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Punta del Diablo, edén uruguayo

Ubicado en la costa fronteriza entre Uruguay y Brasil, este paraje es una joya con atractivos de pura naturaleza.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Céliz

00:00 / 08 de marzo de 2015

Algunos le dicen la otra Punta, pero no en tono de comparación ni mucho menos. Está claro que Punta del Este, la del glamour y los lujosos yates de incontables metros, nada tiene que ver con este mágico pueblo de pescadores, que con los años se fue haciendo cada vez más visible en el mapa hasta convertirse en una de las joyitas del departamento uruguayo de Rocha.

Aquí, en Punta del Diablo, el encanto pasa por otro lado. Por esos barquitos de madera que llevan a los pescadores y sus ilusiones a las entrañas de un mar que va del azul al turquesa, según el ánimo del sol. Botes que zarpan muy temprano y regresan cerca del mediodía a la Playa de los Pescadores, la principal y más tradicional, para dar un espectáculo a cielo abierto y gratuito con sus botines de cazones, calamares, corvinas, salmones y otras tantas especies. Pescados fresquísimos que luego ellos mismos, a la vista de todos, limpian, rebanan y venden en los puestos pegados al mar. Ahí nomás, la calle principal concentra la movida del pueblo, que no es mucha, pero sí lo suficiente como para que nadie se aburra. De eso dan cuenta los casi 50.000 turistas que cada temporada llegan a estas costas para sorprenderse con esta bahía, en la que se entremezclan enormes piedras rodeadas de un manto de arena blanca y fina.

La única calle asfaltada es la de acceso, que conecta en sus cinco kilómetros con la ruta N° 9, para recorrer parte del litoral uruguayo. El resto es camino de tierra para no desentonar con las cabañas de madera levantadas sobre palotes, de vivos colores y dos condimentos insoslayables: el balcón con vista al mar y las hamacas paraguayas, que se mueven mansas al ritmo de un lugar donde el descanso y la contemplación es la vedete. En esto sí que Punta del Diablo saca ventaja: las cabañas son realmente pintorescas y hay para todos los gustos. Sin embargo, la oferta es mucho más que eso: hay posadas, hoteles (algunos con spa incluido), apart hotel y hostels a la medida de cada bolsillo.

La artesanía también es parte importante del paisaje, con locales o puestos callejeros en los que abundan los aros, los sombreros hechos a mano con fibras naturales, la indumentaria, pulseras y artículos de diseño y arte. También hay heladerías, varios supermercados y una librería de nombre El Diablo Lector, bastante surtida y con cierre cerca de las 12 de la noche. A todo esto se le suman los médanos devenidos en perfectos palcos naturales VIP, en los que se asentaron las casas que compiten para ver cuál tiene la mejor vista del mar, y la hospitalidad propia del uruguayo. Un combo que hizo que Punta del Diablo tomara vuelo propio, pero sin dejar de lado esa cosa tan linda de pueblo chico, que sabe recibir al recién llegado.

La playa vecina a la De los Pescadores, donde los barcos posados en la arena no dejan de ser una atracción, es la Del Rivero, con puestos de guardavidas abiertos de 8 a 18 horas (como en el resto de los balnearios) y dos bares sobre la arena que amenizan la jornada playera con música para nada invasiva. Esta zona convoca a los surfers, que van y vienen con sus tablas al compás de las olas, como Fabricio Sanguinetti, a cargo de una escuela de surf, La Surfera, con más de 17 años en el pueblo. “Es una zona ideal para la enseñanza. Tenemos vientos fuertes, pero que permiten iniciarse sin problemas. Con los chicos venimos usualmente por la mañana, cuando el viento y el sol están menos fuertes. A los más chicos les resulta, en general muy fácil. Con un curso básico de cuatro horas salen parados en la tabla sin ningún problema”, asegura Fabricio, detrás de unos anteojos oscuros y el cabello al viento, mientras el sol comienza a ocultarse para darle a la arena un tono dorado que invita a sacar la máquina de fotos.

Zambullirse sin parar

Pero aquí casi nadie se mueve. No es cuestión de perderse ni un segundo de playa en este febrero que tuvo al sol casi con asistencia perfecta. Una bendición para los turistas que llegan de todos lados y que en ese mes encuentran precios hasta un 30 por ciento más bajos que en enero. En los últimos años, a los habituales argentinos se han ido sumando cada vez más chilenos y europeos, fascinados con esta geografía, que hasta incluye un bosque pegadito a la costa.

