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Posnansky: Tiwanaku en el alma

El científico austríaco dedicó su vida y obra a demostrar que esa cultura prehispánica era la cuna de la civilización humana.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 09 de marzo de 2014

El error más grande que cometió fue tratar de abarcar demasiado. No le alcanzó la vida para terminar su propia obra”, sentencia Juan Carlos Álvarez, restaurador del Ministerio de Culturas y posnanskista reconocido. Arthur Posnansky tuvo 17 profesiones, aprendió siete idiomas, cinco dialectos, escribió 300 libros, filmó una película, intentó construir una ciudadela tiwanakota en La Paz y se coronó como científico con su obra: Tihuanaku: cuna del hombre americano. Definitivamente, la vida no da más de sí.

A principios del siglo XX, todo el mundo en La Paz le conocía. Don Arturo, austríaco de nacimiento y boliviano de corazón. El dandy que derrochaba elegancia. El hombre que trajo el primer automóvil a Bolivia. El “Indiana Jones” que llegó para combatir en la Guerra del Acre y por cuya estrategia bélica fue declarado héroe nacional. Pero por encima de todo, el hombre que vivió hasta sus últimos días obsesionado por una de las culturas ancestrales más importantes de Sudamérica. Tiwanaku fue su religión, él dio la vida por ella y se dejó la piel en convencer al mundo entero de que era la cuna de la civilización humana. A través de estudios que conjugaban la astronomía y la arqueología, concluyó que la cultura tiwanakota estuvo asentada en Bolivia en el norte de La Paz desde el año 13.000 a. C.; que tuvo un desarrollo extraordinario y una perfección técnica en el manejo de la alfarería y los tejidos no comparable con nada hasta la fecha. Una sociedad tremendamente jerarquizada, cuya proyección llegó desde el norte paceño hasta Argentina, Chile y Perú. Sus detractores, científicos academicistas, le reprochaban que sus estudios basados en la alineación de los templos eran poco aproximados y la hipótesis de que Tiwanaku fue la cuna de la humanidad sigue siendo todavía hoy muy cuestionada en los círculos académicos.

Pero donde Arturo se ganó más detractores fue en el lugar que más amaba y luchaba por preservar. “Dice la leyenda que nuestro bisabuelo despertó a los dioses de Tiwanaku y que a modo de venganza (por el saqueo al que había sido sometido) éstos lanzaron una maldición sobre nuestra familia”, relata su bisnieta, Vanesa J. Posnansky.

Charlamos en la sala principal de la que fue su tercera vivienda en La Paz y donde hoy residen su nieta, bisnietas y tataranietos. Frente a la plaza del estadio que Arturo proyectó como un museo al aire libre se erige una casa de ladrillo de tres pisos. El portal ya deja entrever la fascinación tiwanakota de su dueño. La iconografía en pan de oro está presente en portal, escaleras y paredes. El candado rechina cuando Jessy J. Posnansky abre la habitación a la que solo entran en ocasiones especiales.  Una gran chimenea ornamental acapara la atención de cualquiera y varios sillones antiguos de gran calidad custodian el espacio en el que las únicas sucesoras que quedan en Bolivia guardan los libros que escribió su bisabuelo, además de mapas, dibujos, reconocimientos y hasta dos piezas auténticas que rescató de Tiwanaku para estudiarlas.

Posnansky tuvo tres hijos varones. Manuel, Raúl y Carlos. El menor, Carlos, murió ahogado a los tres años en la fuente del Palacio Tihuanaku, el actual Museo Nacional de Arqueología, cuando la familia Posnansky aún vivía allí antes de venderlo al Estado en 1920 por una suma millonaria.

Años más tarde, Raúl Posnansky, el segundo hijo de Arturo, avivó la tragedia. Su cuerpo apareció sepultado tras una avalancha en Chacaltaya, la pista de sky más alta del mundo que habría descubierto años antes junto a su hermano Manuel. “Eso marcó mucho a la familia. A nosotras nunca nos dejaron ir a Chacaltaya”, relata Vanesa. “Fuimos hace cinco años por primera vez”, añade Jessy.

Quizá por respeto o superstición, Manuel, el único hijo que sobrevivió a la supuesta maldición, nunca quiso remover el pasado. “Cuando éramos pequeñas y empezamos a interesarnos por nuestro bisabuelo, le preguntábamos, pero él no quería decirnos nada”, comenta Jessy. Lo cierto es que meses antes de morir, Manuel Posnansky tuvo la necesidad de abrir la caja de pandora y contarles a sus nietas retazos de la historia de su bisabuelo.   “Siempre se quejaba, decía: con todo lo que mi padre hizo por este país, ¿y qué nos ha quedado? Nada”, cuenta Vanesa, mientras rescata algunos mapas de la maleta que acompañaba a Posnansky en todos sus viajes, y que hoy luce ajada en un rincón del salón.

