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Paco de Lucía Septeto

Estudiando y tocando diez horas cada día, nace desde su pobreza infantil el mejor guitarrista flamenco del mundo.

Gráfico: Internet.

Crédito imagen: La hora.com.ec

La Razón (Edición Impresa) / El Papirri

00:00 / 01 de diciembre de 2013

Mientras me emociono en  el Teatro Nacional quiteño con este Paco de Lucía Septeto versión 2013, recuerdo aquel  memorable concierto de Paco con John Mac Laughing y Al Di Meola. Tuve el privilegio de verlos en miniatura, desde gallo, con mi amigo Pelón (el ahora destacado filósofo Luis Tapia), en el Auditorio Nacional de México de 1981. Pasaron 32 años, hoy Paco acaricia su guitarra intacto y me impulsa al recuerdo.

Aquella vez estábamos jodidos de plata, con el Pelón dejamos de almorzar tres días y nos fuimos a gallo, se los veía minúsculos a los genios, sin embargo, se sentía  la potencia y el virtuosismo de aquella mística tripleta. Entonces, empezó a correr un papelito clandestino que decía: contamos hasta ocho y nos lanzamos… el demiurgo empezó a moverse,  uno, dos, tres, cuatro, vino la avalancha, aparecimos a cinco metros del trío magistral luego de saltar en turba unos cinco metros la muralla que separaba  gallo de butaca. Allí me brotó el primer esguince en la derecha pero aquella versión de Entre dos aguas lo merecía. Paco se enfrentaba dignamente en duelo desigual a dos talentos de la improvisación que asimilaron las escalas flamencas y las aplicaron a su gimnasia virtuosa; el flamenco  tuvo más mérito, tenía que aprender a improvisar cada noche en ese estilo y sin plectro… por eso salía  de los shows destruido. Gracias a este gran esfuerzo, Paco enriquece el antecedente de tres generaciones  tradicionales ingresando a las ligas mayores musicales con la incorporación sana de aquella improvisación jazzística aportando al nuevo concepto de música popular culta. (Yaaaaaa, bien alaraco, no ve?).

La guitarra de Paco es la del flamenco legítimo —y eso tiene una historia de  cuchillos y duelos—, es heredera de la alegría tensa de los bodegones gitanos.

Alguna vez contaba de manera sincera y andaluza que en el pueblo donde nació, Algeciras, habían demasiados Pacos, Pepes y Ficos, entonces el barrio le puso el glorioso nombre de Paco de la Lucía, Paco de su señora madre, Lucía Gómez, la Portuguesa, que algo de portuguesa ha debido tener, pero más de mora. Porque la guitarra de Paco suena a moros, pero también suena a blues y  a colores gitanos que Granados y Albéniz aplicaron a sus obras sinfónicas. Paco de la Lucía recuerda que a sus 12 añitos su padre le dijo  en andaluz: mira, ya no te puedo pagar la escuela, tienes que dejarla, estudia la guitarra y toca conmigo en las noches para aportar al chairo. Los señoritos bien, llegaban al pueblo, entonces la taberna de moda llamaba a los Sánchez Gómez —el padre, Paco y sus hermanos— para animar la noche. Así, estudiando y tocando diez horas cada día, nace desde su pobreza infantil  el mejor guitarrista flamenco del mundo. De 1966 a 1976, diez años, triunfa por el mundo en poderoso dúo con Camarón de La Isla, hermoso genio del cante jondo gitano que muere por exceso de vida a los 41 años dejando una decena de discos extraordinarios en parceria con Paco; luego, vendría la tripleta con los gringos jazzeros para después el guitarrista andaluz alzar vuelo solista consagrándose para siempre en el planeta musical.

Ahora Paco de Lucía en Quito está nomás cerquita, fértil en sus 66 años, su guitarra suena con más sapiencia, con ponderación. Entonces ingresa el septeto y el sonido es de una interculturalidad con raíces sólidas. Nos sorprende la armónica flamenca de Antonio Serrano; nos atrapa un bajista gitano de nombre Alain, tan sutil como emocionado; nos devasta David de Jacoba, un cantaor con cara de hindú total y nos aniquila el bailaor Farru con su energía de fuego. Seguidamente vino lo mejor de Paco en trío de guitarras, las piezas, dilatadas,  duran 10 minutos, el público aplaude desde sus celulares de marca, qué pena que los músicos de verdad no puedan pagar la entrada.

Ya en la despedida del show, Paco de Lucía lanza un solo relajado, unos acordes complejos que engrandecen más su áurea, unas frases rotundamente asimétricas en cadencia y ritmo que  me dejan con nostalgia, con sabor a poco, como cuando te comes un deli sanguche de jamón serrano  con una copita de oporto.

Esta ciudad k’aima necesitaba que alguien le agite el clítoris. Esta ciudad tan arregladita y operada precisaba que alguien se la casque de verdad. Esta ciudad tensa, silenciosa, fue sacudida por un artista pleno, sofisticado, egregio, Paco de la Lucía, niño genio de Algeciras, eximio de la guitarra  popular culta que nos deja con el alma encendida y se va con su equipo mestizo como si no hubiera pasado nada.

El Papirri es personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta.

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