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Porfirio Tomás

'Aunque vivo en Alcaya sólo dos años, soy el que mejor conoce las historias porque las aprendí de pequeño escuchando a mineros de aquí que estaban en Cochabamba. A los turistas les gusta que les cuente alrededor de la hoguera’

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 26 de febrero de 2012

Es de Cochabamba, pero vive en la zona intersalar, en Oruro y cerca de Potosí. Fue minero, chofer y hoy se dedica a las llamas y al turismo. Embelesa a los visitantes con historias de Alcaya y cuentos bolivianos. Pastor y guía

Porfirio se levanta casi todos los días a las 3 de la mañana para cuidar el ganado y, más tarde, hacer de guía para los turistas que, de vez en cuando, visitan Alcaya, una pequeña comunidad incrustada entre los salares de Uyuni y de Coipasa, en lo más recóndito del departamento de Oruro, en la provincia Ladislao Cabrera. Está casi en Potosí y muy cerca de Chile. Para colmo, él es cochabambino, pero vive en este lugar desde hace dos años.

Actualmente combina dos trabajos: el de guía de turismo comunitario y el de pastor de llamas, ocupación que realiza junto a su esposa. A la par, ambos tienen que resguardar el albergue turístico, una labor rotativa. Viven justo al frente, en una casita de adobes y calaminas. “Desde pequeño me gusta escuchar a los mayores”, dice Porfirio Tomás con un brillo en sus ojos acuosos, de un matiz peculiar: son café rodeados por una aureola color cielo.

Aunque es de fuera, conoce mejor que nadie las leyendas y la historia de Alcaya. O, al menos, eso arguye. Por eso trabaja como guía con los viajeros, a los que lleva hasta las ruinas de una ciudadela en el cerro,  el “pueblo grande” de los antepasados. A ellos les enseña desde el nombre de las plantas medicinales de la zona y sus utilidades, hasta cuentos de toda Bolivia, como el del zorro y el cóndor o el de la hija del leñador. Estas fábulas las escuchó en las minas en las que trabajaba su padre, donde él laburó durante 15 años y llegó a ser dirigente sindical.

Siempre le ha gustado conocer gente de todo lado, algo que disfrutó durante su etapa como chofer internacional. Su destino habitual era Chile. Ahora, lejos de su cálida tierra cochala, lleva los pies descubiertos, calzando sólo unas sandalias. Dice que ya se ha acostumbrado al frío.

Eso sí, cuando habla del pasado de Alcaya lo toma como propio: “Estos árboles los plantaron nuestros abuelos” o “aquí hacemos ofrendas a nuestros antepasados”, explica. Sube y baja por las colinas como si hubiera crecido en ellas, fumando y con su eterno sombrero marrón sobre la cabeza. “Yo era autoridad y me botaron, por ser de fuera”, se lamenta. Está convencido de que puede hacer mucho por su aldea pero, asegura, no le dejan. Por el momento, atiende a los visitantes y, en la noche, los embelesa con sus historias alrededor de la fogata del albergue.

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