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Los ‘OSCARINOS’ dicen adiós

El proyecto OSCAR cierra tras 42 años de trabajo

La Razón / Liliana Aguirre / La Paz

00:00 / 11 de diciembre de 2011

 “A mí me duele más el cierre del proyecto OSCAR que a los compañeros que recién han llegado. Es toda una vida, han pasado 26 años  y ahora soy el chofer del proyecto. Nunca pensé que esto iba a pasar tan rápido, aún me acuerdo que cuando éramos voluntarios la mayoría éramos católicos, incluso vino un chico que decía ser ateo.” (Rudy Salgado, colono potosino)

El padre Roberto Eckerstorfer viene de un pueblito muy frío de Austria, donde los inviernos parecen interminables con sus mantos blancos de nieve y hielo, pero ello no le intimidó a internarse en el exuberante verdor del monte, entre las palmeras y el calor tropical de Alto Beni.

Llegó a Bolivia en 1972 para trabajar por el prójimo. Diez años después tomó la posta del proyecto OSCAR (Obras Sociales de Caminos de Acceso Rural) y hoy es uno de los personajes más queridos del norte paceño, al que los lugareños llaman Tata Roberto o Roberto Mamani Quispe.

“OSCAR se inició en 1969, en Guanay, con el padre franciscano Miguel Dooling, quien quiso construir caminos con medios muy primitivos”, explica el sacerdote católico, quien a sus 66 años luce atlético y lleno de vitalidad, con su barba en blanco y negro.

La camioneta dirigida por el padre Roberto nos traslada de Palos Blancos, a la aldea de Charcas II, donde yace el campamento. En el trayecto cruzamos un puente de cemento de ocho metros de largo: “Lo construimos con los oscarinos”, comenta, orgulloso. Y así nos topamos con más puentes, caminos, escuelas y cosechas legadas por el proyecto.

No es un viaje más, es como la despedida del sacerdote de su obra de fe y vida, porque OSCAR ya no tiene financiamiento para continuar con su labor. De pronto, la memoria de Eckerstorfer se transporta al pasado. Cuenta que Dooling era estadounidense y que con la ayuda de técnicos y voluntarios se fue a la olvidada región amazónica paceña para unir con caminos a sus comunidades, a plan de machetazos, esfuerzo y vocación de servicio.

“Comenzó con cuatro ‘changos’ y logró el permiso para estudios dentro del campamento por parte de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y la Universidad Católica y, al mismo tiempo, consiguió que el trabajo voluntario sea considerado como servicio militar alternativo”, relata, sujetando el volante y sin perder de vista la ondulada vía de tierra.

Con el padre Roberto, OSCAR se trasladó a Alto Beni, a comienzos de los años 80. Allí encontró colonos que migraban de la zona andina por el cierre de las minas, escapando del hambre y en busca de un mejor futuro. El proyecto labró también su futuro junto a ellos y se asentó en el municipio de Palos Blancos.

“Esta gente encontró un lugar donde no había caminos, no había escuelas y proliferaban enfermedades tropicales de las que no sabían protegerse”, rememora. Por ello, los oscarinos incursionaron en la salud, la construcción de infraestructura educativa y la capacitación en la agricultura, sobre todo ante el desmonte de áreas boscosas y la quema de madera imperantes.

“Aquí aprendemos a convivir y para trabajar todos nos unimos; hacemos panadería, tubos, maestranza, carpintería, albañilería, cocinamos... hacemos todo porque cada semana cambiamos de trabajo. Que esto se vaya a cerrar es una pena por los otros jóvenes que quieren venir”.(Freddy Mapuri, ‘oscarino’ de Guanay)

Uno de los pilares de trabajo de OSCAR es la lucha sin cuartel contra la leishmaniasis o lepra blanca, en una zona dominada por los mosquitos que transmiten esta temible enfermedad. Así llegaron los programas de salud y el medicamento Glucantime para el hospital Alto Beni de Palos Blancos.“Buscamos enseñarles a los comunarios de higiene y alimentación. Cuando yo estuve en el altiplano, por el frío, no salía de la ropa ni me lavaba y el inmigrante transporta esta cultura de no lavarse; aquí esto es mortal”, manifiesta el religioso.

La desnutrición infantil fue otro desafío que se planteó el proyecto. “Los niños estaban con anemia porque comían sólo arroz y los inmigrantes no sabían qué comer. Los parásitos atacaban a los infantes porque no bebían agua hervida”. Y esta cruzada fue de la mano con la diversificación productiva, para abandonar el monocultivo arrocero.

Los oscarinos se convirtieron en promotores de salud y el padre Roberto se puso en primera fila. “Yo trabajaba en la posta sanitaria y en una ocasión una señora me trajo a su hija de cuatro años, blanca como papel, con el vientre como de una embarazada. Le sacamos 62 tenias grandes y se le dio sulfato de fierro, y sanó muy bien”.

Pero el franciscano se topó medio año después con la pequeña y, para su sorpresa, estaba en las mismas condiciones que cuando la conoció. “Me di cuenta de que la cuestión no es curar, sino enseñar. Y comenzamos con cursos de promotores de salud, que salieron de las mismas aldeas, para sembrar el conocimiento en la población”.

Parte del aprendizaje es el uso de plantas tradicionales para tratar quemaduras y la leishmaniasis. “Yo me curé de la leishmaniasis con la corteza de la evanta y con ayuda de la carrera de Bioquímica y Farmacia de la UMSA desarrollamos un jarabe y usamos esta corteza para que la gente sane, ya que los tratamientos son caros”: unos 250 dólares por paciente.

