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Plagio, trajes y redención en Harlem

Dapper Dan se apropió en los 80 de los logos de firmas de lujo para retratar la aristocracia del hip hop. Gucci ahora se alía con este sastre.

La Razón (Edición Impresa) / Rafa Rodríguez, El País

00:02 / 28 de junio de 2018

En la esquina este del cruce entre la 125 y Lenox, allí donde el poeta de las calles Gil Scott-Heron advirtiera de que la revolución no iba a ser televisada, una gigantesca valla proclama el regreso del héroe a casa. “Dapper Dan. Made in Harlem”, anuncia. Y es un clamor. “Nada va a generar más interés que ese cartel, ahí donde está. Es algo que nadie nos podrá arrebatar jamás”, dice el interesado, un sastre que se hizo famoso a principios de los años 80 por apropiarse de los logos más prestigiosos de la industria del lujo y vestir con ellos a la emergente aristocracia del hip-hop, además de algún gánster. Un corsario que en 1992 se vio obligado a cerrar su mítica tienda en la calle 125 acosado por las demandas de plagio, y que, 25 años después, vuelve redimido al mostrador y la aguja gracias a una de las insignias entonces agraviadas, Gucci. De la mano de su director creativo, Alessandro Michele, lanza una colección cápsula que se pondrá a la venta en julio y estrena atelier a unos metros de la anterior, en el proverbial gueto de los oprimidos, justo al final del camino de baldosas amarillas que desciende por Manhattan, donde el mensaje suena más alto y claro que nunca: la moda os hará libres e iguales. Por un precio, faltaría más.

Mucho ha llovido sobre Harlem desde que Dapper Dan desapareciera de su paisaje, silenciado por las mismas fuerzas económicas que hoy lo devuelven con honores al barrio, reformulado en los últimos tiempos como paraíso negro para jóvenes blancos ansiosos de una inmersión cultural afroamericana políticamente correcta. Datos del censo neoyorquino de 2015 revelan que la población caucásica ha aumentado un 10% en Central Harlem, mientras que la afrodescendiente cayó hasta mínimos de los que no había noticia en casi un siglo. Entre eso y que el índice de criminalidad se ha desplomado un 80% desde mediados de los 90, el área no ha podido evitar ser pasto de la especulación inmobiliaria, tanto que hay quien pretende rebautizarla como SoHa, evocación de la apisonadora de exclusividad del bajo Manhattan. ¿Es posible seguir definiendo entonces Harlem como “una actitud, una personalidad, un legado”, como hace Adriano Espaillat, representante demócrata del distrito? ¿O es el fin del histórico Harlem negro?

“Los afrodescendientes, la gente de color, aquí, en EEUU, somos libres desde hace solo ciento y pico años. Nuestra cultura está en constante construcción, por eso todo nos parece una amenaza. Tenemos ese sentimiento de protección. Es algo que tiene mucho que ver con nuestra historia como esclavos”, arguye el sastre pirata y septuagenario de la calle 125. “Pero hay un nuevo orden mundial. Y lo que cambia ese orden en una sociedad es la percepción que tenemos los unos de los otros. Por supuesto, siempre habrá quien desee mantener el antiguo estatus, pero son muy pocos”. Recolocado a todo trapo en la avenida Lenox, a escasos metros de la seminal Dapper Dan’s Boutique, el neoyorquino predica con el ejemplo.

Hay mucho de justicia poética en el segundo advenimiento de Dapper Dan, nombre de guerra de Daniel Day, que es como se conocía al sastre antes de que un antiguo rey de las apuestas le regalara su alias siendo todavía un joven buscavidas.

En el sótano de su tienda, abierta en 1982 para vender cazadoras de cuero de marcas ajenas, comenzó un día a imprimir los logotipos de los grandes del lujo en tejidos con los que confeccionaba prendas, accesorios y hasta tapicerías de coche. La idea era tan simple como genial. Y reveladora: en el gueto, la marca, el logo, lo supone todo. Un símbolo de la supremacía blanca como herramienta de liberación de una minoría oprimida. “Para mí representa más la aristocracia blanca, algo aspiracional. Pero en este contexto social, el uso de esas imágenes se convierte en símbolo de aristocracia negra para mi comunidad”, rebate. “Decir supremacía blanca me resulta un poco fuerte, pero es otra forma interesante de verlo, como ‘voy a meterme de lleno en la moda para acabar con la supremacía blanca’. Me parece bien”.

