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Quinua - La ruta agroturística a orillas del lago Titicaca

Una visita para saber de arqueología, cultura y gastronomía, con el grano de oro.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

12:00 / 22 de marzo de 2018

En medio del altiplano, los colores rojizos de la quinua sobresalen entre el verdor de los cultivos de papa, haba y cebada, y componen una panorámica con el azul intenso del lago Titicaca, acompañada por ritmos autóctonos y la gastronomía de la provincia Los Andes. Todo ello se vive durante el circuito turístico Grano de Oro Sagrado.

La empresa estatal Boliviana de Turismo (Boltur) y el Centro Internacional de la Quinua desarrollaron este recorrido con el fin de hacer conocer la producción y promover el consumo de la quinua, mediante visitas a sembradíos y degustación de comida hecha a base del grano, además del ingreso a sitios arqueológicos y museos en los municipios de Pucarani, Puerto Pérez y Batallas.

“Hemos sembrado la quinua el 8 de septiembre. Después de que hemos cosechado, hemos golpeado el tallo para sacar toda la cáscara. Después de eso tenemos que lavar. Cuando ya está seco lo cocemos dos horas, antes de comerlo con leche o queso. Así lo hacemos”, cuenta Teófila Tórrez, una pobladora de Pucarani, quien junto a sus vecinas ha preparado p’esqe, un plato tradicional del altiplano consistente en quinua cocinada como arroz que viene acompañada por derivados lácteos y ahogado.

La plaza principal de Pucarani (a 48 kilómetros de La Paz) está con más gente de lo acostumbrado, pues los pobladores se han organizado en torno a los visitantes. “Casi el 60% de nuestras comunidades se dedica a la producción de quinua”, afirma Francisco Hidalgo, alcalde de este municipio, que tiene al grano de oro como la variedad que mejores resultados ha dado a los productores, por lo que quieren obtener más réditos a través del turismo.

Al ser una fiesta, las flautas y los bombos empiezan a resonar cuando los chunchus bailan una danza alegre. “Esto ha aparecido desde nuestros tatarabuelos. Ellos viajaban a los Yungas porque esas veces no había tanto producto en el campo, por eso caminaban o iban en burro. En eso han visto a los chunchus, peladitos con sus plumitas”, cuenta Vicente Ticona, del cantón Villa Rosario de Corapata, que junto a Chirioco mantiene la tradición de interpretar esta danza que se asemeja a un huayño en el que se simula una disputa amigable entre la pareja.

Mientras tanto, en una jarra hecha de barro el visitante disfruta de un jugo de quinua con k’ispiña o p’esqe con leche.

Al noroeste de Pucarani, en el camino hacia Cumana —en el municipio de Puerto Pérez—, el campo luce verde debido a las lluvias de los recientes meses, que presagian una buena cosecha de papa, cebada, maíz, tarhui y, por supuesto, quinua, “un recurso alimentario natural de alto valor nutritivo, cuya importancia es cada vez más reconocida en la seguridad alimentaria, para las generaciones presentes y futuras”, según indica la definición de la OMS (Organización Mundial de la Salud).

A pesar de que ha pasado más de un mes, los pobladores de Cumana continúan interpretando música de Carnaval, pues es la etapa en que se recoge la producción agrícola. Por ello es normal ver a intérpretes del ritmo chayaw anata —vestidos con atuendos multicolores y serpentinas— junto con un pepino que acompaña el sonido de quena-quenas.

A unos minutos de allí se encuentra la comunidad Patapatani, donde está la momia Tani, que mantiene su posición fetal dentro de una urna de cristal. Isaac Callizaya, responsable de Turismo y Cultura de Puerto Pérez, cuenta que en 1998 se llevaron a cabo investigaciones dirigidas por el arqueólogo Jedu Sagárnaga en las ruinas de Quehuaya, donde fue encontrada Tani, una mujer que al momento de fallecer tenía entre 30 y 40 años. Su cráneo alargado hace suponer que pertenecía a la nobleza de los pacajes, pueblo ancestral que moró esas tierras antes que los incas.

