Escape

Las Puma Warmis

Mercedes Quispe y Valentina Dávila son las únicas mujeres entre 133 choferes que conforman el servicio de transporte municipal de La Paz.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 23 de febrero de 2014

Mercedes Quispe, Meche como la llaman con cariño sus compañeros de trabajo, forma junto a Valentina Dávila el dúo femenino al volante del novedoso PumaKatari, el buque insignia de la Alcaldía de La Paz este año. Son las dos únicas mujeres de un total de 133 choferes que manejan el bus público. Una profesión todavía reservada a una mayoría masculina y donde los comentarios misóginos están a la orden del día. Nada de eso achata a dos mujeres preparadas y con años de experiencia en sus espaldas.

Tras llegar hasta el parqueo donde descansan los pumas, frente al parque Laikakota, en la Avenida del Ejército de La Paz, el guardia nos indica que podemos pasar al fondo donde nos esperan quienes serán entrevistadas. Desde lejos es fácil reconocer a Mercedes. Ataviada con una pollera naranja y bombín marrón, sus largas trenzas negras lucen brillantes. Le susurra algo a Valentina y se ríen. Los nervios de la entrevista, se supone. Su compañera se apresura en ponerse carmín en los labios. Ya les han avisado de que les tomaremos algunas fotos.

Subimos a uno de los buses. Valentina nos enseña el interior como quien muestra con orgullo su nueva casa. “Hay capacidad para 62 personas, 29 sentados y el resto de pie”, comenta. El puma tiene de todo: los asientos especiales para personas con discapacidad se distinguen por el color de los de la tercera edad, la butaca de la chofer todavía mantiene el plástico que la conserva intacta y algunas agarraderas caen del techo con un amarillo reluciente.

Un letrero digital encabeza el interior del puma con el lema “La Paz Bus, nada nos detiene”, lo que parece una metáfora de la vida de Meche y Valentina, dos luchadoras incansables a las que nada ni nadie ha truncado su sueño: ser conductoras.

“La Meche y la Valentina son dos rosas entre un manojo de espinos”, bromea uno de los choferes. “Como compañero, estoy orgulloso de que las dos estén entre nosotros. Ellas nos inspiran con su superación”.  

Los padres de Valentina la bautizaron así en honor a la primera mujer que viajó al espacio, la rusa Valentina Tereshkova. Toda una declaración de intenciones. La pequeña ya apuntaba alto desde la cuna. “Invito a las mujeres a que no se echen para atrás, que luchen por lo que quieren ¡porque podemos!”, espeta sonriente. “Sigue habiendo discriminación hacia las mujeres, y ese es el miedo que a veces tenemos. Pero si un hombre puede hacerlo, ¿por qué nosotras no?”, se pregunta. “He tenido que aguantar comentarios machistas y mi mejor arma siempre ha sido la sonrisa”.

El fotógrafo toma las primeras instantáneas a Mercedes, que sonríe con cierta vergüenza mientras masca chicle y mantiene con elegancia su sombrero.

“¿Se puede ingresar señora?”, pregunta una viandante mientras se asoma a curiosear el interior del bus. “Aún no, lo siento”, responde escueta Mercedes, que sigue concentrada en las fotos.

Media sonrisa se dibuja en su rostro mientras recuerda el día que aprendió a manejar el camión de su padre cuando tenía 15 años y vivía en Carabuco, provincia Camacho. “Mi papá no sabía manejar e iba a tocar la puerta de los conductores para que le sacaran el carro. Yo era la mayor de las mujeres de mi casa y me dijo ‘tienes que aprender a manejar’. Era un camión muy grande, pero como era jovencita me he animado nomás”. Cuando llegó a La Paz hace 20 años se dedicaba a vender verduras en la calle, muchas veces sin más opción que acompañada de sus cuatro hijos. “Era muy duro, por la lluvia y el frío”, relata. Por eso decidió subirse a un taxi y conducir durante seis años conviviendo con los comentarios machistas que a veces le echaban en cara algunos usuarios, que se preocupa en matizar: “eran una minoría”. “Casi todos me apoyaban, me decían que se sentían seguros. Creo que hay más confianza en las mujeres que en los hombres para manejar”, sentencia.

Ellas han sido las únicas mujeres de las 11 que se postularon en un inicio y que superaron las complicadas pruebas para ser choferes del bus de servicio público. “Fueron mis antiguos compañeros los que me animaron”, comenta Valentina. “Yo me enteré por el periódico y no lo pensé dos veces”, afirma Mercedes.

