Escape

Pastillas de colores, dolores amarillos

La pregabalina, según Urrelo, produce somnolencia, un mareo ligero al caminar y euforia pasajera.

Wilmer Urrelo Zárate, 38 años, escritor y guionista, nacido en La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

Wilmer Urrelo Zárate, 38 años, escritor y guionista, nacido en La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 15 de junio de 2014

Para subir los tres niveles de escaleras que hay hasta su casa, Wilmer Urrelo, escritor, amante de la lucha libre y de los libros con olor a pergamino viejo, tiene que hacer todos los días un esfuerzo extra: extraordinario. Lo mismo para planchar una polera, prepararse una infusión o barrer el suelo. Las rutinas lo machacan, lo atraviesan como un par de agujas para coser recién afiladas: puntada tras puntada, punzada tras punzada.

“El dolor es amarillo”, anotó Urrelo en una libreta roja que guardaba en un bolsillo de su pantalón durante el rodaje de una película en la que trabajó recientemente. Poco después, lo describiría en una crónica como un río de lava que circulaba por sus piernas, como una corriente continua que lo destrozaba 24 horas al día, como un hacha cortándolo por la mitad, como un carro que lo atropellaba de repente, como una mierda.

Urrelo, autor de Fantasmas asesinos y Hablar con los perros, es víctima de una paradoja. Su organismo se confunde: se cree enfermo y lanza anticuerpos que dañan sus conexiones nerviosas como si se tratara de bombas de racimo en una guerra sin cuartel y sin reglas. “Lo que tú tienes es una desmielinización —le comentó un especialista—. La mielina es como el aislante que envuelve los cables eléctricos, ¿te das cuenta?, y cuando no existe o comienza a desaparecer, se produce un cortocircuito”. El origen de su enfermedad es incierto: posiblemente, genético. Con el tiempo, podría derivar en una esclerosis múltiple o en una pérdida de movilidad evidente. Y, por el momento, el único cuidado paliativo medianamente efectivo son sus cocteles punk-rock de medicamentos.   

Gen maquiavélico

A sus 38 años, Wilmer, cabello rapado casi al cero, lentes gruesos, casi telescópicos, con los que pareciera observar siempre de lejos, tiene un historial clínico más propio de un viejo achacoso que de un tipo que no ha abandonado aún las fachas de adolescente: en su época de universitario, bailó sobre la tumba de un militar en un cementerio y al querer bajar de allí se hizo un esguince en tercer grado que le dejó secuelas en el tobillo derecho; a finales de 2010, cuando terminó su última novela, una peritonitis aguda casi lo mata (mientras ocupaba la misma cama de hospital en la que había fallecido tres años y pico antes Víctor Hugo Viscarra, el Bukowski de las letras bolivianas); poco después, le diagnosticaron una prostatitis erróneamente y se medicó durante semanas para acabar con aquel mal inexistente; y luego llegaron las tomografías, los análisis de sangre, la electromiografía y otras pruebas que confirmaron la nueva afección que le aqueja desde hace algunos meses, según Urrelo debido a un gen maquiavélico de un antepasado suyo que prefirió “saltar” varias generaciones antes de cebarse con él y sus confiados nervios.

Hace poco más de un año, Wilmer le dijo a un periodista que soñaba con ser el Anticristo. Jamás imaginó (seguramente) que un día se sentiría como si una termita lo carcomiera por dentro, como si el Diablo bajara por su médula espinal, desde el cerebro. Jamás imaginó (seguramente) que gastaría los 8.000 euros del premio Anna Seghers (unos 10.800 dólares), que ganó por Hablar con los perros, en estudios clínicos y fármacos de colores serenos.

En su caso, una pastilla es un compuesto efímero y perenne, que desaparece para volver a aparecer de nuevo, como los conejos despistados o las palomas adiestradas durante un acto de magia. Wilmer toma una de pregabalina cada vez que el dolor se vuelve insoportable; 60 gotas diarias de tramadol, un analgésico que suelen emplear los enfermos de cáncer; y de vez en cuando, paracetamol e ibuprofeno; carbamazepina para las migrañas; gastrozac cuando una gaseosa le cae como un tiro en el estómago y se lo revuelve; y ansiolíticos para conciliar el sueño. Los barbitúricos los guarda en un envase plástico con la forma de una niña que antes escupía dulces manufacturados en China. Y el pack completo, en un tupper de cubierta verde que ha personalizado con el sticker de la célebre manzana mordida de Macintosh (y que lo invita a pecar desde que amanece).

Frida Kahlo, una de las artistas que mejor comprendió lo que es el sufrimiento, decía: “Intenté ahogar mis dolores, pero (los cabrones) aprendieron a nadar”. Wilmer los remoja en química moderna (y sigue en el proceso de aprender a convivir con ellos).

La pregabalina, dice, le causa somnolencia, mareo al caminar, euforia pasajera. “Hasta alucinaciones he sufrido, tal vez por culpa de tantas cosas que me he metido”. En una ocasión, creí ver a dos niñitos muertos saludándome desde la ventana, uno de ellos con la cabeza abierta”. Aquella escena —¿imaginaria?— la reflejó después en un texto que tituló “Niños corriendo en el piso de arriba”. “En aquel cuento, aparezco por primera vez con mi bastón”, recuerda ahora. Luego, me comenta que ya se acostumbró también a esa extremidad desplegable de aluminio que lo ayuda en los paseos. Y me vuelve a repetir, con sus palabras, lo difícil que es sentirse huésped de su propio cuerpo.

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