Escape

Pacha: Un viaje con pasos de niño

Limber Calle y Héctor Ferreiro se encontraron en el largometraje que hoy los reúne

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 17 de marzo de 2013

Tardó un poco, pero finalmente la película Pacha, dirigida en Bolivia por el mexicano Hernán Ferreiro, está en las salas del país. El protagonista, Limber Calle, entretanto ha pasado de ser un niño de 12 años a un joven de 17 que se apresta a ingresar a la carrera universitaria de Técnica de aviación.

Amigos, y dado que Ferreira pasa temporadas como vecino de Alto Sopocachi en La Paz, ambos hablan ya de hacer otra película. Por lo pronto, es Pacha la que ocupa sus afanes: hay que difundirla, hacer que la gente la vea y, ojalá, responder a la invitación para reflexionar sobre la realidad a través de los sueños de un niño.

El largometraje producido por Naira Films fue tomando forma en la mente de Ferreiro a raíz de su primer encuentro con Bolivia, en 2002. Le sorprendió encontrar a muchos niños y jóvenes lustrabotas, con el rostro cubierto y, varios de ellos, forjando una independencia desde ese duro trabajo. Al cineasta le tocó atestiguar, además, los conflictos político-sociales que comenzaron en febrero de aquel año. Entre muchas de las imágenes de esas jornadas, se le quedaron las de unos chicos, estudiantes de colegio, apedreando el Palacio de Gobierno.  “Vino luego lo de la Guerra del gas y el país comenzó a cambiar...”

Pacha no es film sobre política ni mucho menos. Habla, eso sí, de cambio, de transformación; pero desde lo individual. Un niño lustrabotas, en medio de esa guerra social, emprende un viaje hacia la naturaleza, hacia sus raíces, su pasado, su cultura, su idioma. “Desde los ojos de ese niño, de esa mirada que en ese momento de la vida es más ingenua, más espontánea, se plantean preguntas más que respuestas”, dice el director. Argumentalmente, lo de los zapatos tiene un sentido incluso filosófico. El protagonista, Tito, en medio de las revueltas sociales y mientras duerme en la calle, pierde un zapato. Más tarde, también su cajita de lustrar. En sus sueños, se le presentará una y otra vez una mujer (Érika Andia), la que le conducirá, descalzo, por lugares y tiempos distintos.

“El zapato es como el molde del pensamiento, el que nos separa de la tierra, mientras que el pie descalzo es algo más espiritual, el que nos conecta con la tierra”, explica Ferreiro. Y ese simbolismo guía el viaje del niño como en sueños.

Limber no es lustrabotas en la vida real, aunque convence de que sí en la pantalla. Cuando Ferreiro tomó las pruebas para elegir al protagonista, Freddy Chipana, director de Altoteatro, se lo presentó con buenas recomendaciones. Ocurre que el niño, a sus diez años más o menos, pasó un taller con Chipana (ex Teatro de los Andes)  en su colegio de Jupapina (sur de La Paz). Entonces le tocó representar a un chico que encuentra dinero “y  se ve rodeado de muchos amigos; pero cuando me quedo sin un centavo me doy cuenta de lo que la amistad significa en verdad.

A las pruebas, Calle se presentó junto a su mejor amigo, Wilmer Mamani. Ambos fueron elegidos y en Pacha dan vida a Tito y Chito, un par unido por esa relación.

En la audición, “Limber nos sorprendió. Le pedimos que mostrara distintos sentimientos y cuando le dijimos “tristeza” lloró, con lágrimas y todo”, recuerda Ferreiro. “Sí; pero ya en el rodaje, cuando estábamos en Copacabana, tenía que llorar y no lo lograba. Es que para entonces habíamos viajado por distintos lugares, algo que no imaginaba que podía lograr tan temprano y estaba tan feliz que no me salía el llanto”, apunta el joven.

¿Qué es, pues, actuar? “Demostrar lo que tienes por dentro, ser natural”. Para saber esto, “me ayudó el teatro; antes yo no iba al cine, veía más que nada televisión, pero sin preocuparme por las actuaciones. Ahora busco películas por los actores. En Pacha, lo que hacía en varios momentos era ponerme en mi niñez y dejar que me salga naturalmente”.

Calle vive con su familia en la zona de Mallasilla. Sus padres son migrantes de la provincia Aroma, a donde vuelven de tanto en tanto. Allá, en El Tholar, en contacto con su abuela, el joven aprendió el aymara. De pequeño, además de ir al colegio, trabajaba como caddie en el Club Privado de Golf.  Ahora, además de entrar a la universidad, quiere seguir actuando.

La vivencia que le permitió la película, dice Calle, tiene que ver primero con haber descubierto lugares del país que ni imaginaba: la Isla del Sol, el Camino del Inca en Yungas, el Salar de Uyuni. Está también el descubrimiento del mar, en Ilo (Perú). Y el viaje a Alemania, el año pasado, donde Pacha fue parte del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale), lo que le permitió dialogar con jóvenes europeos. Éstos, además de estar convencidos de que Calle era un lustrabotas en la vida real, tal la pericia con que desempeñó el papel, le preguntaron mucho sobre Bolivia, la Guerra del gas y sus paisajes. “Llegar a ese país ni lo había soñado”, dice.

En cuanto al viaje interior, Pacha “me ayudó a ver la realidad de otro modo, a caminar sobre la tierra más atento. Pero también, a que soñando se pueden lograr cosas”.

Un concepto prehispánico

Se puede aprender mucho al ver cómo miran los niños, retoma el punto Ferreiro. “Es aprender, ya de adulto, a mirar como la primera vez”. Lo que lleva al término “pacha”, que si bien en un primer momento no convencía al equipo, por lo manido de la palabra, terminó ajustándose al sentido del viaje de Tito. “Pacha me parece uno de los conceptos prehispánicos más interesantes: tiempo y espacio, juntos,  mundo, universo, cielo, tierra; el momento presente, lo que nos guarda y envuelve... El mundo occidental se dio cuenta de que tiempo y espacio son una unidad entrado el siglo XX, mientras que las culturas prehispánicas, como la aymara, ya lo sabían”.

 Pacha, responde Calle, apelando a sus recuerdos de la vida en el campo, la de sus abuelos, “es algo divino, sagrado”. No es que él vaya a vestir un poncho rojo, lleva ropa de un joven urbano que sueña con aviones; pero valora que el país no discrimine más a quienes hablan aymara.

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