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Olga Quenta

El amor de madre que perdió a su hijo la impulsó a crear títeres de cebra y de burro, personajes admirados por su niño y que fueron implementados por la Alcaldía para la educación vial. Personificadora del amor.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 12 de octubre de 2014

Títeres en mano, deambula por El Prado paceño para poder no solo vender su creación, sino también para que la gente conozca su producto y así robarles una sonrisa con su espectáculo.

Aunque los títeres son conocidos desde los albores del siglo XVII, la novedad que presenta Olga, de 30 años, es justamente el modelo: cebritas y burritos que entretienen y maravillan a las personas por donde vaya.

“El diseño de estos títeres fue una iniciativa de mi esposo y mía para hacer un homenaje a mi niño de 1 año y 8 meses, a quien le gustaba mucho estos personajes paceños. Él  murió el año pasado con meningitis”, dice la valiente madre.

Fueron precisamente estos muñecos —y su transformación en títeres— los que le ayudaron a sobrellevar el dolor del luto. Ambos son conocidos en la ciudad gracias a la iniciativa de educación vial que el Gobierno Municipal de La Paz implementó en 2001.

De este modo, decidió poner en marcha su idea en noviembre del año pasado. Aprovechó que su esposo es costurero de profesión y que ella también tiene conocimientos del oficio.

Los títeres de cebritas y burritos se empielan de tela polar y cobran vida gracias a los habilidosos dedos de Olga. Cada uno se diferencia ya sea por la corbatita que porta o por el moñito colorido en forma de flor sobre sus cabezas.

El tiempo de elaboración que le toma cada uno es de aproximadamente media hora y en promedio produce 50 al día.

Entre las 09.00 y las 18.00 que Olga   transita las laderas, las zonas aledañas,  el Cementerio y el centro,  logra vender al día entre 10 y 30 títeres.

“Cuando alguien me compra uno de ellos siempre recomiendo que los cuiden, porque son animalitos que con la mano les damos vida y con la voz les proporcionamos alegría”.

Por otro lado, Olga asegura que le copiaron la idea y que ya vio a sus creaciones idénticas en las manos de otras personas, también ambulantes, que las ofrecían como suyas.

“Todo el mundo tiene derecho a trabajar. Lo que me ha molestado es que la misma cabecita le habían copiado. Era que hagan otro diseño para que la gente pueda diferenciar”.                 

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