechosas. Los tres agentes de Aduanas observaron desde un monte con otra cámara térmica el horizonte que abarca desde la valla fronteriza de Gibraltar hasta las inmediaciones del puerto de Sotogrande. Al entrar, la única persona visible era un hombre de mediana edad vestido con ropa militar de camuflaje en tonos marrones desde el cuello hasta los pies. Dijo estar viviendo allí de alquiler y no saber nada de aquellas enormes embarcaciones plantadas en el jardín y el interior de la nave. Dentro de la vivienda de la finca se escondían otros cuatro individuos. Esperaron hasta el alba para salir. Dos dijeron ser de Ceuta. Otros dos, de la provincia de Cádiz. El de más edad fumaba sin parar. El de mayor envergadura, de origen ceutí, permanecía impasible. Todos vestían camiseta, bermudas y deportivas. Con las manos a la espalda, aseguraban haber venido a pasar la noche tomando algo en aquella casa, a pesar de estar cerrada a cal y canto. Francis, Iván y Félix, los tres agentes de Aduanas, chaleco antibalas y pistola HK del 9 Parabellum al cinto, los llevaron por un sendero hasta la entrada del recinto.

Allí esperaban otros agentes de la Guardia Civil para identificarlos. Solo el de mayor edad mostró un documento. El otro que decía vivir en la provincia de Cádiz llamó por teléfono. “Mami, hazme una foto del carnet y mándamela… No pasa ná, me ha parao la Guardia Civil”. Un agente abrió la mochila que el ceutí impasible llevaba a la espalda. Adentro había una toalla, un traje de baño y una funda impermeable que protegía dos teléfonos vía satélite. Ante la solicitud de desbloquear los terminales, respondió: “No sé cómo se hace, son nuevos”. El agente liberó uno de ellos e indagó entre las pocas llamadas registradas. Entre ellas, una de un número asociado con el apodo King (Rey). Solo había un mensaje escrito en el buzón correspondiente. “Quiyo, avísame si esta noche vas a venir a kasa o te kedas con los colegas”. El mayor del grupo empalmaba cigarros hasta que se comprobó su identidad, fue engrilletado en el acto y llevado al cuartel. “Pesa sobre usted una requisitoria judicial. ¿Quiere que le explique sus derechos o se los sabe?”.

La incautación de las dos planeadoras con los instrumentos de navegación y sus correspondientes motores, cuyo valor supera los 300.000 euros. Más de 1.200 litros de combustible y un tractor requisados. Un detenido, tres individuos identificados y la toma de declaración del supuesto habitante de la finca para seguir el rastro de las propiedades confiscadas.

Delincuencia. Con armas, inmigración irregular, el dinero y el tabaco, la droga sigue siendo el principal activo que surca las aguas del estrecho de Gibraltar.

Fue el saldo de esta incursión nocturna a inicios de julio en las costas del Campo de Gibraltar. Al sur de la península Ibérica, en su extremo más meridional, se libra una vieja batalla entre narcotraficantes y fuerzas del orden que hoy muestra una cara más agresiva. La contienda transcurre en las localidades costeras de una comarca que ocupa 1.500 kilómetros cuadrados y alberga 250.000 habitantes. Mismo escenario, salpicado de playas con el peñón de Gibraltar como telón de fondo. Mismos actores, a un lado y al otro de la ley. Junto con las armas, la inmigración irregular, el dinero y el tabaco, la droga sigue siendo el principal activo que surca las aguas del Estrecho. Del punto A: Marruecos, principal productor mundial de cannabis, al punto B: el sur de Andalucía, a 14 kilómetros en su trayecto más corto, objetivo intermedio entre la salida de la mercancía y las redes que la llevan hacia el resto de Europa.

“Si ahora mismo quisiera ordenar un transporte de material, solo tendría que poner dos mensajes con este teléfono: uno a Marruecos y otro aquí, en España”, dice el jefe de una organización asentado en la Costa del Sol durante un encuentro en la terraza de un hotel. “Dos mensajes. No llegaría al tercero para arrancar la maquinaria. Seguiré haciendo lo que hago mientras los de arriba sigan robando, los políticos no den ejemplo y no cambie el país”. El jefe de jefes ronda los 40 y es de origen marroquí. Lleva desde la adolescencia en el negocio. Corpulento, de rasgos duros, viste camiseta negra y bermudas. Luce un reloj de gran calibre en la muñeca izquierda. Paquete de cigarros rubios y gafas de sol con cristales de espejo sobre la mesa. Asegura que 300 familias viven de su organización, dedicada al tráfico de hachís desde el norte de Marruecos hasta la costa andaluza para su puesta a disposición de otras bandas internacionales que mueven la droga hacia el resto del continente. “Ketama está llena de hierba. Aunque se legalizase el cannabis, el tráfico a gran escala seguiría. Solo tienes que ver el caso de Holanda”. Llegó a Algeciras siendo “un niño de familia humilde”. Empezó a curtirse desde los escalones más bajos con el menudeo. A los 17, un amigo le ofreció dar el primer paso.