Su familia indica que Posnansky era extremadamente generoso. A pesar de que venía de una familia muy rica todo lo invirtió en su pasión tiwanakota. La edición y publicación de sus libros, la construcción de sus casas o la proyección de la plaza del estadio. Todo lo hizo con sus medios. “Mi bisabuelo murió enfermo y arruinado. Aunque yo pienso que nos dejó mucho. Toda la cultura patrimonial y arqueológica, además de esta casa”, matiza Jessy. Posnansky había comprado todo lo que hoy constituye el barrio de Miraflores en La Paz, desde el parque Urbano Central hasta el mirador Killi Killi. Su intención era construir una especie de ciudad tiwanakota en esa zona, con la plaza del Hombre Americano como foro principal.  

“Su primera casa-palacio, construida en 1914 en el lugar donde ahora se instala la Alasita se derrumbó tras un movimiento sísmico que sacudió la zona”,  cuenta el arquitecto Juan Carlos Álvarez . De nuevo los dioses lanzaron la maldición sobre él.

Juan Carlos pertenece al grupo de los que se consideran posnanskistas. Pero su conexión con Arthur va más allá de una simple atracción académica. “Yo nací el 13 de abril, el mismo día que Arturo y creo que por eso la vida me jala a él todo el tiempo, es como si me buscara”.  Sus intentos por desvincularse de él han sido en vano. El destino y la maldición también le han perseguido. “Nosotras quisimos hacer junto con Juan Carlos una fundación Posnansky para recuperar el trabajo que hizo nuestro bisabuelo y mostrarlo a la gente, pero todo han sido impedimentos”, menciona  Jessy mientras nos invita a visitar el resto de la casa. La madera de las escaleras chirría cuando descendemos. “Impresiona el crujido”, les comento. “Sobrecoge todavía más cuando lo escuchas y no hay nadie caminando”, añade Vanesa entre risas.

La idea de Arthur era hacer un centro de estudios en esta casa, “pero nunca pudo lograr su sueño”, explica Vanesa. “Nosotras ahora queremos regalarle eso”. A pesar de que las dos bisnietas han obviado la superstición que rodea todo lo Posnansky, “hay días que nos planteamos que es cierto”, apunta Vanesa. “Nadie nos ha dado facilidades, ni para crear la fundación, ni para montar aquí el centro de estudios. Tampoco nos invitaron a la presentación de la reedición de la obra de nuestro bisabuelo”, comenta indignada.

Posnansky vivió en esta casa desde 1920 hasta que falleció en 1946. Entre sus paredes diseñadas con orientación astronómica se inspiró para escribir Tihuanaku: cuna del hombre americano. Vanesa y Jessy pasean por el patio mientras explican el objetivo de su construcción. “La forma triangular y el doble arco tiene una función astronómica muy interesante —señala Jessy—. En el solsticio de invierno, el sol entra directamente por el segundo arco y la luna se proyecta en el agua de la fuente a través del primero”. El centro del patio lo preside un Plinio, según cuentan, el único árbol de esta especie que hay en Bolivia. Posnansky lo trajo de Alemania para atraer con él la suerte que los dioses de Tiwanaku parecían haberle arrebatado. “Lo curioso del árbol —comenta Jessy— es que tenía dos ramas enormes que impactaban en cada pared del patio. Desde que la mitad de la casa cambió de dueño, la rama de aquel lado murió y el árbol se ha ido inclinando hacia el nuestro”.

Para muchos fue un genio, generoso, apasionado, amable y correcto; para otros, un hombre de carácter tosco y estirado, cuyas investigaciones eran más fruto de opiniones que de hechos verificables y que derivaron en que ciertos sectores que le rechazaban le apodaran “el arqueólogo nazi”. “Solamente este tipo de personalidades controversiales llegan a consolidarse”, apunta Pedro Susz desde su despacho de la Alcaldía de La Paz, la encargada junto con la editorial CIMA de la reedición casi medio siglo después de su obra Tihuanaku, cuna del hombre americano. Posnansky nunca alcanzó a ver editados los tomos tres y cuatro. Un derrame cerebral se lo llevó en julio de 1946. Sus restos yacen en el Mausoleo de los Héroes del Acre en el Cementerio General de La Paz. Su alma con seguridad se quedó en Tiwanaku.

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