Escape

Pueblos en venta: Abandonadas, varias aldeas españolas son ofrecidas por herederos pobres

Los reportajes emitidos en las televisiones de toda Europa, del mundo árabe y hasta de Australia sobre los pueblos fantasmas españoles han causado una avalancha de potenciales compradores. Las noticias de que por la mitad del precio de una plaza de garaje en Londres —titular del Daily Mail de mayo— es posible comprarse un pueblo en España han permitido soñar a un ejército de urbanitas desencantados e inversores a la caza del chollo.

La Razón (Edición Impresa) / Ana Carbajosa, El País.

00:00 / 28 de septiembre de 2014

Pavel clava el trípode de su cámara entre los matorrales y ruinas que un día fueron Esblada, un pueblo de la provincia de Tarragona en el que hoy cuelga el cartel de “Se vende”. Pavel y un reportero de la televisión rusa han ido allí a documentar un fenómeno que causa fascinación más allá de las fronteras españolas: la venta de pueblos abandonados a precio de saldo en un país en crisis y con un campo crecientemente despoblado. Fuera, en la mayoría de los países, las localidades no se abandonan. Por eso, las cerca de 3.000 que hay en España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE) representan para algunos extranjeros una oportunidad de inversión única y, para otros, una exótica pieza de museo al alcance de sus bolsillos, casi un sueño.

Los reportajes emitidos en las televisiones de toda Europa, del mundo árabe y hasta de Australia sobre los pueblos fantasmas españoles han causado una avalancha de potenciales compradores. Las noticias de que por la mitad del precio de una plaza de garaje en Londres —titular del Daily Mail de mayo— es posible comprarse un pueblo en España han permitido soñar a un ejército de urbanitas desencantados e inversores a la caza del chollo.

Por el camino, han descubierto la España interior, en la que no se bebe sangría ni hay 365 días de sol; en la que se respiran siglos de historia y una belleza que cautiva. El ruidazo mediático ha reportado, sin embargo, escasas nueces por el momento, y cuesta creer que vaya a contribuir a resolver el problema de la despoblación rural. Mientras el campo español y los herederos empobrecidos esperan con los brazos abiertos, el maná de los Mr. Marshall de este mundo no acaba de llegar. Excesiva burocracia, rehabilitaciones muy costosas y trabas para acceder al crédito son parte de la tozuda realidad con la que se topan.

“Recibimos una media de 150 correos electrónicos al día; a muchos les interesan los pueblos”, informa Elvira Fafián, gerente de aldeasbandonadas.com, el portal que casi monopoliza este mercado. En torno al 70% de las consultas procede de extranjeros. “En 2014 hemos notado una demanda muy fuerte”, señala. “No damos abasto. Esto ha sido un boom”. Los interesados son suizos, alemanes, mexicanos, rusos, chinos y estadounidenses. Dice Fafián que sienten que la crisis ha desplomado los precios y que, si compran ahora, poco menos que serán millonarios dentro de diez años.

El cerca de un centenar de pueblos que se anuncian en el portal de Fafián oscilan entre los 60.000 euros y los dos millones (77.000 a 2,6 millones de dólares). Las 14 casas de Esblada, el pueblo donde graba Pavel, se venden por 280.000 euros (unos 360.000 dólares). En su día debió de ser una preciosa aldea agrícola incrustada en la sierra de Ancosa, pero hoy es un conjunto de restos de muros de piedra recubiertos de jaras entre los que apenas se adivinan los senderos que fueron calles. Esblada lleva medio siglo deshabitada, desde que cerró la fábrica de insecticidas y el carbón vegetal se industrializó.

Esblada ilustra bien una de las grandes dificultades para vender estos lugares. Puede que tengan precios de risa, pero el coste de las reconstrucciones es varias veces superior al de la venta. Cuando los extranjeros que aterrizan en España cargados de ilusión sacan la calculadora, el pragmatismo acaba por imponerse. El desfile de potenciales compradores resulta continuo, certifica Ramón Martín, un vinatero afincado al otro lado de la carretera, junto a la iglesia. El vendedor es un banco que se lo embargó al anterior propietario, quien quiso montar un negocio rural.

Hay pocas cifras disponibles en un mercado en el que reina la opacidad, pero parece claro que, mientras la compraventa de todo tipo de viviendas por extranjeros ha marcado un máximo histórico este año, según los datos del Colegio de Registradores, en el caso de las pequeñas localidades la fiebre inversora no acaba de prender. En aldeasabandonadas.com cifran en “uno o dos pueblos” las ventas anuales, pero se niegan a ofrecer más detalles.

