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Palais Concert

Oruro quiere resucitar a su teatro centenario

La Razón / Miguel E. Gómez Balboa

00:00 / 26 de febrero de 2012

Un santuario de la historia cultural y artística de Oruro podría resucitar este año. Es el inmueble del Palais Concert (Palacio de Conciertos), ubicado en pleno centro de la ciudad de Sebastián Pagador. Una joya de la arquitectura que estuvo a punto de desaparecer por la dejadez de sus dueños y a la que la Gobernación pretende devolverle su esplendor.

El investigador Mario Medina Alarcón relata que el edificio fue levantado en 1918, por orden de Juan F. Luzio, quien contrató para ello al ingeniero italiano José Cosani. El estilo decorativo francés impregnó su arquitectura y la ornamentación de su fachada de cinco calles y tres cuerpos fue encargada al escultor paceño Marcelino Ramírez Villacorta, quien hizo volar su imaginación artística en la urbe orureña.

El frontis luce imponente en la plaza 10 de Febrero. Lo adornan columnas, capiteles, esculturas femeninas y angelicales, graderías de piedras de las canteras antiguas de los alrededores de la ciudad. En la puerta principal, cuelga un cartel que reza “Palais Concert” y a sus costados, dos mascarones teatrales de los que se desprenden telas moldeadas. En la cima, las figuras de Apolo,  dios del arte, y de cuatro niños musiqueros.

La inauguración de la construcción, según Medina, fue acompañada de espectáculos orquestales, sobresaliendo el del Trío De María y de la española La Sevillita. El hall albergó el concierto de una orquesta que invitaba al público a la velada, cuyas melodías deleitaban incluso a los presentes en el café del segundo piso. Así se inició la época dorada de este escenario que recibió a la crema y nata de la sociedad de entonces.

Con el tiempo esto cambió, y completamente. El arte no saciaba las arcas de sus propietarios y decidieron librar a su suerte al teatro, sobre todo en cuanto a su mantenimiento. Fue así que se convirtió en un salón de cine que proyectaba películas familiares y, luego, sólo para adultos, y hasta se hacían tratativas para transformarlo en un centro de oración para los evangelistas. Hasta que fue rescatado por la Prefectura.

Pero el mal ya estaba hecho. La infraestructura interna se encuentra carcomida por el tiempo y la desidia de los dueños de turno. Pisos y escaleras destartalados, ambientes rústicos, pinturas murales que corren riesgo de borrarse para siempre son el común denominador. Afuera, la fachada —que fue restaurada por Medina en 1999— perdió su encanto por los vidrios rotos y por los afiches pegados en sus columnas.

Las seis obras de Luis Toro Moreno

La careta de un diablo mira desde lo alto en el sector de las boleterías del Palais Concert. Un farol brinda la poca iluminación. Los baños están en ruinas. Dos carteles de las cintas El regalo prometido (1996) y Titán A.E.  (2000) resaltan en el pasillo de ingreso. Enfrente, un altar resquebrajado con la efigie del Sagrado Corazón de Jesús en su interior. Muchos de los cuartos se han convertido en depósitos de cosas viejas, inservibles.  

Así se accede a la platea. Las butacas estropeadas tienen doble numeración. Al caminar, las tablas chirrian. El color guindo del telón emerge en el plató, que está habitado por un banco a punto de derrumbarse. “Las cortinas son nuevas”, comenta Pedro Ramos, jefe de la Unidad de Turismo y Cultura de la Gobernación. Es que a pesar de la precariedad imperante, el sitio continúa albergando funciones artísticas.   

En las paredes laterales están seis piezas invaluables, son los murales verticales, enmarcados, del pintor ecuatoriano Luis Toro Moreno (1890 - 1957), quien radicó en Bolivia desde 1916 y por unos buenos años. Medina rememora que en ese lapso, Luzio contrató a este artista para la decoración de los interiores del teatro, quien dejó como herencia esta serie que luce lastimada y requiere un trabajo urgente de restauración.

Toro representó, en sus obras cargadas de alegorías artísticas y femeninas, al músico italiano Giussepe Verdi; el inventor del fonógrafo, el norteamericano Thomas Alba Edison, el poeta nicaragüense Rubén Darío, el compositor alemán Ludwig van Beethoven, la bailarina rusa Anna Pávlova y el dramaturgo español Luis de Góngora. Los paisajes, los dioses mitológicos, las musas y querubines también están presentes.

Dos murales llaman la atención. El que tiene a Rubén Darío muestra una familia indígena, y una de las hipótesis de Medina es que Toro fue condiscípulo del maestro potosino Cecilio Guzmán de Rojas. En el que está Alba Edison sobresale una cámara de la cual pende un cable serpenteante que forma la palabra “Elena”, y se afirma que el pintor rindió así tributo a la orureña Elena Vidaurre, de quien se enamoró locamente.

Su pariente peruano está en riesgo

La Gobernación de Oruro se ha puesto manos a la obra para devolverle su resplandor a este edificio patrimonial. Ramos expone que no se buscan maquillajes, sino una reparación integral. El proyecto se implementará este año y cuenta con una inversión de 3 millones de bolivianos. “Había otro plan para la ampliación, pero lo desechamos porque no queremos alterar este monumento arquitectónico y artístico”. Ramos sostiene que se sabe poco de la historia del recinto, aunque Perú albergaría más datos sobre su edificación, ya que el país vecino también posee su Palais Concert, un inmueble estilo afrancesado que fue abierto el 29 de febrero de 1913. Fue un café-cine-bar hecho a semejanza del Cafè de la Paix de París, donde se daba cita la élite intelectual limeña de esos tiempos.

Desde los años 40, esta construcción —que desde 1991 es parte del anverso del billete de 50 nuevos soles— fue destinada al comercio, y el año pasado, una multinacional anunció la idea de refaccionarla y convertirla en una tienda por departamentos, lo que activó la protesta de activistas que pugnan para que sea un centro cultural.

El Palais Concert orureño se salvó de ese destino. Para devolverle vida, la Gobernación ya cuenta con el apoyo del Ministerio de Culturas y se ha invitado a restauradores para que engrosen esta cruzada. Se pretende que el inmueble se asemeje a lo que fue en 1918, para convertirse de nuevo en un espacio que albergue a las expresiones artísticas, a la sociedad orureña, como en sus mejores tiempos.

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