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Odyssey sacó historia a flote - Mucho más que unas monedas

Con la nave mercedes se fue a pique el poder de españa en las américas

La Razón / Mabel Franco Ortega

00:00 / 11 de marzo de 2012

La mañana del 5 de octubre de 1804, desde la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes, los marinos y viajeros avistaron tierra: era Monchique (Portugal), de manera que faltaba poco para llegar al destino final, Cádiz, en España. La nave era parte de una flota integrada además por los barcos La Fama, La Clara y La Medea —que habían zarpado en agosto de 1804 del puerto de la hoy capital uruguaya— y todo el grupo era comandado por el almirante José de Bustamante y Guerra.

Frente a la costa portuguesa de Algarve, la flota fue interceptada por otra británica compuesta por cuatro barcos: Indefatigable, Lively, Medusa y Amphion, todas al mando de William Cornwallis. Éste intimó rendición a Bustamante; pero él se negó.

A las 09.15, según reportaría el almirante español, un cañonazo disparado desde el HSM Amphion impactó en La Mercedes y la pólvora que ésta llevaba hizo explosión. De las 315 personas que iban a bordo sobrevivieron sólo  52. La nave se fue a pique, llevándose la carga de 500 mil monedas, acuñadas en las colonias americanas de España a fines del siglo XVIII y principios del XIX, y un equivalente a 17 mil kilos de oro y plata. El dinero era de la Corona española y de un centenar de mercaderes.

El resto de los barcos fue capturado por los ingleses y los tripulantes y pasajeros llevados como prisioneros a Inglaterra. Entre éstos se hallaba el capitán Diego de Alvear  y Ponce de León, que junto a su esposa y siete hijos se había embarcado en La Mercedes para retornar a España luego de largos años de vida en Argentina. Quiso la suerte que quien estaba al mando de la nave La Medea sufriese una enfermedad, haciéndose imperativo que le reemplazase el militar, con un rango importante en la marina española.

Este hombre vio cómo toda su numerosa familia se iba al fondo del mar.

Si bien la recuperación de ese dinero, 200 años después, ha sido motivo de polémica y de peleas en los tribunales para obligar a los rescatistas de Odyssey a devolver el tesoro a España —lo que acaba de concretarse en febrero—, historiadores ibéricos han llamado la atención sobre el significado olvidado de la batalla que se libró en 1804. Un significado que tiene que ver, nada menos, que con la pérdida de las colonias americanas.

“Tras la violenta carga contra La Mercedes, la historia del continente cambió. Dio un giro radical de equilibrio de fuerzas, de estrategias políticas”, escribió en El País de Madrid, en 2009, Jesús Ruiz Mantilla. Este experto en información cita a José Luis Casado Soto, director del museo marítimo de Santander, y Aurelio González de Riancho, estudioso de la figura de Bustamante y Guerra, cuando concluye que “el hundimiento de La Mercedes nos llevó directamente a la batalla de Trafalgar y de ahí acabamos en la guerra de la Independencia”.

En los inicios del siglo XIX, España se mantenía neutral frente a la Francia de Napoleón y la monárquica Inglaterra. La acción del almirante Cornwallis obligaría a un giro de tuerca. La no rendición y el ataque empujó al reinado de Carlos IV a ponerse de lado de Napoleón.

La declaración de guerra a Inglaterra—con la que regía la paz en virtud del Tratado de Amiens de 1802— y la alianza definitiva con la Francia de Napoleón, ya iniciada con la firma en 1803 del Tratado de Subsidios, no estaba en los planes de España. De hecho, “parte del cargamento gubernamental de La Mercedes estaba destinado a cumplimentar dicho acuerdo, por el que España debía pagar al Gobierno francés con el fin de mantener la neutralidad”, según el informe del Centro de Arqueología Submarina de Andalucía.

