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Raquel Montenegro

Ha dedicado media vida a la enseñanza y, ya jubilada, siente que ha cumplido. Pero no puede desconectarse y, mientras descubre nuevas disciplinas, ha apaciguado la nostalgia del teatro con un libro recopilatorio. Exprofesora.

La Razón / GEMMA CANDELA

00:00 / 16 de junio de 2013

Soy de amores permanentes”. Así se presenta Raquel Montenegro de von Vacano en el salón de su casa, en la zona Sur de La Paz. Y no miente: ha sido catedrática de la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés durante 31 años y profesora en el colegio Alemán Mariscal Braun. ¡Ah! Y lleva casada 42 de sus 66 años.

Lleva un chal de lana color rosado (que ella misma ha tejido) sobre pantalón y chompa negros, lentes de montura oscura y labios y uñas del mismo color. “Mi vida entera la dediqué a la enseñanza”, resume. Y, aunque hace ya más de dos años desde que se jubiló, no ha podido separarse del todo de su profesión. Unas semanas atrás, se publicó su “librito”, aunque de pequeño no tiene nada: Con cuerpo y alma (Santillana) es una recopilación de las creaciones colectivas y adaptaciones de obras que Raquel hacía en teatro, una actividad extraescolar con alumnos de secundaria. “Soy una convencida de que los jóvenes deben leer literatura clásica, pero no les llega”. Por eso, en su taller (que duró diez años), el teatro antiguo se acomodaba a las problemáticas y mundo de los jóvenes.

“Estas obras tuvieron muy buena aceptación pero se quedaron en mi escritorio”.

Hasta que las desempolvó y se puso a compilarlas. Les añadió un pequeño manual sobre cómo enseñar. Algo que ella aprendió leyendo teatro. “Y soy una fanática espectadora”, añade.

El amor por las letras lo aprendió en casa y en la radio, en la que escuchaba programas de poemas que ella memorizaba. Y, aunque en un primer momento quería estudiar para ser periodista (hasta tomó un curso por correspondencia), finalmente hizo literatura, a lo que, en buenas cuentas, siempre se ha dedicado. Incluso, durante los ocho meses que vivió en Venezuela junto con su marido e hijos, todos exiliados. “Porque nosotros éramos...” Se para en mitad de la frase, y corrige: “Somos de izquierdas”. Allá trabajó en el colegio Alemán de Caracas.

Además del libro de teatro, ha escrito artículos de crítica y cosas íntimas que, “por supuesto”, afirma rotundamente, jamás publicará.

Le encanta contar cuentos a sus cuatro nietos y, también, compartir con las amigas. Hoy, va a tomar té con ellas y a mostrarles con orgullo el chal que acaba de tejer.

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