Los brasileños, sobre todo los del sur, también se hacen ver. Es que los 40 kilómetros que separan a este balneario del país de la samba y el fútbol es una gran tentación para los brasileños que buscan nuevos aires. Y aquí se sienten casi como en su casa: los bares, por ejemplo, bien podrían estar en los balnearios más descontracturados del litoral brasileño: vivos colores, techos de paja, la música de Chico Buarque y Vinicius de Moraes, y las caipirinhas que salen de la barra al mejor estilo ‘verdeamarelo’. Pero claro, hablando de música, lo que también suena es Bob Marley, un clásico, además de rock argentino y folklore del norte ‘charrúa’.

A la derecha del acceso principal se despliega la Playa de la Viuda, muy abierta, oceánica y también elegida por los jóvenes que hacen deportes náuticos. Unos seis kilómetros de extensión y médanos, algunos bastante altos, que es necesario atravesar para poner los pies en el mar. Es así, el paraíso tiene su costo. A la hora de la gastronomía, la propuesta no es sumamente amplia, pero hay varios ítems para elegir: desde el tradicional chivito uruguayo, exquisito, y la paella de miniatura de pescados hasta las cazuelas de camarones, el pulpo, el cazón y las ensaladas y pizzas de mariscos. Lo más exótico: los ravioles y buñuelos de algas marinas.

Platos que se sirven en bares sin demasiados lujos y en restaurantes más completos, como el de la Hostería del Pescador, a dos kilómetros del pueblo y con una carta más generosa; o en Il Tano Cucina, del argentino Luciano Raimondo, que hizo experiencia gastronómica en Italia y hace unos años se instaló con casa y restó en el bosque, por el que anda con los ojos bien abiertos en busca de los hongos silvestres que le darán un toque especial a las salsas con las que acompaña las pastas, su especialidad. También de pastas saben, y mucho, Stefano y Emanuela, una pareja de Padova, Italia, que tras recorrer toda la costa uruguaya se enamoró tanto de este rincón rochense que abrió frente al mar su casa y restaurante, el cual atienden con sus hijos, Elia y Gioele. En El 70 Pasta la oferta gastronómica está clara: desde lasañas y ñoquis hasta los bigolis, similar al fideo tradicional, pero más grueso, típico de Padova. Pastas que el propio Stefano amasa con una máquina a la vista de todos, casi como una ceremonia.

“Nos va muy bien, pero, de verdad, la plata no es todo. Si vinimos hasta acá no es por el dinero. Este lugar nos cautivó. Tenemos comensales de todo el mundo.

Puedes encontrarte con australianos, europeos, estadounidenses. Esto también hace atractivo a Punta del Diablo. Más allá, unos franceses abrieron otro restaurante”, cuenta la pareja, sentada en una de las mesas, donde el ruido del mar siempre acompaña. A cinco kilómetros de Punta del Diablo, uno de los paseos infaltables es Laguna Negra, la más extensa del país, con una superficie de 17.000 hectáreas y a la que se accede por un camino de ripio que serpentea entre el verde. El final del recorrido es una playita de arena blanca protegida por juncos. Pero, si hay otro mérito aquí es la cercanía: a siete kilómetros del pueblo, el Parque Nacional Santa Teresa, con entrada gratuita, tiene tres mil hectáreas y dos millones de árboles con especies de los cinco continentes.

Una propuesta que incluye jardines perfectamente cuidados, enormes palmeras, un invernáculo con plantas tropicales, un rosedal con más de 300 especies, puentes colgantes, miradores y zonas de acampe con luz eléctrica, baños públicos, almacenes, consultorios médicos y acceso directo a las cuatro playas del parque: La Moza, Las Achiras, Playa Grande y Playa del Barco, una más linda que la otra. También hay restaurantes, un centro de informes y de interpretación ambiental, y un cajero automático, entre otros servicios. Todo en el mismo predio, el recorrido debería continuar en la llamada Pajarera, un sitio ideal para visitar en familia. Apenas se ingresa, un grupo de ciervos da la bienvenida en enormes espacios que recrean su ámbito natural. Pero también hay distintos tipos de aves (en jaulas tradicionales), además de ñandúes, llamas, pecaris, gallinas de Guinea, patos y jacarés, entre muchas otras especies. Pero si además de la naturaleza le gusta la historia, no puede dejar de lado la Fortaleza de Santa Teresa, cerca de las playas, el único sector del parque con entrada paga (1,20 dólares).