En 1805, la escuadra franco-española fue derrotada por la Armada británica en la batalla de Trafalgar. Frente a la hegemonía de Gran Bretaña en los mares, Napoleón recurrió al bloqueo continental, medida a la que se sumó España. Portugal, aliado de los ingleses, sufrió el asedio. En 1807 fue suscrito el Tratado de Fontainebleau, que estableció el reparto de Portugal entre Francia y España y dio el derecho de paso por esta última de las tropas francesas encargadas de su ocupación. Las presiones internas y externas que todo esto produjo —los españoles rechazaban la presencia de los franceses— obligaron a Carlos IV a abdicar a favor de su hijo Fernando VII. Napoleón, receloso ante este  cambio, convocó en 1808 a la familia real española a un encuentro en la localidad francesa de Bayona. Allí, Fernando VII, presionado, devolvió la Corona a Carlos IV, sin saber que el día antes éste había pactado la cesión de sus derechos en favor de Napoleón, quien designó como nuevo rey de España a su hermano José.

En España se produjeron varias sublevaciones y se formaron Juntas por casi todo el territorio (las que también se organizarían en América).

El rey Carlos IV tuvo que firmar un documento para explicar que había “cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias; habiendo pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e íntegra… Tendréislo entendido y así lo comunicaréis a los demás consejos, a los tribunales del reino, jefes de las provincias tanto militares como civiles y eclesiásticas, y a todas las justicias de mis pueblos, a fin de que este último acto de mi soberanía sea notorio a todos en mis dominios de España e Indias, y de que conmováis y concurran a que se lleven a debido efecto las disposiciones de mi caro amigo el emperador Napoleón, dirigidas a conservar la paz, amistad y unión entre Francia y España, evitando desórdenes y movimientos populares, cuyos efectos son siempre el estrago, la desolación de las familias, y la ruina de todos”.

El 11 de agosto, el Consejo de Castilla invalidó las abdicaciones de Bayona, y el 24 de agosto se proclamó rey in absentia a Fernando VII en Madrid. Subsiguientemente, el 14 de enero de 1809, Gran Bretaña reconoció en un tratado a Fernando VII como rey de España.

Mientras tanto, desde las colonias americanas, todos estos sucesos se seguían con singular atención. En el eje Cusco-La Paz se gestó en 1805 una sublevación en la que iba a participar un tal Pedro Domingo Murillo. En Cusco, la cabeza del levantamiento era el minero Gabriel Aguilar, a quien acompañaban, como organizadores, un capitán de milicias de caballería, tres sacerdotes y varios caciques indígenas.

Para imponerse, la estrategia contaba con 4.000 indígenas, un centenar de soldados y se pretendía armar a unos 700 hombres más. La idea era avanzar hacia Lima, someterla y luego seguir a Potosí. La traición, de un sujeto llamado Mariano Lechuga, echó por tierra esos planes. Las cabezas fueron ajusticiadas, encarceladas o desterradas.

El eje, que unía además a Arequipa, Oruro, Cochabamba, Potosí, Sorata, Sica Sica, Calamarca y Ayo Ayo, tenía el objetivo de extirpar el colonialismo y declarar la independencia respecto de España.

Murillo y otros próceres

En La Paz, el cura José Miguel Salinas y Basilio Catacora habían recibido a Aguilar, quien en la oportunidad trabó amistad con Murillo. Éste formó parte del núcleo dirigencial paceño, junto con José Ramón Loayza (que iba a ser parte de la gesta del 16 de julio de 1809). El plan era disponer de 800 hombres armados y actuar de manera similar que en Cusco.

Una comunicación interceptada por los españoles frustró el movimiento. Los conspiradores fueron llevados a juicio y algunos de ellos desterrados, mientras que Murillo fue puesto en libertad luego de ser interrogado. Los realistas señalaron que el gobernador intendente de La Paz, Antonio Burgunyó, fue “benigno” con los alzados, quizá por gozar éstos de influencias.

Los conjurados paceños no desmayaron en sus planes de alcanzar la independencia que, también, se aspiraba en el resto de Charcas, como lo mostraría el levantamiento del 25 de mayo de 1809, en La Plata (Chuquisaca).  Esa revolución se realizó a nombre del monarca Fernando VII, que en ese momento era prisionero de los franceses.

