Escape

Orangutanes - El calvario hombre rojo

Una visita a Sumatra, uno de los pocos aposentos para esta especie

El País de España

00:00 / 11 de diciembre de 2011

Es complicado respirar. El intenso calor se mezcla con una opresiva humedad. El sudor corre por la frente y nubla la vista. Avanzar es un suplicio. Las lluvias de los últimos días han convertido los senderos en lodazales, y han fortalecido la densa vegetación. Son las nueve de la mañana, y a la luz solar aún le cuesta penetrar hasta el suelo del Parque Natural Gunung Leuser, a pocos kilómetros del somnoliento pueblo de Bukit Lawang, al norte de la isla indonesia de Sumatra. Es uno de los pocos lugares que le queda al orangután para vivir a sus anchas, y, sin duda, el ser humano es aquí un intruso en un mundo hostil.

Cientos de sonidos desconocidos asaltan al visitante, que los analiza instintivamente como amenazas que provocan una angustia justificada. Las lianas que sirven de apoyo pueden tener lengua bífida y las sombras que pueblan la jungla parecen tener la mirada fija en los recién llegados. Es la prueba de que esta isla cuenta todavía, y a pesar de que su superficie se ha reducido casi un 70% en 50 años, con un impresionante muestrario de naturaleza en estado salvaje.

Víctimas de la deforestación

El guía se mueve como pez en el agua a pesar de sus chancletas de plástico made in China, quizá más adecuadas que nuestras botas de gore-tex. El joven analiza el suelo y escudriña las alturas. En ocasiones, se detiene en seco y levanta un brazo para que hagamos lo mismo.

Escuchamos con atención, pero somos incapaces de comprender el significado de la sinfonía natural que nos acompaña todo el camino. Buscamos al “hombre rojo”: orangután en indonesio.

Y no es fácil dar con uno. Según la ONG Rainforest Rescue quedan sólo 6.624 ejemplares de la especie propia de esta isla, un número que supone el 9% de los que habitaban Sumatra en 1900. Además, su desaparición se ha agudizado en las últimas décadas, coincidiendo con el aumento del ritmo al que se desforesta la jungla para dejar espacio a plantaciones rentables, como la de la palmera que se convierte en biocombustible de segunda generación.

Pero un informe de la UNEP considera que la conservación de este ecosistema es más beneficiosa, incluso en lo económico, que su destrucción para crear lo que se conoce como “el desierto verde”. De hecho, la agencia medioambiental de Naciones Unidas asegura que podría triplicar los ingresos por la plantación de monocultivos. Claro que los cálculos, basados en el precio de los créditos de dióxido de carbono, son complejos y quedan lejos de la capacidad de comprensión de una población y un tejido empresarial que miran la rentabilidad a corto y mediano plazos.

Así, la situación de los orangutanes en Indonesia, un país que suma el 10% de los bosques primarios del mundo, y en el que habitan 772 especies amenazadas, es hoy de peligro crítico. Después ya sólo le quedan las etiquetas de extinguido en libertad y extinguido a secas. Lo que está sucediendo es, según Hardi Baktiantoro, del Centro para la Protección del Orangután, que trabaja en la isla de Borneo, nada menos que un “genocidio”. Él acusa a las firmas que explotan la jungla incluso de matar a los orangutanes usando veneno.

Por si fuera poco, los ejemplares que viven en cautividad tampoco disfrutan de una situación muy agradable. Algunos están encerrados en jaulas en las que apenas pueden moverse, y hace unos días se denunció que en algunos zoológicos de Indonesia se les permite a los visitantes echar cigarrillos a los orangutanes para disfrutar de una escena con la que muchos se parten de risa.

Afortunadamente, el parque de Gunung Leuser es un santuario reconocido por la Unesco en el que conviven decenas de especies amenazadas, incluidos tigres, rinocerontes y elefantes, animales con los que el visitante prefiere no encontrarse. Pero, según pasan las horas y el cielo oscurece, su presencia se hace cada vez más evidente en la mente, que juega continuas malas pasadas. Sólo falta que comience a diluviar.

‘Lluvia dorada’ de bienvenida

Y eso es lo que auguran las primeras gotas. No obstante, las carcajadas del guía dejan bien claro que no es agua lo que cae sobre la cabeza, sino una lluvia dorada de bienvenida de una amistosa especie de mono. Es la enésima que aparece entre el espeso follaje, pero de orangutanes no hay ni rastro. La diversidad natural es asombrosa. La sensación de indefensión, también. “Es posible que ni siquiera en varios días consigamos ver uno, porque cada vez hay menos”, reconoce el guía. Pero de repente llega el inconfundible sonido de las ramas siendo zarandeadas. Algo, grande, se acerca.

“Ahí está... Cuidado, puede ser hostil”. Una mole anaranjada se acerca. De prisa. Mucho más rápido de lo que cabría esperar. Pero el hombre rojo resulta ser mujer, y está embarazada. Es evidente que está acostumbrada a los seres humanos, porque no muestra recelo. El guía le ofrece trozos de sandía para que se acerque más, algo que está prohibido en el parque. El animal devora el manjar, y regresa a las alturas. Se rasca la cabeza en un gesto muy humano. Y, tan rápido como ha aparecido, se desvanece. “Ojalá sobreviva la cría. El embarazo es duro, pero aquí fuera todo es más difícil”, apostilla el guía.

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