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Pedro Maydana Quispe, exferroviario

En 18 años, pasó de ser guardavía y peón de pulpería a auxiliar y maquinista de segunda. Como él, muchos nativos de Guaqui, una de las estaciones de paso, se subieron al tren.

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 21 de abril de 2013

Nació en Guaqui, el puerto a orillas del lago Titicaca que tuvo sus años de gloria en tiempos en que el ferrocarril recorría el altiplano paceño. Allá, a 60 km de la sede de gobierno, sus habitantes de origen aymara aprendieron, desde principios del siglo XX, el lenguaje de los trenes. Pedro Maydana Quispe se integró a ese mundo a los 17 años, en 1976. “Era parte de las cuadrillas de mantenimiento de rieles y luego cargador de la pulpería, hasta que, en 1978, la empresa (nacional de FFCC) llamó a sus trabajadores en el país a postularse para una capacitación y ascenso”.

Pedro fue uno de los seis elegidos entre 50 candidatos. Asumió como ayudante y, aunque menos de un año, le tocó viajar en las vaporinas, es decir, el tren a vapor. “Era un trabajo duro; había incluso que partir leña y, dentro del tren, vigilar el caldero; hacía un calor infernal”.

Y así comenzó una carrera —fue voceador, auxiliar, mayordomo—  que le llevó a asumir como maquinista de segunda, ya en las locomotoras a diésel/eléctricas, al frente de las cuales viajó el guaqueño llevando pasajeros y carga. 

“Si no se hubiese regalado el ferrocaril” —dice, refiriéndose a la capitalización que dispuso el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, en 1996—, quizás Pedro hubiese llegado a ser maquinista de primera e inspector.

“Relocalizado” (despedido), Pedro es parte de un grupo que sigue reuniéndose y esperando el pago de algunos beneficios (primas y bonos), toda vez que el ferrocarril en Bolivia dejó de existir como medio de transporte de pasajeros.

Vagones o bodegas, andén, estación, durmientes, rieles, maquinista, guardavías, locomotora, entrevía, convoy, maestranza, airista... el vocabulario del ferroviario va perdiendo sentido para los oídos de hoy. Pedro agradece haber sido parte de ese tiempo y de haber atestiguado cómo se transmitía, en casos de urgencia, mensajes en código Morse  y, ¡gran adelanto!, por teléfonos cuyo cable había que desplegar largos metros desde el tren hasta encontrar un punto —la línea tendida entre postes— del que colgarse.

“Hice de todo en el tren, menos como breguero, que sí fue mi padre; él  caminaba sobre las bodegas del vehículo en movimiento para asegurarse de que no se desconecten”. Que esos tiempos le parecen mejores, Pedro lo simboliza en la calidad del uniforme azul que usó largos años: “el overol, como el de los músicos de Los Olvidados, y la gorra que nos entregaban y que traía la Casa Fernández, están en perfectas condiciones”.

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