Para Mark Adkinson, que tiene cinco aldeas a la venta, el principal obstáculo es la falta de acceso al crédito para este tipo de propiedades. Cuenta que varias veces cerró tratos que al final se quedaron en papel mojado porque los bancos solo dan créditos si hay escrituras y muchos de estos pueblos no las tienen en regla. Confirma el creciente interés, pero también que, de momento, no ha vendido ni un solo pueblo. Aún así, Adkinson es de los que tiene la sensación de estar sentado encima de una mina de oro. Piensa que el futuro de este mercado es muy prometedor y que “esto solo puede ir a más. Hay mucha gente con dinero en el mundo. Cuando se les pase el miedo de la crisis, vendrán. La gente está harta de las ciudades y quiere elegir a sus vecinos. En España es posible”.

Javier Vázquez Renedo, un joven arquitecto, lleva meses rastreando con la idea de poner en pie una aldea geriátrica para jubilados extranjeros. “Esto es solo el inicio. Ahora es cuando el mercado empieza a moverse. Han bajado los precios y la gente vende más ahora porque necesita el dinero”. Se muestra convencido de que hay infinidad de lugares abandonados que aún no han aflorado. Esos pueblos por descubrir son los que Vázquez, Adkinson y el resto buscan por toda España.

A unos 1.000 kilómetros al oeste de Esblada, en la Ribeira Sacra gallega, José Ramón Castro, de 62 años, y su madre, Alicia López, de 88, no comparten el optimismo de los vendedores. Son los únicos pobladores de una preciosa aldea de Lugo que lleva años deshabitada y que ahora los herederos del resto de las casas han decidido juntarse para vender. La vida es tan dura en este monte que uno de los vecinos vendió su vivienda a cambio de un traje y se fue a Cuba. Madre e hijo resisten a duras penas y a la fuerza. “No hemos tenido suerte en la vida, por eso estamos aquí”, dice la octogenaria. Viven de lo que da la huerta, de los frutales y de la pensión. Y se han resignado a que no haya vecinos que les ayuden a matar un cerdo y luego celebrarlo, o con quien reducir al jabalí que se hizo fuerte en el pueblo durante un mes sin que nadie les socorriera.

“Hace años, a este pueblo daba gusto verlo”, recuerda Castro, con un jersey roído, barba crecida y unos pantalones empercudidos que se le caen. “Si viera lo felices que fuimos aquí de niños... Ahora esto es una selva. Como no lo compren, se viene abajo”. La pareja trata de no entusiasmarse cada vez que un extranjero se deja caer por la escondida aldea en la que viven solo ellos desde hace años. Muchos son lo que han pasado por aquí y han quedado obnubilados ante la belleza de este paraíso frondoso, cuajado de melocotones, de castañas y de cerezas. Les enamora, pero al final, no pican. Los forasteros se van para no volver.

Un cementerio cercado

Faustino Calderón dedica buena parte de su vida a patearse pueblos abandonados y a intentar averiguar por qué se extinguió la actividad en cada uno de ellos. Plasma sus andanzas en su blog “Pueblos deshabitados”, que recibe cientos de miles de visitantes y se ha convertido en una valiosa guía del medio rural español. Calderón desconfía del supuesto boom de la venta de pueblos y no la considera una solución deseable para mitigar la despoblación del campo español. “Se rompe la memoria, se pierde la identidad de los pueblos”.

A este nostálgico declarado le preocupa además que las localidades acaben en manos de una sola persona. Habla de lugares que hace años se vendieron y ahora son recintos vallados a los que no se puede acceder. Un caso notorio es el de Villaescusa de Palositos, en la Alcarria, donde los vecinos pelean desde hace años para acceder al cementerio el día de Todos los Santos.

Sí le despierta, sin embargo, cierto optimismo el creciente fenómeno de los llamados “pueblos de verano”, esos en los que en invierno hay cuatro personas y en verano pandillas de niños gritones llenan las calles. Son lugares en los que los hijos han ido acondicionando las casas que heredaron de sus padres y pasan allí los veranos o los fines de semana. “Es una manera de revitalizarlos, de frenar la despoblación, aunque la gente no viva allí de forma permanente”.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia