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Patios de La Paz

Eran un centro de vida, pero cayeron en el olvido

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 11 de marzo de 2012

Una caterva de chicos juega en el patio; chillan, patalean y lloran, y pelean como perros (...). Un chico se acerca a la puerta de un señor que ya no puede ni pararse; lo insulta, le hace un gesto y le saca la lengua; el señor (...) le propina un fuerte cocacho. Y aquí no pasó nada. Pues estamos en un patio”. Jaime Saenz describe en Imágenes Paceñas un momento cualquiera en algún patio de un conventillo de ciudad que poco a poco se ha ido perdiendo y, con él, los espacios de socialización del vecindario y de recreo de las familias. Sin embargo, “deberíamos volver a establecer el patio como mecanismo de desarrollo de arquitectura”, afirma el experto en el área, Carlos Villagómez.

Este arquitecto define el patio como“un lenguaje universal que ha tenido diferentes interpretaciones”. La Paz guarda hermosos ejemplares, especialmente en casas coloniales y republicanas. El modelo español estaba inspirado en las casonas andaluzas y éste, a su vez, en los tipos griego y romano. Pero el patio ya existía, aunque con otro estilo, en las culturas prehispánicas del altiplano. Un ejemplo se puede encontrar en las ruinas arqueológicas de la península Taraco, en el lago Titicaca. En ese lugar hay restos de la cultura chiripa que señalan que las viviendas se organizaban en torno a un templete semisubterráneo que hacía las veces de patio.

Prehispánicos y coloniales

Los pueblos indígenas de Bolivia realizaban tanto sus actividades personales como sociales en esta área, explica Gastón Gallardo, director del Instituto de Investigación y Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Comían, se aseaban, se reunía la familia (era como su living) y era el lugar donde recibían a los visitantes. Incluso, el modo de ser de los originarios de América motivó a que en Ecuador, Guatemala, México y Bolivia se concibiera una nueva forma de construir iglesias, con atrio y posas, porque el indígena no estaba acostumbrado a estar encerrado. La basílica de la Virgen de la Candelaria de Copacabana es una muestra. En La Paz había tres importantes claustros en el templo de San Francisco. El más importante, asegura Villagómez, se perdió con las obras de construcción de la avenida Mariscal Santa Cruz, a mediados del siglo pasado.

El arquitecto define el patio como el “espacio rodeado de usos y habitaciones”. Así era el modelo prehispánico y  también el traído por los colonizadores.  La estructura predominante en las casas del centro histórico de La Paz, donde hay gran cantidad de patios, se corresponde con el estilo español. Algunos son del siglo XVII, pero la mayoría fueron construidos durante el  XVIII. Un ejemplo dieciochesco se puede encontrar al acceder al Museo Nacional de Arte. “Tiene el patio residencial más bello de la ciudad de La Paz”, opina el arquitecto. Este espacio de tres pisos (algo fuera de lo común, habitualmente son de dos alturas) y una galería descubierta con arcos fue restaurado en los años 60.

El modelo colonial de casa residencial contaba con tres patios. Gallardo afirma que existe un debate en torno a la importancia de cada uno: algunos defienden que el de mayor categoría era el primero, mientras que otros apuestan por el de en medio. En muchos casos, explica el director, se ha encontrado evidencias de que el primero era el depósito de los enseres domésticos y en él vivía la servidumbre. Las dependencias de la familia estaban distribuidas alrededor del siguiente patio.

El cambio vino con la construcción del segundo piso de la casa. Con él apareció el salón hacia la calle y trajo consigo la incorporación del primer patio al área social, convirtiéndose en el más importante de los tres. Las dependencias de alrededor fueron ocupadas por la familia y el servicio quedó relegado a las habitaciones abandonadas por los propietarios. En el patio principal se recibía a los invitados, por lo que el acceso a la sala también estaba en él. Debido a su importancia social, tenía elementos ornamentales: fuentes, plantas, esculturas y símbolos de la familia, como su escudo.

En el segundo se desarrollaban las actividades de la servidumbre, y a él asomaban la cocina y la despensa. El último era el huerto y también criadero de animales para el consumo doméstico, caballeriza y aparcamiento del carruaje. En muchos casos, a estos huertos se accedía por una calle secundaria por la que entraban los carros. Ése es el origen de la calle Jaén: a ella asomaban las puertas traseras de las viviendas, mientras las entradas principales daban a vías más  amplias.

De la época colonial quedan también los patios de los tambos, de los que pueden verse ejemplos, ya deteriorados la mayoría, alrededor de las céntricas calles Illampu, Sagárnaga y Santa Cruz.

Algunos de aquellos patios coloniales fueron modificados con el enfarolado de las galerías (las del primero, normalmente), para evitar que la lluvia y el viento entraran en el pasillo de circulación. Esto generó un estilo diferente de patio.

Otro tipo se puso de moda con el fin de la época colonial (1825) y la instauración de la República, momento en que se rompió con el estilo arquitectónico español.

La búsqueda de lo nuevo

El afán por construir todo de nuevo, señala la arquitecta Cristina Damm, es el motivo por el que muchas viviendas anteriores a la época republicana desaparecieron. Al principio, el cambio de tendencia se dejó ver sólo en las fachadas. Los estilos eclécticos europeos (neogótico, neoclásico, neomudéjar) eran los predominantes en la estética de las nuevas construcciones, en su mayoría influenciadas por el francés art nouveau. Corrían los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. El cambio de estilo pronto afectó a todo el conjunto arquitectónico de las viviendas. Durante estas décadas, la clase pudiente de la ciudad se trasladó del centro histórico a la avenida 16 de Julio (El Prado) y, los más tardíos, a Sopocachi. “Eran casas muy europeizadas”, explica el arquitecto Villagómez.