Se argumentó, en lo que se conoce como el “silogismo altoperuano”, que si la doctrina de Santo Tomás enseñaba que la autoridad proviene del pueblo y que el rey gobierna porque el pueblo le ha confiado su poder, al desaparecer aquél, la soberanía vuelve al pueblo y sólo éste puede tomar decisiones.

Los magistrados y universitarios de Charcas pensaron que, en vista de que el rey Fernando VII había abdicado, la monarquía española carecía legalmente de rey.

En 1808, las novedades más comentadas en Charcas se referían a los avances victoriosos de los ejércitos de Napoleón y la ocupación de España. Cuando se supo del apresamiento del rey Fernando VII en Bayona, su abdicación y la entrega de las colonias al militar francés, la conmoción fue general. Comenzaron a celebrarse reuniones secretas y se formaron grupos en La Paz, Chuquisaca, Potosí, Cochabamba y Buenos Aires, para discutir la posibilidad de formar un nuevo gobierno.

Las calles de La Paz, por ejemplo, a decir de la historiadora Evelyn Ríos, “amanecían empapeladas con pasquines cada vez más subidos de tono, en los que se repudiaba al gobierno colonial”. Simular el apoyo a Fernando VII ayudó a concretar el estallido de la revolución del 16 de julio de 1809 en La Paz. El historiador Ramiro Prudencio Lizón sostiene que la revolución del 25 de mayo hizo lo propio, aunque la “diferencia entre uno y otro movimiento es que el primero, el de La Plata, se mantuvo con la ‘careta’, mientras que el de La Paz se la sacó” rápidamente.

A pesar de que estas insurrecciones y otras más que se encendieron en el llamado Alto Perú fueron sofocadas, la idea de libertad no pudo ser sepultada y en la primera mitad del siglo XIX se selló el final de la Colonia. Muchas son las razones por las que los pueblos buscan la independencia de un poder como el que España detentó en América. Pero una de ellas tuvo que ver con la explotación a que se sometió a los nativos. El tesoro que Odyssey encontró bajo el mar es apenas una muestra de las riquezas que la Corona se llevó de las colonias, donde además obligaba a trabajar a los indígenas en condiciones inhumanas.

El trabajo en la mina

Mariano Baptista Gumucio, intelectual boliviano que desde que se encontró a La Mercedes ha abogado por el derecho de Bolivia  de tener parte de las monedas recuperadas por Odyssey, hoy en poder de España, cita como argumentos testimonios del pasado. Luis de Capoche, por ejemplo, en un texto de 1585 referido a lo que acontecía con los mineros en el cerro de plata, dice: “Y ordinariamente los bajan muertos, y otros quebradas la cabeza y piernas, y en los ingenios, cada día se hieren. Y sólo el trabajar de noche y en tierra tan fría, y asistir al mortero, que de lo de más trabajo, por el polvo que reciben en los ojos y la boca, hasta hacerles mucho daño. Y así está el hospital lleno de indios heridos, que esta fiera bestia se traga vivos”.

Recuerda también las palabras de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, en 1730: “El perseverar la mita por lo que toca a los indios, es una de las grandes lástimas,      verlos salir para esta villa dejando sus provincias y casas cada año. ¡Qué demostraciones de sentimientos no hacen, alaridos de mujeres y gritos de sus hijos no se oyen al despedirse de aquellos campos y poblados! […] y ciertamente yo me hallo confuso, sin poder determinarme o a defender esta calamidad de indios que padecen con la mita o abonarla por ser ayuda del bien universal. Porque quitada la mita totalmente y no habiendo quién trabaje en las minas (pues no lo pueden hacer los hombres de la Europa, ni sus hijos los que nacen en esta América, ni los negros de África porque luego perecieran) dese ya por perdido todo: cesará sin que haya duda el comercio de Europa y demás partes del mundo, porque ni habrá plata y azogue con que beneficiarla; cesará pues con eso de llevar a los reinos del orbe tantos millones de oro y plata en galeones y otras embarcaciones”.

Con datos de el país, wikipedia y la edición del bicentenario de la revolución de 1809 de La Razón

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