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Los lecos en tiempos del cambio climático

Este pueblo muestra que con la apicultura, el café y huertos mejorarán sus condiciones de vida.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos / La Paz

00:01 / 24 de octubre de 2018

Hasta hace un tiempo los lecos no sentíamos el cambio climático, pero ahora todo es diferente”, dice Valeriano Ara, uno de los 3.200 lecos que viven en Apolo —municipio del norte paceño— y que desde hace un tiempo han sido perjudicados en la producción agropecuaria por adelantos o tardanzas en la llegada de la lluvia y de la época seca. No obstante, a pesar de que están pasando por estos problemas y por una lucha permanente para ser reconocidos, esta población se está acomodando a las nuevas circunstancias y trabaja para mejorar sus condiciones de vida.

En agosto no solía llover en la región, pero este fue un invierno húmedo cuenta Valeriano. “De repente nos llegó el tiempo seco en enero y febrero, lo que afectó nuestras cosechas”. El excacique de Chiramayu —una de las 17 comunidades del pueblo leco que residen en Apolo— cuenta todo ello mientras camina por una pradera que antaño resguardaba un bosque y que ahora acoge a familias que tienen muchas necesidades.

“Al hacer un análisis sobre las regiones con más diversidad biológica y grupos indígenas descubrimos que son los que más pobreza sufren en el país”, afirma Roberto Daza, responsable de Biocultura y Cambio Climático, un proyecto que fue creado en 2009 por el Ministerio de Medio Ambiente y Agua y la Cooperación Suiza en Bolivia, para mostrar, de manera fáctica, el concepto de Vivir Bien que manda la Constitución Política del Estado. “No había ningún ejemplo de ello ni de lo que significaba, así es que se desarrolló un modelo de intervención integral en varios municipios”, explica Daza.

Biocultura y Cambio Climático llegó a 27 municipios del país para ayudar a que los habitantes asimilen, resistan y se recuperen de los efectos de las condiciones meteorológicas inestables. Entre las regiones paceñas beneficiadas con este plan se encuentra Apolo, capital de la provincia Franz Tamayo.

“Estamos en el territorio leco”, sostiene Dionicio Gutiérrez, el dirigente que más sabe sobre los orígenes de este pueblo. Según su relato, los lecos habitaron estas tierras mucho antes de la Colonia, desde los tiempos en que los incas pretendían ampliar su imperio a esta zona. De hecho, de esos intentos de invasión surge el nombre de Apolo. De acuerdo con la tradición oral, en una de aquellas batallas fue muerto el líder inca Apu Mayta, por lo que los derrotados retornaron con refuerzos y vengaron ese deceso con el asesinato de Polo, caudillo de los lecos. Cuando ambos bandos se pacificaron, como recuerdo decidieron fundar un pueblo que llamaron Apu Polo Polo Wara, es decir la “tierra de Apu y Polo”.

Con el nacimiento de Bolivia, los lecos continuaron su lucha, esta vez por ser reconocidos como un pueblo con su propia cultura, luego de que otros grupos étnicos intentaron subsumirlos en cuanto a idioma y costumbres.

La Marcha por el Territorio y la Dignidad —de reivindicación de los pueblos de tierras bajas— fue determinante para que los lecos empezaran a reconocerse y profundicen en sus saberes. El proceso fue complicado y doloroso, hasta que consiguieron su independencia de organizaciones aymaras y quechuas, y se agruparon en la Central Indígena del Pueblo Leco de Apolo (CIPLA).

A pesar de estar asentados en un área fértil, viven en condiciones paupérrimas debido a la lejanía de sus poblaciones y la mala comunicación vial, lo que empeoró con la irregularidad en las estaciones, por lo que el proyecto —a través de la ONG Asociación Boliviana para el Desarrollo Rural (Pro-Rural), que trabaja con CIPLA y Wildlife Conservation Society (WCS)— llegó a Apolo para enfocarse en la revalorización de granjas familiares, desarrollo de cafetales que se adapten al tiempo cambiante y a la apicultura.

En la comunidad Chirimayu —distante a unos 30 minutos de Apolo—, los pobladores recibieron asistencia técnica y semillas para que construyan sus huertos. Uno de ellos es Freddy Quispe, quien muestra orgulloso lo que produjo para el consumo familiar en el patio de su casa, aunque es su esposa Emina Mejía quien se ha empoderado —como las demás mujeres— con esta actividad. “Antes solo conocíamos cebolla verde, pero ahora tenemos acelga, lechuga y tomate”, comenta ella antes de mostrar las plantas que crecen debajo de una carpa de redes negras. Lo mismo ocurre en Santo Domingo —comunidad a la que se llega después de recorrer un camino de tierra casi inaccesible—, donde varias huertas aparecen alrededor de la plaza principal.

Hasta el momento, el proyecto ha beneficiado a 250 familias, que gracias a este emprendimiento incluso recuperaron algunos alimentos nativos como las variedades de tubérculo walusa, choqueoca y jamachipeke. “Con esto queremos que haya diversificación de productos, se recuperen los conocimientos y se garantice la seguridad alimentaria de la familia”, comenta Óscar Loayza, subdirector del Programa de Conservación del Madidi de la WCS, quien participó en la implementación del plan.

En Chirimayu, Elizardo Vargas ha dedicado su vida a la producción tradicional de café, aunque la humedad excesiva ha puesto en riesgo su único sustento. Por ello, con la ayuda de especialistas, aprendió a preparar el terreno, medir los espacios para cada planta y a emplear una variedad de grano que es resistente a los cambios. Por eso, entre platanales que protegen su cosecha de vientos fuertes, Elizardo muestra ahora su cafetal de colores vivos, que producirá café para ser comercializado en Apolo o La Paz.

¿Cómo se puede generar dinero sin talar ni quemar ni hacer daño al medio ambiente? “La respuesta está en los insectos, que proveen de miel a familias de Chirimayu, Tupili, Atén y Muiri”, contesta Marco Camacho, responsable técnico del proyecto apícola, que favorece a 40 familias y protege a miles de abejas europeas (Apis mellifera) y abejas señorita (Tetragosnica angustula). Estas últimas, típicas de América Latina, se caracterizan porque miden cinco milímetros y no tienen aguijón ni pican, pero generan un líquido con mejores bondades medicinales y nutricionales. Por ello, la casa de Freddy Quispe, además de tener un huerto amplio, cuenta con siete colmenas que cuelgan en las esquinas de su casa. “Nuestros abuelos nos enseñaron que la miel señorita es mucho más saludable”. Los lecos han tomado conciencia de la importancia de las abejas en la naturaleza, por lo que las rescatan cuando ocurren incendios y las crían en colmenas, para demostrar que son capaces de vivir bien en el pueblo que defendieron toda su vida.

  1. Crianza. Ganado vacuno pastea en los campos de la comunidad Chirimayu.
  2. Producto. Mujeres posan detrás de vegetales que crecen en sus huertos.
  3. Vida. Terneros cruzan un riachuelo en una comunidad del municipio de Apolo.
  4. Feria. Los lecos mostraron su producción en una feria en la plaza apoleña.
  5. Ejemplo. Menores del colegio de Santo Domingo cuidan su propio huerto.
  6. Tallado. Efigie de un leco en la plaza de la capital de la provincia Franz Tamayo.

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