Y este sí que es un plus: no todos los balnearios ofrecen la posibilidad de visitar un fuerte de 1762, en perfecto estado de conservación (fue restaurado en 1928), en el que españoles y portugueses dirimieron a bala y espada sus diferencias. Con forma de pentágono irregular y 652 metros de perímetro, la parte más alta de la fortaleza alcanza casi los 12 metros y sus 41 troneras dan cuenta del valor estratégico de la edificación, que conserva el polvorín, los dormitorios de la tropa, la capilla y vistas privilegiadas a una naturaleza exuberante. Fuera de las murallas está el Campo Santo, que se utilizó hasta mediados del siglo XVIII, y donde descansan los restos de los combatientes de ambos bandos, además de indígenas y esclavos.

A comprar se ha dicho

Ya fuera del Parque de Santa Teresa, siguiendo hacia el Norte por la Ruta 9, si el tiempo no es el mejor para meterse en el mar, una buena opción es llegar a la frontera con Brasil, a solo 40 kilómetros de Punta del Diablo. Tras pasar los controles aduaneros, bien expeditivos y sin completar formulario alguno, se llega a la avenida que divide a las ciudades fronterizas: el Chuy (Uruguay) y el Chui (Brasil).

Este sitio, donde el español y el portugués se funden en cada esquina, es ideal para las compras. ¿Por qué? Se trata de una zona franca, libre de impuestos, una especie de free shop muy grande, con locales amplísimos, en los que se venden equipos electrónicos, ropa, electrodomésticos, zapatillas, sábanas y casi todo lo que se le ocurra, en dólares y a precios muy accesibles. Y a eso llegan todos aquí, al tour de compras, como ese grupo de uruguayos que baja a paso veloz de un ómnibus despachado para la ocasión sin escalas desde Montevideo, a 340 kilómetros.

Antes de emprender el regreso a Punta del Diablo nos espera la última parada. Solo hay que desviarse unos pocos kilómetros de la Ruta 9 para llegar hasta el Centro de Tortugas Marinas Karumbé (tortuga en guaraní), en La Coronilla. Allí un grupo de investigadores, pescadores y estudiantes se encarga de proteger la biodiversidad marina en peligro, sobre todo la tortuga marina. “Los plásticos son uno de los peores enemigos de las tortugas. Ingerir estos objetos la pueden llevar a la muerte”, explica una de las guías a un grupo de turistas, junto a un enorme frasco colmado de tapitas de plástico sacadas del mar.

La visita, totalmente gratuita, vale la pena, sobre todo si se hace con chicos, que no tardan en entusiasmarse con el didáctico paseo. Porque no solo es teoría.

También se pueden observar tortugas marinas verdes (la especie de la zona), como Lulu y Quasimodo, que en estos días están en plena etapa de rehabilitación.

Y ni hablar si justo en ese preciso momento, dos tortugas más, capturadas hace instantes, llegan al Centro en sendas palanganas para ser estudiadas.

Sin embargo, apenas las tortugas ocupan sus nuevas casas, dos grandes piletones empiezan a moverse con energía. “A simple vista se las ve muy bien. Las vamos a tener en observación, pero es muy probable que en los próximos días las liberemos. Son controles de rutina”, asegura otra de las voluntarias ante la mirada atenta de todos muy cerca de las 19 horas, poco antes de que el centro cierre las puertas.    

De regreso, la caída del sol en el centro del pueblo tiene su encanto iluminado por las luces tenues de faroles y candiles. Mientras algunos jóvenes se niegan a dejar la playa entre mates, cervezas y guitarra, la Feria de los Artesanos, techada y construida toda en madera, junto al mar, comienza a colmarse de curiosos que se mueven a paso lento, como corresponde, porque si algo sobra aquí es tiempo.

Allí, más de diez barcos descansan en la arena, apenas iluminados, como el Lina Valeria III, con mil batallas mar adentro. Es hora de entrar en la librería, con sus pisos de piedras y madera, tomar un helado tendido en una hamaca paraguaya, detenerse en los puestos que exhiben enormes caracoles y estrellas marinas o deleitarse con los coloridos batik del artista uruguayo Andrés Parilla, que transcurre su vida entre este balneario y la también costera ciudad de Atlántida.

La música en vivo, que llega desde la playa o desde los bares, hace su aporte con ritmos rioplatenses y brasileños entre tambores percutidos por mulatos. Son parte de la postal de la Punta menos famosa de Uruguay, que crece sin pausa, pero sin abandonar su aire de pueblo chico, que comenzó a forjarse cuando un grupo de pescadores, durante la Segunda Guerra Mundial, llegó a estas costas desde distintos puntos de Uruguay para dedicarse a la caza artesanal del tiburón.

Así, casi sin quererlo, esos hombres de piel curtida le fueron dando forma y vida a este rincón de Rocha, donde lo natural, la parsimonia y lo informal, el paso lento y la historia son moneda de todos los días, y donde la bicicleta duerme en paz en la puerta de casa.

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