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Querido Ebay

El bazar de la nueva era es una lámpara maravillosa que alimenta nuestros deseos y exprime nuestras carteras.

Karim Patón Navarro, 38 años, editora de video, nacida en La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

Karim Patón Navarro, 38 años, editora de video, nacida en La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 10 de agosto de 2014

Hace un par de meses, un pedazo de historia de la prisión californiana de Corcoran costaba 5.000 dólares. Se trataba de una araña hecha a mano con papel higiénico y firmada con la letra eme. Eme de Charles Manson, el famoso asesino satánico con barba desaliñada, una esvástica tatuada en el entrecejo y ojos de escopeta. Su vendedor en Ebay prometía contar cómo la consiguió a quien la adquiriera. Su extravagante secreto cotizaba al alza y Karim Patón, 38 años, compradora ocasional, se lamentó de no disponer de esa cantidad en aquel momento. Poco después salió a la venta el martillo del juez que condenó a Manson a cadena perpetua. Pero su valor también se disparó, y se convirtió enseguida en un souvenir inalcanzable para cualquier economía doméstica.

 La decepción, sin embargo, fue momentánea, y hace algunos días Karim recibió un paquete de otro de los mercaderes de Ebay que contenía tres láminas ilustradas con imágenes que le entusiasmaban. Una de ellas recopila los mejores pósters de conciertos de los 60; otra muestra la pose celestial de Jimi Hendrix tocando la guitarra; y la última se centra en las facciones de Hunter S. Thompson, el inventor del “periodismo gonzo”, que aparece con gafas de sol y su puro eterno. La particularidad, en este caso, es que las tres láminas están elaboradas con papel secante —absorbente y fino— y divididas en pequeños cuadros gracias a perforaciones mínimas (que las marcan pero no las rompen).

Un par de décadas atrás, estos cuadritos solían impregnarse con dietilamida de ácido lisérgico (LSD) y garantizaban viajes a los universos más oscuros y psicodélicos de nuestra mente. Ahora, en cambio, sin el controvertido LSD adentro, no son más que creaciones minimalistas de artistas consagrados o en ciernes, reproducciones inocentes de algunos de los íconos, escenas y personajes más representativos del siglo XX. “Me costaron menos de 400 bolivianos. Quedarán muy bien con un cristal encima, en la pared”, dice Karim. Y a continuación describe su afición a Ebay como “un pasatiempo”.

A golpe de clic

Ebay tiene 128 millones de usuarios en todo el mundo —la población de un país como Japón—. Vende online más de 13.000 coches a la semana. Despacha una docena de celulares por minuto. Y miles de estadounidenses han hecho de él su principal ingreso. “Es un espacio infinito, donde puedes hallar cualquier cosa que se te ocurra —comenta la cibercompradora—. No tienes que salir de casa para hacerlo. A veces, ahorras dinero. Y basta un solo clic: mover un dedo”. Una semana normal Karim revisa ofertas por lo menos una vez al día. El bazar de la nueva era, el zoco más grande del planeta, es digital: una lámpara maravillosa que alimenta nuestros deseos y exprime nuestras carteras. Y hoy mirar objetos a través de una pantalla es el equivalente a salir de tiendas. Con un clic, hace cuatro años, Karim compró un disco a un londinense para estrenarse. “Uno de Placebo”, recuerda. Con un clic se hizo después con un iPhone usado y con una figurita original de un Gremlin del 84. Con un clic compró sombreros, compró poleras, compró gatitos tipo vintage para su colección de mininos de metal, cerámica y madera. Con un clic compró hasta cables de computadora tirados de precio.

A veces, la plataforma virtual —en la que se ofrecen desde firmas de escritores de culto hasta juguetes—, además de un gran supermercado sin cajeros que te meten prisa, es un Libro Guinness de lo absurdo: en la época de gloria de Britney Spears, un chicle que masticó durante un concierto recaudó 14.000 dólares; en 2004, un sándwich de queso con la silueta de la Virgen María impresa casualmente en su miga seca alcanzó los 28.000; Ian Usher, tras un divorcio traumático, subastó su vida —mansión, coche, actividades y amigos incluidos— por casi 400.000; y hace poco se hicieron pujas galácticas por la palabra “the” (él) escrita en un papel blanco con un puntabola azulado.

Entre los objetos más extravagantes a los que Karim hace seguimiento están los muñecos diabólicos. Seres grotescos que a menudo vienen con la maldición incorporada y que en ocasiones cuestan alrededor de un millón de dólares. “Lo curioso es que sus dueños no admiten devoluciones una vez que se deshacen de ellos”, explica. Hace poco, Karim descubrió los óleos de Dafen, un pueblito chino donde, según el periodista Zigor Aldama, cientos de personas se dedican a hacer copias a granel de reconocidos pintores clásicos y modernos. Y también, las penny dreadfuls, revistas pulp británicas llenas de crímenes ficticios y abundante sangre que valían un penique (poco más de un centavo de dólar) y que tenían como protagonistas a los Charles Manson de la época victoriana, tipos fornidos, de gesto rudo, que usaban para matar navajas de barbero recién afiladas.

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