“Desde este año hemos utilizado en el campamento la evanta, para enseñar cómo curarse de la lepra blanca porque así hacen los indígenas tsimanes, los mosetenes, los lecos. De aquí a tres años vamos a poder decir qué resultados nos brinda esta infusión”, precisa el coordinador del programa de salud del proyecto, Rolando Parra.

Otra ardua tarea fue penetrar en los hábitos de los colonos para dejar de lado o, por lo menos, bajar los índices del desmonte de árboles, especialmente en pendientes; más aún, erradicar prácticas depredadoras para el medio ambiente como el chaqueo. “Su error era pensar que en el trópico crece todo, pero así se erosiona la tierra”, narra el padre Roberto con un español casi perfecto.

El trabajo fue arduo, pero trajo resultados. En la actualidad no sólo se siembra arroz, sino cítricos, cacao, plátano y existe una cooperativa de cacao. Además, los curas y los oscarinos también inculcaron costumbres benefactoras para la pesca, buscando que los pescadores ya no empleen dinamita en los ríos y lagunas que, por ello, se quedaban de a poco sin peces.

“El cierre de OSCAR es un desastre porque los ‘oscarinos’ le metían un mes de servicio militar alternativo y hacían caminos en zonas abandonadas que vinculaban poblaciones. Así la gente de aquellos lugares podía sacar sus cultivos y venderlos; de lo contrario, sin el proyecto, los sembradíos se podrían. OSCAR es algo muy bueno y útil”. (William Camacho, ‘exoscarino’)

Después de casi una hora, el sacerdote aprieta el freno. Aparcamos en un descampado donde se erige una cancha de fútbol. Estamos en Inicua. Allí se vislumbra la construcción de un centro de reuniones de la federación de campesinos, donde los oscarinos, con sus inigualables cascos azules, y los comunarios trabajan codo a codo. Uno de los secretos para el éxito de OSCAR es que aglutina esfuerzos, los de sus voluntarios y de los pobladores que se benefician con su labor, para que así ellos aprecien y cuiden de las construcciones, y se apropien de los programas. En otras palabras, no existen obras de caridad. Así ha sucedido igual con las localidades rurales de Mapiri, Tiachi, Bopi y Charcas II.

Ya es mediodía. Apenas pisa Inicua, el padre es recibido con cariño. Pero la gente no cesa en sus obligaciones, lo que le dibuja una sonrisa al franciscano, quien aprovecha para hacer hincapié en que el trabajo hace que uno valorice más lo que tiene.

Volvemos al coche, para la segunda etapa al campamento de Charcas II. El párroco retoma su relato de experiencias y cambia de rostro cuando habla de lo inevitable: el cierre de OSCAR para el siguiente año. Lo hace con pesar, con un dolor que, tal vez, le ha consumido más que el infarto que recientemente casi le sega la vida.

“Aquí hago lo que nunca he hecho antes: no sabía hacer pan, he podido convivir con las personas del lugar y es muy bonito. Me pone triste lo de OSCAR, el padre es bueno y nos ha guiado, y sin campamentos OSCAR muchos jóvenes no van a poder aprender a hacer tantas cosas como nosotros” (David, ‘oscarino’ de Trinidad)

“La falta de recursos económicos y la caída de la ‘cortina de hierro’ en Europa, en los expaíses comunistas, ha hecho que la ayuda en muchos casos se vaya allá”, explica el sacerdote, resignado. Otro problema es, de un tiempo a esta parte, la falta de equipo técnico: agrónomos, enfermeros y profesores que capaciten a los campesinos.

Ya no basta con la entrega de los franciscanos, ni con el entusiasmo de los voluntarios del norte paceño y de otras partes del país, que se enlistan en las parroquias —de 1983 a 2001, los bachilleres del colegio San Ignacio de Següencoma también iban al campamento de Alto Beni—. Actualmente, 34 oscarinos forman parte del proyecto.

Hemos llegado a Charcas II, cabañas y un almuerzo hecho por los oscarinos nos esperan. Luego, vamos a la escuela. Los niños reciben al cura. Abrazos y sonrisas llueven sobre él. Le dicen que lo van a extrañar. “¡Nos da mucha pena que el padre Roberto se vaya, lo queremos!”, arenga Viviana, de siete años, mientras le pide que no los deje.

La maestra Hilda Ríos relata que llegó hace 10 años y que la situación mejoró con OSCAR. “Los niños estaban desnutridos y pedagógicamente no estaban preparados”. Y el párroco rememora con ella los avatares, con tristeza y nostalgia, pero se nota en su mirada un dejo a deber cumplido. Desde los años 80, cuando los oscarinos aterrizaron en Palos Blancos, ellos han labrado 382 kilómetros de camino, 82 puentes, entre ellos ocho colgantes y cientos de capacitados en educación, salud y agricultura, y miles de vidas salvadas de la leishamaniasis. Pero el padre Roberto prefiere ser humilde en los números de su legado.

Anochece. El cura se despide de su familia de oscarinos; no es un adiós, es un hasta pronto. Él sabe que ha cosechado y que el espíritu del proyecto seguirá vivo en Alto Beni. Nos alejamos del campamento, de un proyecto que ayudó al desarrollo de una región olvidada; un ejemplo de cuatro décadas de una obra de fe y sacrificio.

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