Guardada en una habitación lúgubre y con un ingreso pequeño, la momia está cubierta por una manta y rodeada por objetos que fueron encontrados durante las excavaciones, como un yauri (aguja metálica larga), una soga, pequeñas sandalias y bolsas de cuero. Los creyentes en su espíritu también dejan hojas de coca y monedas, tal vez para pedirle algún favor.

A poca distancia está la comunidad Quehuaya, donde hay un albergue turístico con un amplio comedor en el que el visitante disfruta de comida tradicional, como el wallaq’e (sopa de pescado), pescado frito o queso acompañado por papa khati, chuño, haba, llajua o k’ispiña.

El recorrido continúa por un camino de tierra que acerca de a poco a las orillas del Titicaca, que luce azul intenso por los rayos solares de la tarde. De repente, a izquierda y derecha se observan más de 20 chullpares —estructuras de piedra de más de tres metros de altura—,  que juntos componen una ciudadela funeraria, donde arqueólogos hallaron cerámica, utensilios y otros objetos, que ahora están protegidos en el repositorio del lugar.

Gracias a su conservación, las torres dan la impresión de haber sido construidas hace poco tiempo, aunque hay otras que necesitan callapos para evitar que se desmoronen, y otras han quedado solo como promontorios de piedras.

Mientras se desciende por el sendero, de entre la totora se empieza a ver botes de madera, donde espera Ricardo Callizaya, secretario general de la comunidad isla Pariti y navegante de una de las embarcaciones que están en las orillas.

“Como ustedes desde jóvenes manejan auto, igualito nosotros llevamos botes desde pequeños para ir a la escuela o al colegio”, cuenta Callizaya, quien con una vara de más de tres metros ayuda a alejarse de tierra firme para ir a la isla Pariti.

A diferencia de antaño, el nivel de agua del lago ha bajado sobremanera y la vida que albergaba parece estar desapareciendo. “Antes pescábamos y con eso vivíamos, pero ya no hay pesca por el agua que viene contaminada”, lamenta la autoridad, quien señala que los desechos de El Alto y Viacha convergen en los ríos Sehuenca y Katari y desembocan en el lago, para envenenar el agua.

No obstante, con las lluvias ha reaparecido la totora, que se encarga de retener y evitar que el agua sea contaminada con metales pesados. Se considera a este tallo como purificador del agua y medicinal. Por eso, uno de los navegantes arranca uno de éstos y come la parte blanca porque, además de tener un sabor parecido al palmito, dice que cuenta con la capacidad de limpiar los riñones.

Durante 20 minutos se atraviesa un callejón a través de la totora antes de llegar a la isla Pariti, que al parecer fue un centro ceremonial adonde acudían de pueblos lejanos. Prueba de ello es la valiosa colección de cerámica de la época tiwanacota, como kerus, vasijas y estatuas con representaciones zoomorfas o el Señor de los Patos, la estatuilla de un hombre que está sentado al lado de un palmípedo, que sobresale por los detalles de acabado.

Cuando el sol empieza a desaparecer en el fondo del Lago Sagrado, esta visita distinta a las plantaciones de quinua concluye con un descanso en el mirador de Chirapaca —en el municipio de Batallas— desde donde se contempla el Huayna Potosí, el Condoriri y gran parte de la Cordillera Real, además de los sembradíos de quinua, que en esta ruta tiene fuerte sabor a lago, arqueología y cultura.

El paquete comenzará en abril

Con el objetivo de promover el consumo de la quinua y mostrar el agroturismo gastronómico comunitario de Pucarani, Puerto Pérez y Batallas, Boltur venderá desde abril el circuito turístico Grano de Oro Sagrado, que costará Bs 350.

Para obtener más información puede llamar a los teléfonos 2185999, 73230003 o 60618374, a través de Facebook en el muro Boliviana de Turismo, en la página web www.boltur.gov.bo, o en la oficina central, en la plaza Murillo N° 551.

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