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Objetos perdidos

Cada pieza que recogen los choferes se registra en un formulario y se cataloga como lo haría un bibliotecario experto.

La oficina de Francesca Canedo queda en la calle Potosí de La Paz y atiende reclamos los 365 días del año. El teléfono es el 800-134444.  Foto: Álex Ayala

La oficina de Francesca Canedo queda en la calle Potosí de La Paz y atiende reclamos los 365 días del año. El teléfono es el 800-134444. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 15 de marzo de 2015

En la oficina de objetos perdidos del servicio municipal de transporte público de La Paz, hay un gavetero de color oscuro. En el gavetero, dos puertas. Y tras las puertas, un perrito de peluche, varios pares de lentes, viseras, guantes para el frío, un pendrive con forma de equipación de fútbol, bufandas, estuches, llaveros, una pelota de cuero, dinero.  

“El nuestro no es un trabajo normal y corriente”, dice Francesca Canedo, una de las responsables de atender a los ciudadanos que visitan las instalaciones o que llaman por teléfono (con el corazón en un puño) para pedir auxilio. El ambiente por el que camina es un homenaje a nuestro despiste; y está habitado por un grupo aguerrido de custodios del olvido ajeno, por angelitos sin alas —con chalecos amarillos— que velan por nuestras pertenencias —folders, calculadoras y chaquetas— como si fueran de ellos.

Perdemos paraguas en cualquier esquina porque cuando acaba de llover es como si dejaran de pertenecernos; perdemos bolsas de mercado porque nos detenemos a responder el último tweet de nuestro mejor amigo y nos alejamos de ellas; perdemos billetes y moneditas porque se deslizan con facilidad de nuestros bolsillos cuando utilizamos pantalones sin cremallera; y perdemos los juguetes de nuestros hijos más chicos porque prestamos más atención a nuestro celular “inteligente” que a ellos. Somos seres distraídos casi por naturaleza, homos tecnologicus con memoria digital y mente dispersa y, a veces, dejamos rastros de nuestro descuido en una silla de autobús desierta.

Billeteras errantes

Según Marco Antonio Fuentes, el jefe de Francesca, cada una de las piezas que recogen los choferes se registra en un formulario y a continuación se cataloga como lo haría un bibliotecario obsesivo: con etiquetas —“muñeca Barbie, vestido plomo, Villa Salomé, 15 de enero”, dice una de ellas; “endurecedor, 6 de febrero”, señala otra—. Y  cada uno de estos papelitos escritos a mano se usa después para identificar a los dueños.

“Lo primero que devolvimos fue una gorrita rosada muy linda (con una flor en la punta) que se le había caído a una niña de cinco o seis añitos”, recuerda ahora Francesca. En una ocasión, les tocó lidiar con una enigmática cazuela que tenía el almuerzo de toda una familia dentro. Y en otra, con el flash memory de un novelista que había guardado allí su última obra. “Pero lo más común son las llaves, la ropa y las billeteras”, enumera.

El apocalipsis más común de la era moderna consiste justamente en extraviar la billetera. Una billetera errante nos obliga a renovar los símbolos de identidad —la licencia de manejo, el carnet con nuestra huella, la membresía de la discoteca—, a reponer las fotos de nuestros seres queridos y a anular las tarjetas de crédito; y además, nos desespera. Pero el simple hecho de olvidar la nuestra en algún rincón maldito no debería afectarnos tanto: una vuelta por Google es suficiente para que nos demos cuenta de que también hay registros insólitos de billeteras que reaparecen después de un tiempo.

El periodista estadounidense Jon Mooallem cuenta en uno de sus reportajes que, en Oklahoma, Dewey Bartlett —alcalde de la ciudad de Tulsa— recuperó la suya cinco décadas después de perderla (Bartlett logró reconocerla de inmediato por los arañazos que había dejado su pastor escocés en el interior del cuero). Mooallem siguió la pista de otra que fue hallada casualmente por un contratista de demolición en la pared del teatro Paramount de Boston, 56 años después de que se la robaran a un marino en su día de permiso. Menciona, además, una cartera que apareció 40 años después de su extravío entre el complejo de ductos de una vivienda de Wisconsin que fue víctima de un voraz incendio. Y concluye asegurando que las historias de esas billeteras son la evidencia de que “hay pequeños milagros altruistas sucediendo a nuestro alrededor a cada momento”.

En los dominios de Francesca, también ocurren cosas así con cierta frecuencia, y no precisamente por arte de magia. Su rutina a ratos es la de un detective que trata de ir atando cabos sueltos con paciencia y su perfil, el de una sabuesa que, a veces, olfatea a la gente gracias a la agenda de contactos de los aparatos táctiles que encontraron los choferes al hacer limpieza; y en ocasiones hay sorpresas que hacen que todo el esfuerzo merezca la pena. “El año pasado, por ejemplo, entregamos una billetera con un sueldo completo”, me comenta. Y después su supervisor me dice que todo lo que se recibe se almacena como si valiera un millón de dólares. Todo menos la basura, claro. La basura extraviada (que también existe) primero se acumula en una saca de yute y luego se bota.

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