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En la Pando

Me emociona patentizar que aquel niño es hoy un poeta de verdad. El nutrido público quiteño aplaude fuerte.

La Razón (Edición Impresa) / El Papirri

00:00 / 22 de junio de 2014

De lejitos vislumbro al escritor  Gabriel Chávez Cazasola, estamos en el Auditorio de la Casa de la Cultura de Quito y leerá pronto sus poemas como  invitado especial del Encuentro de Poesía Paralelo Cero de Ecuador. Lo recuerdo niño, en Sucre, en casa de Matilde, siempre rebelde, sensible, inteligente.

Pienso que los años nos pasaron a ambos por encima como tractor pesado. En aquel momento, Gabriel sube al podio y lee con voz enfática dos textos hondos, sonoros, brotan imágenes de casas solitarias llenas de gente, narra que alguien se murió de sí mismo. Me emociona patentizar que aquel niño es hoy un poeta de verdad. El nutrido público quiteño aplaude fuerte, seco y breve, luego le toca a una poetisa ecuatoriana cuyas subjetividades enmarañadas  me transportan a una anécdota con el Gabriel.

Una noche creo del 1996 ingresé urgido por una cerveza al bar La Luna de la calle Tarija de La Paz, allí estaba el Gabriel Chávez con otro amigo, un personaje paceño de nombre Beto. Por supuesto tomamos más de una, surgimos en trío eufórico hacia El Prado y su noche estrellada. En la Plaza del Estudiante se escuchaban guitarras y cantos de jóvenes, nos acercamos al grupo, los muchachos estaban cantando mi huayño Bien le cascaremos, no podían creer que yo estaba allí pues la publicidad de mi concierto en el Teatro Municipal —que era al día siguiente— se difundía con todo (famoooso era yo esa época). Me pasaron la guitarra, cuando empezaba a palparla aparecieron decenas de militares violentos con atuendos de guerra introduciéndonos a culatazos a un camión caimán. En el camión, con el Gabriel nos mirábamos y nos quería dar ataque de risa.

Llegamos a la comisaría de la Pando, en el hígado paceño, nos bajaron a empellones, registraron nuestros nombres en un cuaderno, éramos dos docenas de cuates, nos ingre- saron a la celda helada de la Pando. La risa se tornó mueca de zozobra.

El jilakata tronó:

— Ya giles, esta zona es mía, al primero que joda le saco la mierda y  mejor si consiguen trago!

Con el Beto nos acurrucamos en una esquina, alguien hizo aparecer un pucho, el frío hacia temblar las rodillas. A la hora, irrumpió el grito del  guardia de turno:

— ¡Quién es el periodista!

Gabriel se paró trastabillando, lo vi salir en medio de  las tinieblas de la celda.

El jilakata arremetió:

— A ver cuál es el otro maricón que quiere irse, primero me piden permiso. ¡Carajo!

Entonces empezamos a cantar en coro y a capella Canción para mi muerte, algún alegre quiso emprender con Bien le cascaremos, se abrió la puerta y tres baldazos de agua helada nos dejaron mudos. No tuvimos otra que calentarnos con tierra, así, hombres de barro, dormimos la noche triste.

Cuando desperté me atacó el pánico de pensar que esa noche tocaba en el Municipal, me apersoné a la pequeña ventanita con reja, en susurros gritados le dije al policía de turno:

— Pst, hermanito, soy el Papirri, el Chazarreta, tengo que tocar esta noche.

Solo sentí el culatazo en la reja que me hizo sangrar la nariz.

El jilakata se compadeció con la sangre:

— Ya papirri, te vua ayudar.

 Entonces nuevamente lo llamó al guardia.

 — Cabo Tarqui , el Papirri de verdad es… ¡Tienes quibo?, me preguntó en susto.

Por suerte traía unas monedas sobrevivientes.

 — No te vas a olvidar de mis entradas pero carajo,  increpó con la cicatriz de su mejilla.

Entonces surgí, hombre de barro sangrante, hacia las oficinas del coronel de la Pando. Ya era cerca del mediodía. El coronel dijo:

 — Qué pasa pues… Usted es un artista internacional, ayer nomás lo vi hablando japonés en la tele.

Le relaté la detención. Respondió inflexible:

— Ustedes se olvidaron que el ministro de Gobierno Sánchez Berzaín ha decretado estado de sitio, estaban cantando fuera del horario autorizado. A ver guardia, ¡traiga el afiche!, vociferó.

El uniformado trajo corriendo el afiche que decía “El Papirri en: Bien le cascaremos”.

— Ya ¡ firme esto… y unas entraditas para mis guaguas, gruñó. Ah ¡y vaya a bañarse que está hediendo! Se quedó carcajeando en  sus dientes de oro.

Llegué a mi casa apenitas, con una makurka de siglos, el maestro del radiotaxi se tapaba la nariz confirmando que los baldazos de la noche fueron de orín.

En la ducha me acordé que me había olvidado del Beto. Luego fui al Teatro a probar sonido y a pedir a la empresaria que haga llegar las entradas a la Pando.

Los aplausos me retornan a los poetas en Quito, el Gabriel sonríe, una señora agradece, se acaba el acto. Muy formales nos abrazamos con el poeta sucrense, le digo que me impresionaron sus textos, me cuenta que vive en Santa Cruz, que tiene tres guaguas, que trabaja para una empresa de comunicación cuya dueña llega a congratularle. Tengo ganas de decirle: ¿qué tal si vamos por una cerveza? Pero me acuerdo de la Pando y le digo: chau hermano, te llamo mañana

El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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