Así fue como se hizo con una clientela fiel plagada de estrellas del hip-hop y deportistas, pero también gánsteres y pandilleros, detalle que el creador nunca ha escondido. “No sé si el negocio actual está preparado para oír eso, pero yo ya he avisado”, dice. Y entonces, descarga: “Pero ¿sabe qué es lo mejor de todo? Usted sentado en esa silla. Por eso adoro estar aquí. Eso quiere decir que tengo voz. Que se me oye cuando hablo de moda, de injusticia social o señalo el origen de los problemas. Nosotros fuimos la causa de que la moda se nos escapara, fue culpa nuestra (en referencia a la mala fama del barrio y cómo las principales firmas no se atrevían a establecerse en él). Entonces yo no podía hacer nada. Lo intenté, pero mi voz no sonaba lo suficientemente alta. Cuando empecé, la moda no encajaba aquí, pero en lugar de irme me quedé para trabajar con mi comunidad y construir algo para ella. No, no soy ese negro que se va a quejar: ‘Oh, los blancos europeos hicieron esto o aquello’. Yo quiero cambiar las cosas, aunque para eso necesito señalar lo que las ha causado. Así que nos estamos cambiando a nosotros mismos. Esa es mi voz, ese es mi mensaje”.

La percepción que la no tan inex­pugnable industria del lujo tenía del que un día fue su némesis cambió hace justo un año, durante la presentación de la colección Crucero 2018 de Gucci que el avispado Alessandro Michele tramó en el palacio Pitti florentino. En aquellas galerías renacentistas, el director creativo de la firma italiana le guiñaba el ojo a Dap­per, el héroe que había entregado el fuego del estatus a los desheredados de la moda. Michele fue en esta ocasión el que replicó una chaqueta de visón con abultadas mangas de cuero que el sastre de Harlem había creado para la atleta olímpica estadounidense Diane Dixon en 1989. Una reivindicación en toda regla, no exenta de polémica viral al principio. “Fue como si se abriera el cielo y sonara una trompeta. Al fin, un diseñador se aproximaba a mí con buenas intenciones. Es como cuando uno de esos predicadores de Harlem da un sermón: no importa cuál sea su intención, lo importante es el efecto que causa en la gente y la convierte”.

El enamoramiento entre Michele y Dan no terminó ahí. En uno de los edificios de estilo neoclásico que dominan el vecindario, rehabilitado para la ocasión por Gucci, se encuentra el flamante estudio de Dapper Dan, más de 400 m2 repartidos en dos pisos: el taller, en el bajo, y los elegantes salones de pruebas, en el superior. Todo terciopelos, madera color cereza y mobiliario de época. Por fin al amparo de la legalidad, confecciona y crea piezas personalizadas, solo por encargo y con el sello de la firma de origen florentino —que para eso lo aprovisiona de tejidos, estampados y bordados—, para una clientela que, de nuevo, remite a sus controvertidos días de gloria (cambien LL Cool J por DJ Khaled, Floyd Mayweather por Salma Hayek o Jay-Z por Beyoncé), antes de que una orden judicial cerrara su negocio original en 1992, acosado por las constantes demandas de plagio de etiquetas como la que lo apoya y financia actualmente. Desde el cierre hasta su redención, Dan desapareció del mapa de la moda.

“Estoy seguro de que estoy mucho más preparado que nunca, porque ahora se me han abierto muchas más posibilidades que cuando era, digamos, underground. Antes no tenía acceso a ciertos mercados, pero, gracias a Gucci, mi paleta creativa se ha extendido”, expone el creador. La colección cápsula que también ha diseñado para las tiendas de la enseña comenzará a despacharse a principios de julio: “Es mi manera de llegar a todo el mundo, y de que todo el mundo pueda llegar a mí”.

Dice Dapper Dan que si la moda está enferma, Alessandro Michele es el doctor que ha llegado para curarla. Con él, desde luego, ha obrado un auténtico milagro: el de la resurrección. La pregunta concluyente solo puede ser una: ¿a qué precio? La sombra del agente gentrificador se siente alargada. “Gucci no está aquí por la geografía, sino por la cultura”, sentencia. “Que haya venido aquí significa que Harlem merece la pena. Ha abrazado nuestra cultura y la ha fundido con su estilo. Eso es lo que el mundo necesita. Unos y otros necesitamos abrazarnos”.

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