Después de la sesión fotográfica a Valentina, que posa gozosa al mando de lo que ella llama “la nave”, ya estamos listos para arrancar y circular durante unos minutos por el centro de la ciudad. Son las seis de la tarde y las calles están repletas de gente. Algunos vuelven a casa de sus trabajos y otros pasean en las zonas aledañas a la Alasita, que a esta hora puede colgar el cartel de overbooking.

La inge Telma, como conocen todos a la supervisora técnica que controla la mecánica de los pumas, abre la verja del parqueo donde descansan los buses.

Con los brazos extendidos detiene el tráfico de la Avenida del Ejército e indica a Valentina que salga a la carretera del mismo modo en que en las plazas de toros abren el chiquero y el animal sale al ruedo. Valentina maneja el puma con precisión. Sus manos agarran con confianza el volante, girándolo varias veces para tomar bien la curva, una tarea nada fácil dada la longitud del bus. El puma es sin lugar a dudas el rey de la jungla (de asfalto en este caso). Por los estrechos carriles de La Paz, diseñados más bien para autos y vehículos pequeños, Valentina se ve obligada a invadir el sentido contrario en casi todas las curvas, esquivando al mismo tiempo a peatones imprudentes y a carros particulares estacionados donde no deberían.

“Eso es quizás lo que más va a costar a  la gente” —comenta otro chofer—, “acostumbrarse a que hay paradas, y que uno no se puede bajar donde le plazca”.

Las extenuantes jornadas laborales de 16 horas al mando de taxi, minibuses y hasta camiones durante más de 30 años no han pasado en balde por Valentina. A través del espejo se aprecian algunas arrugas que decoran sus expresivos ojos como marcas irreparables del pasado. Esta paceña puede presumir de ser una madre coraje con una historia nada fácil en sus espaldas.  Ha sido padre y madre para sus dos hijos, a los que ha sacado adelante con mucho esfuerzo. “Tuve que dejar la carrera de Derecho en segundo curso para ponerme a trabajar. Sabía manejar desde los 13 años y pensé que con eso podría brindarles un buen futuro”. Al hablar de ellos se le llena la boca. “Mi hija es odontóloga y mi hijo médico. Estoy muy orgullosa de ellos, y ellos de mí, claro”, puntualiza entre risas.

Valentina termina su trayecto y cede el asiento a Mercedes. Aplausos de los compañeros a Valentina y ánimos para Mercedes. “Cuidado con la curva, mamita”, le previene uno de ellos.

Difícil saber si los ojos de los ciudadanos se clavan más en el puma o en Mercedes, que ahora maneja el bus como si llevara haciéndolo toda la vida.

Controla con soltura el panel con más de 30 botones que tiene enfrente y nos muestra el funcionamiento del tacómetro “que informa cuántas veces hemos pisado el freno y durante cuánto tiempo hemos parado”.

En pleno siglo XXI, ser mujer y chofer aún llama la atención. Pero si además llevas pollera y sombrero, tienes asegurados todo tipo de comentarios y miradas. “Les dije a los jefes que llevaría la pollera del color del uniforme del resto de compañeros, les pareció bien”. Y se resiste a contarnos cuál es el amuleto que llevará consigo cada día cuando se suba al puma. “Me encomendaré a Dios no más, él me da fuerzas”.

Lo que más inquieta a Meche y Valentina es la inseguridad que puedan sentir en los turnos de noche, cuando el servicio de 24 horas lleva transporte público a las zonas más alejadas de la ciudad. “La inseguridad es lo único que me preocupa”, apunta Mercedes. “Cuando manejaba el taxi he sufrido varias agresiones, aunque es verdad que ahora tenemos el botón de emergencia que nos conecta directamente con la central si tenemos algún problema”.

Dejando atrás la Camacho, Mercedes continúa su recorrido por la parte baja del Parque Urbano Central esquivando a todo tipo de peatones, minibuses y taxis. Llegamos a una parada frente al teatro Jaime Laredo y, como buenos pasajeros, decidimos bajar y continuar paseando mientras nos percatamos de que la mirada de curiosos no cesa en ningún instante.

Valentina y Meche, dos caras de la misma moneda. La que muestra el avance de las mujeres en la conquista de profesiones hasta el momento copadas por hombres y que con esfuerzo y constancia allanan el camino para que en un futuro ser mujer y chofer deje de ser noticia.

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