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Paola

Oculta su verdadero nombre y no desvela su apellido. Sin embargo, no se cubre el rostro cuando lustra botas, uno de sus oficios. Además es artesana y estudiante de cocina. Todo por sacar a sus hijos adelante. Luchadora.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 09 de marzo de 2014

Paola es menuda, y aunque sus ojos aún conservan la inocencia de una adolescencia robada, su rostro refleja la dureza de la calle. Sus 25 años de vida han sido intensos. A los 14 vendía chocolates en locales y plazas de La Paz para llevar dinero a casa. La penúltima de ocho hermanos, trabajaba y estudiaba al mismo tiempo y hacía las veces de cuidadora de sus sobrinos. En la calle conoció al que es hoy su marido y padre de sus cuatro hijos, un joven dos años mayor con un pasado crudo y que se dedicaba a lustrar botas. “Mi familia dejó de hablarme, me decían que era mala gente, pero yo no le juzgaba, conmigo era bueno, yo le amaba”, afirma con rotundidad.

Él la introdujo en el oficio. “Un día se fue por pañales y me quedé al cuidado de su cajita de lustrar, la gente me pedía y así empecé”, cuenta.  Cada noche, al final de la jornada, en el cuarto que habían alquilado para toda la familia en Pampahasi, contaban el dinero recaudado en el día. “No pasaba de 50 bolivianos”, se lamenta. “Me dije: tengo que buscar otras alternativas para sacar a mis hijos adelante”. Durante un tiempo fue cebrita de tráfico La Paz, “pero no podía llevar a mis hijos conmigo”. Siguió lustrando, y a la par empezó a elaborar artesanalmente aretes, manillas y pulseras que coloca en un pedazo de aguayo y vende a los viandantes. Cada mañana Paola alista a sus hijos mayores y los lleva a la escuela. Al menor se lo echa a la espalda y se dirige al céntrico barrio de Miraflores a trabajar. No se oculta, no usa el pasamontañas típico de los “lustra”. “Algunas de las chicas se tapan para que no las reconozca la familia de su marido”. Para ella ser lustrabotas no es símbolo de deshonra. Al hablar de su trabajo se le empañan los ojos. “Gracias a esa cajita puedo darles de comer a mi hijos y también una educación”, relata.

Paola y su marido están entre los 50 beneficiarios del nuevo proyecto de Hormigón Armado,  la asociación que lucha por sacar a niños y adultos de la calle.

Han sido dotados de una beca para estudiar hostelería. En el horizonte de su vida ya dibuja su sueño: tener un restaurante en el centro de La Paz, “ y que esté siempre lleno”. Su cara esboza una sonrisa como quien ya puede rozar el cielo con las manos. “Creo que entonces, después de mucha lucha, seremos felices”.

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