“Fue a mediados de los 90. Salimos de La Línea de la Concepción en patera hasta unas ocho millas de la isla de Perejil. Nos desgarramos las manos subiendo los paquetes amarrados a una boya. 400 kilos. Saqué mucha plata. Me gustó el mar. En 2000 compré mi primera lancha con tres amigos. Con motor de 250 caballos y GPS. Un primer trabajo con destino en Málaga. Cuando empecé en serio, prácticamente era jefe. Me sorprendo a mí mismo diciendo esto, pero siendo jefe empecé a pilotar. Cuando alguno ponía problemas para salir a la mar iba yo. La primera persecución con los de Aduanas fue de día. Nunca he tirado paquetes al agua. Nunca he temido por mi vida. Me han trincado (detenido) tres veces, pero de vacío. Paré de embarcar cuando las costas de Marruecos dejaron de ser seguras. Antes estaban más untados. Hoy te disparan. Es preferible que te persigan los policías españoles. Por ley no te pueden disparar.

La multiplicación de las organizaciones peninsulares implicadas, que se roban entre sí cada vez con mayor virulencia el género introducido en el sur de España, agrava un contexto donde crece el arraigo de la actividad generación tras generación. Luego del cierre con una barrera del río Guadarranque para evitar el tránsito de narcolanchas, se han encontrado nuevas fincas para la custodia de embarcaciones en otros enclaves de la bahía de Algeciras como Puente Mayorga y Palmones.

Por mar y tierra, todos pelean por el control de incontables toneladas de hachís que cada año se alijan en el millar de kilómetros de playas del litoral andaluz desde la frontera de Huelva con Portugal hasta el cabo de Gata almeriense. El embudo del estrecho de Gibraltar representa el punto más caliente. La provincia de Cádiz es el punto de entrada de casi la mitad del hachís que viaja a la península Ibérica desde Marruecos. Apenas se intercepta el 20% de lo que acaba alijándose. Las incautaciones de cannabis en todo el territorio nacional alcanzaron las 324 toneladas durante 2016. El puerto de Algeciras, donde apenas se analiza un 5% de la carga, es también uno de los principales lugares de entrada de cocaína en España mediante contenedores fletados en Sudamérica.

Las rutas nacionales de estupefacientes afianzan sus redes mientras localidades de la provincia gaditana azotadas por este mercado como La Línea o Sanlúcar de Barrameda ocupan los primeros puestos de las ciudades con menor renta y mayor tasa de paro de España en los indicadores urbanos publicados por el Instituto Nacional de Estadística. La evolución del negocio ha moldeado profesionales que aseguran a toda costa los fardos por mar. Una vez en tierra, se cotizan los pilotos capaces de llevar hasta los almacenes los fardos coronados en las playas a bordo de vehículos robados bajo una premisa: llevarse por delante a todo el que se interponga en el camino. Se multiplican las casas concebidas como fortalezas con armamento en su interior para repeler las tentativas de “vuelcos” (robos) de droga de bandas rivales. Los ajustes de cuentas están a la orden del día. Abundan los agentes temerosos de ser reconocidos por la calle. “Esto ya es una guerra”, dice un experimentado policía curtido en esta batalla al sur de España. “Y la estamos perdiendo”.

El temor se agrava en boca de un veterano político que ejerce en uno de los municipios de la comarca al mencionar el riesgo de “sudamericanización” de los métodos utilizados por las organizaciones en su violenta escalada. Miguel Gil, de 55 años, jefe operativo del Servicio de Vigilancia Aduanera, está a prueba de optimismos. “Nos encontramos en un estado de guerra. Y ahora nos ganan casi todas las batallas. El temor es la “galleguización” de las organizaciones: el Campo de Gibraltar vive la misma evolución que la costa gallega en los 80 y 90: del contrabando de tabaco se pasó al hachís, y ahora no hay que descartar la introducción de cocaína en las lanchas. En los últimos años todo ha resultado peor. En La Línea de la Concepción, a estas alturas de 2017 nos hemos incautado desde Aduanas más de las 30 toneladas de hachís que se aprehendieron durante todo 2016. Las medidas policiales ya han hecho lo que podían hacer”.

Por estas latitudes se insiste en que el punto de inflexión llegó el 8 de junio, cuando el policía local Víctor Sánchez, de 46 años, murió atropellado durante una persecución a contrabandistas de tabaco. Su figura se recordó el 26 de junio durante la celebración del Día Internacional contra la Droga en la plaza Alta de Algeciras. Un centenar de personas acudió a la convocatoria de la Coordinadora Alternativas. Su presidente, Francisco Mena, leyó un comunicado por megafonía parapetado tras una pancarta con el lema “Los narcotraficantes disfrutan impunemente del dinero de las drogas”. Mena hizo hincapié en el desbordamiento de las fuerzas de seguridad, la sensación de impunidad en la comarca y la necesidad de una regulación más estricta para las narcolanchas. “Solo tienen un uso conocido. Una vez incautadas, deberían ser destruidas para que no salgan a subasta y puedan ser reutilizadas. Se estima que en el Campo de Gibraltar este negocio mueve 300 millones de dólares al año. Aquí no opera el Estado, sino la narcoeconomía”.

Al terminar la concentración, varios representantes de los sindicatos de la Policía Nacional, de la Guardia Civil y del Servicio de Vigilancia Aduanera hablan sobre la falta de recursos para librar esta contienda en condiciones más igualadas. “En los ámbitos locales de la delincuencia nos tienen perdido el principio de autoridad”, dice Carmen Velayos, del Sindicato Unificado de Policía. Los representantes sindicales recuerdan que los sueldos medios en los tres cuerpos policiales oscilan entre los 1.300 y los 1.500 dólares mensuales. Y admiten ser conscientes de la existencia de casos puntuales de agentes de la ley que han sido condenados por connivencia con las organizaciones dedicadas al tráfico.

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