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Objetos que nunca mueren

En sus ratos libres, Judith Zeballos juega a adivinar la utilidad de los utensilios misteriosos de su tienda

Judith Zeballos, 45 años, vendedora de artesanías y antigüedades  de la calle Linares de La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

Judith Zeballos, 45 años, vendedora de artesanías y antigüedades de la calle Linares de La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 27 de julio de 2014

En el número 975 de la calle Linares de La Paz hay un lugar que todos los días abre sus puertas a otra época. Su interior es casi como una cueva: el techo bajo, la luz tenue, el ambiente íntimo. Y su decorado, como el escenario de una película del siglo pasado: frente a la puerta, una rueda de carreta; en las alturas, botes y botellitas de farmacia de porcelana y vidrio; en una vitrina, cámaras de fotos sin un rasguño encima; bajo un espejo, un teléfono de pie de color negro; en un mueble de pasillo con el barniz intacto, un dispositivo marca Marchant, para hacer sumas y restas, que pesa unos cuantos kilos.

A pocos metros, Judith Zeballos (45), que envejece un poco más cada jornada al lado de trastos parecidos, que funcionan pero que casi nadie usa, sujeta una calculadora moderna, fosforita, liviana como los huesos de un gorrión, que entra sin problema en la palma de una mano extendida. La utiliza para hacer cuadrar las cuentas de la tienda de artesanía y antigüedades que comparte con su hermano, José Luis, desde hace tres años.

A menudo, la fortuna de un anticuario es nuestra propia ingenuidad. Nos gusta lo que vemos —y lo adquirimos— porque tiene una apariencia extraña.Porque no entendemos bien para qué sirve y nos da cierta curiosidad saberlo. O simplemente porque nos cautivó la historia de su anterior dueño mientras alguien nos la contaba. Para venderte un ropero vacío, Judith te dice que antes lo tenía un sacristán. Para que te lleves una máquina de banquero repleta de palancas —que quedaría bien en cualquier museo—, te comenta que la manejaba algún oficinista que decidió dejar atrás un kit de escritorio completo. Y para que te intereses por un equipo elegante de metal, te dice que era de un dentista y que seguramente aún podría utilizarse para la extracción de muelas.

“Nosotros no somos thantacuarios, no nos gusta acumular objetos inservibles—se reivindica—. Tratamos de que nuestras cosas se vean bien y tengan todas sus partes”.  

En el número 975 de la calle Linares de La Paz, el pasado —ese tiempo en el que, según nuestros abuelos, todo era mejor y éramos felices— siempre está de moda. Aquí aún  es posible retroceder a aquellos años menos ruidosos en los que se escuchaban discos de vinilo en una vitrola con base de madera, en los que se empleaban pesos de bronce para equilibrar balanzas y elegantes largavistas dorados para ir al teatro, en los que casi todo estaba hecho con materiales nobles: hierro forjado, acero inoxidable, cristal de Murano.

A estas horas (son las cinco de la tarde), una cliente japonesa muestra interés por una hebilla XXL muy similar a la de un cinturón cualquiera, pero que es tan grande que desentonaría hasta en una convención de payasos. “Horse”, le dice Judith sonriendo. La pieza que llamó la atención de la mujer de ojos rasgados no es el complemento ideal para una noche mágica, sino un detalle habitual en las monturas para caballos de paseo.

     Entre los artilugios en exhibición que le entusiasman a Judith hay un telégrafo minúsculo para hablar en morse, un protectógrafo fabricado en Chicago que a principios del siglo XX imprimía números en relieve en los cheques y evitaba las falsificaciones, una campanita adornada como si fuera un esqueleto y un afilador para cuchillas de barbero con el tamaño y la forma de una petaca. “Cuando nos lo trajeron, yo pensé que era para tajar lápices —recuerda ahora—. Pero el que nos lo ofreció nos aclaró la duda enseguida. La diferencia con otros utensilios similares es la lija”. En este caso, finísima.

    Entre sus proveedores, a veces hay parejas de ancianitos que se mudaron y quieren desprenderse de lo que les acompañó toda una vida porque ya no tienen espacio suficiente en casa. En ocasiones, gente que les trae fruteros, azucareros, estufas a carbón o viejas muñecas. Y no falta el que les pone entre las manos —y sin explicación alguna de por medio— artefactos que no saben ni para qué son ni cómo se llaman.  En sus ratos libres, Judith suele jugar a adivinar el origen y la utilidad de estos misteriosos utensilios.

Uno de ellos —aunque ella aún no lo ha descubierto— es un termohigrógrafo, un curioso engranaje que consta de una caja, un mecanismo y un cilindro parecido a una jaula de ratón y registra las variaciones de humedad y temperatura. Otro es una pera de goma gruesa. Judith ha pensado alguna vez que perteneció a un catador de vinos, pero por su inscripción —Nemo me impune lacessit (nadie me ofende impunemente)— lo más probable es que se haya utilizado para almacenar la pólvora de algún rifle. Y también guarda un tubo bastante raro que cree que sirve para elaborar pastillas. Cuando me lo muestra, lo manipula despacio, con mucho mimo. Y luego me confiesa que, cuando no quiere desprenderse de algo, le pone un precio elevadísimo para que “duela el bolsillo”.

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