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Octubreando

Ahora estoy octubreando y es como una calle empedrada de subida con cuates que salen y ponen zancadillas.

El Papirri junto a Matilde Casazola.

El Papirri junto a Matilde Casazola.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 15 de octubre de 2017

Pasó septiembre con su ímpetu de luces, con sus jóvenes y fuentes de agua, hasta parecía que la vida era más dilatada. Pasó como torbellino el retorno cumpleañero al pub Equinoccio, me dejó un sabor demodé, yo ya no debería estar ahí, otro es el tiempo, otro es mi cuerpo. Sin embargo, zafé nomás, no sé de dónde salió un show medio roquero y esa sensación de estar luchando en barro con gritos tribales que esperan un infarto o algo así. Al día siguiente aparecí en Cochabamba, en un café concert elegante, con mesitas y velas, el Mesón del Cantor, de Yuri Ortuño, un espacio galán, sobrio, solo que el único no sobrio era yo pues traía la noche del festejo cumpleañero paceño en el aliento. Calidad de sonido y sonidista, y sobre todo calidad humana y técnica de los músicos cochalas pues no pude viajar con los míos, me esperaban otros filarmónicos, otras caritas lindas, sanas, dígito tres.

Esta generación de músicos cochabambinos es de destacar. Jorge Coquito Claros acabó su maestría en Administración de Empresas, atrancó las puertas de su oficina y matrimonio, y se fue a Buenos Aires detrás de su pasión, se fue a estudiar sus vientos libres, jazzeros, pero con raíces sólidas, joven valiente que se desplaza con perfección entre el saxo y la flauta, de allí fluye a las quenas y zampoñas, con lucidez escucha lo que está aconteciendo y se incluye de manera solidaria. Ramón Ernesto Rocha, cuya personalidad luminosa y sonido diferente en su guitarra eléctrica admiran a todos los colegas, sentirlo al lado en escena es un gran placer y una seguridad alegre. Luciel Izumi, una joven charanguista que además de guapa estudia de verdad, su versión de A sado alcanzó ovaciones de un público respetuoso, o tal vez apabullado por nuestros afanes. Karloz de la Torre, roquero de luz propia, le puso teclas sentidas a la noche. Y el regalo/sorpresa, el baterista y percusionista Luchito Mercado, otro joven músico que se fue a estudiar a Baires y que en pocos años estaba de docente de su centro educativo, además de haber tocado, entre otras glorias, con Pedro Aznar. Actual baterista de Los Kjarkas, se escapó esa noche para tocar con El Papirri pero no le digan a nadies, cuidado se enteren, no hay que perjudicar. Estos conciertos cumpleañeros quedarán cincelados en mi corazón, solo que en total me regalaron tres tortas y no me comí ni un solo pedacito.

De pronto aparecí en Sucre gracias a la invitación del poeta Álex Ayllón, quien organizaba unas charlas en torno a las urbes y el arte con el título de “La ciudad revisitada”, en el marco del Festival Internacional de la Cultura (FIC 2017), con invitados célebres como Homero Carvalho, Martín Bouloq, Ramón Rocha, Mauricio Sánchez, entre otros. Qué lindo fue este viaje sin guitarra, sin el correrío de músicos, sin el martirio de sonido y sonidistas, caminar sobre una mañana destellada por las callejuelas blancas y sus balcones floridos, pecar con un mondongo poderoso, hablar sonseridades en una biblioteca con un público atento e inteligente que apuntaba, compartir la mesa con el Pepe de la Logia, célebre roquero chuqui y con la Ópera Chola del Mauricio Sánchez. Y de broche de oro una cenita leve y breve con mi amiga más querida, Matilde Casazola, quien me contó de sus gatos rústicos, de sus canciones olvidadas que le tocan la puerta del alma, recordamos intensamente a su mamá, doña Tula, a quien quise de verdad, miramos en silencio la luna de Sucre, cárdena y encendida en un campanario inmemorial.

Al retornar me atormentó mi programa k’onana de tele que sigue por ATB los sábados a las 21.30, tremendo esfuerzo sin motivo, pero que se purifica con la presencia de músicos alternativos, en la Bolivia actual del limbo artístico. El blues de Nikopol —con un Nico Suárez intacto vital— y las canciones experimentales de Sebastián Zuleta y La Burkina alegraron las tardes de soledad paceña.

Ahora estoy octubreando y es como una calle empedrada de subida con cuates que salen de las esquinas y ponen zancadillas. Me voy tras los pasos del Che hasta La Higuera, llevándole una canción que le hice hace 20 años y se la canté en su tumba indagada, voy tras las huellas y el recuerdo de mi amigo Antonio Peredo que nos convocó al Festival Benjo Cruz en aquel octubre del 97 y no había nadies, los expositores internacionales y las estrellas del canto social ofertados no llegaron por cuestiones de seguridad, pues los fusiles del Ejército del entonces dictador “democrático” Banzer amenazaban con reprimir y exterminar el evento. Hoy los miiismos milicos amenazantes le rendirán homenaje al guerrillero heroico con cientos de mostrencos neoguevaristas gritando Patria o muerte y que en realidad suena a sueldo o muerte, nos jubilaremos. Y para clausurar la inaugurashon, celebrando la fundación de La Paz me espera el Café Arte Tapecua de Santa Cruz, luego de 10 años de ausencia en la tierra camba. Grave está este retorno sin fin.

  • El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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