Es en estas dos zonas donde se encuentran ejemplos de construcciones y patios republicanos. Ya no son cuadrados sino rectangulares y, su característica más notable, techados con cristal y estructuras de hierro. Se los denomina con el vocablo inglés hall. El Museo de Arte Contemporáneo Plaza (Av. 16 de julio 1698), tiene uno de estos patios, cuyas piezas de fierro son de la casa Eiffel, según su director, Ludwing Vera Plaza. Gustave Eiffel es el  ingeniero francés que diseñó la famosa torre parisina que lleva su apellido, así como la Casa de Fierros en Iquitos, Perú, entre otras obras arquitectónicas.

El antecedente de este estilo nació en Reino Unido. El constructor de invernaderos Joseph Paxton creó un Palacio de Cristal para la Exposición Universal de 1851, celebrada en Londres, y que fue destinado a la exposición de máquinas. La obra, sencilla, en fierro y cristal, carente de elementos decorativos, fue tan revolucionaria como el progreso de la industria de aquellos años.

Algunos patios coloniales de La Paz se “modernizaron”: emulando a los nuevos, fueron cubiertos con placas de cristal y hierros. La diferencia está en que los anteriores a la República tienen dos alturas, y los posteriores, sólo una (son como una habitación ancha con un techo transparente). Este techado es, además de una influencia europea, una forma de conseguir iluminación y calefacción naturales en lugares tan fríos como La Paz.

El patio, sin embargo, fue desapareciendo de las construcciones a lo largo del siglo XX. Por un lado se siguió el modelo francés, que sustituyó el patio por un pasillo, pero por otro contribuyó la construcción en vertical de altos bloques de viviendas. En esas estructuras, “el patio pierde ese sentido del espacio familiar”, señala Gastón Gallardo.

El arquitecto Emilio Villanueva fue uno de los fieles al patio, aunque de un modo peculiar y en edificios de uso público, como en el Monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés, finalizado en 1948. Allí, Villanueva dejó a un lado la idea del patio central y lo cambió por el atrio. Lo mismo hizo casi tres décadas después en el estadio Hernando Siles. Él fue uno de los artífices de los cambios arquitectónicos que vivió La Paz desde principios del siglo XX, tras convertirse ésta en sede de gobierno.

De la época del emblemático estadio son las construcciones de Alfonso Frías Terán (Oruro, 1944-La Paz, 1981), quien rescató el patio tanto en viviendas como en otro tipo de edificios. Es un “rescatador del patrimonio”, como lo describe su compañera de profesión Cristina Damm, quien también fuera su esposa. Que el patio volviera a tener presencia fue una petición de la gente, para la que Frías rescató algo más que un espacio: un concepto, una función, un imaginario colectivo, pues el arquitecto consultaba las necesidades de las personas adjudicatarias de los proyectos que él diseñaba; incluso, les hacía dibujarlas, asegura su esposa. “Este rescate no es de Alfonso Frías, es de la gente”.

Para él primaban las necesidades de las personas por encima de las tendencias arquitectónicas. “Achachicala 165” es un complejo residencial que debe su nombre al número de viviendas que Frías diseñó en 1972, dentro del Plan Autopista. Linda con los cerros Calvario y Chijchipani, la laguna que lleva su nombre y el bosque de Pura Pura.  Sólo cuatro vías vehiculares acceden a la urbanización, ensanchándose en su interior y dando lugar a espacios comunes, incluyendo una plaza, que facilitan el tránsito peatonal en el interior de la urbanización, así como la vida vecinal.

Más patios modernos de Frías

La Casa Cuna Matilde Carmona de Busch, un espacio concebido también en 1972 y que forma parte del mismo plan urbanístico que “Achachicala 165”, es otro ejemplo de la recuperación del patrimonio realizado por parte de Alfonso Frías y adaptado a sus tiempos. En este caso, se trata de un edificio destinado a acoger un jardín infantil, una guardería, una residencia para señoritas y una pequeña industria textil. Los ventanales de todo el edificio se estructuran en torno al patio lateral.

La Casa Simón, en la zona Sur; el Hotel Kori Tambo, en Achocalla; la urbanización El Kenko, en El Alto, y la Villamor, hoy denominada Los Álamos, en Potosí, son otros edificios contemporáneos ideados por Alfonso Frías y que, de distintas maneras, abrazan en su estructura la reincorporación del patio, un elemento que “debe ser recuperado”, opina Carlos Villagómez. Coincide con Gastón Gallardo, quien asegura que este espacio no debe faltar en las obras contemporáneas.

Ahora es en zonas más alejadas, como Huajchilla y otros lugares de segunda residencia, así como en la zona Sur, donde se está volviendo a construir el patio, frecuentemente techado, por el calor y la luz, convirtiéndose en un espacio más de la casa, y no en lugar de actividad y reunión.

En algunos lugares rurales, como en Chipaya (Oruro), ha sobrevivido el modelo originario pero, en las ciudades, el patio al estilo de los conventillos de los que hablaba Jaime Saenz, casi ha desaparecido. Quedan sus palabras: “Un patio es un patio; grande o pequeño, feo o bonito, tal como suena. Es sin duda una escuela de sabiduría”.

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