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Raqueteando al destino

Sergio Villa tuvo una infancia precaria, pero el tenis le ha ayudado a superarse como profesional y deportista

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 09 de noviembre de 2015

A Sergio Villa, ir tras la pelotita le cambió la vida. En principio no tenía ni idea del juego que consiste en devolver el pequeño esférico verde fluorescente golpeándolo con una raqueta, desde un lado hacia el otro, por sobre una red en una cancha de polvo de ladrillo. O que sus jugadores solían vestir de blanco porque su origen aristocrático así lo exigía.

Eran tiempos donde paseaba su niñez en el límite entre Obrajes y Calacoto, desde la cuna de un hogar humilde en frente de aquellos barrios con casitas bellas “como de las películas”. Es La Paz en la década de los años 70, con petas y micros cruzando sus calles adoquinadas, entre casas de adobe por un lado y lujosas residencias por el otro.

Sergio y su numerosa familia, siete hermanos y una mamá, vivían a metros del puente en una de las laderas, cobijados en una pequeña construcción que corría el riesgo de venirse abajo con cada lluvia intempestiva.

A sus diez, el muchacho se integró a un grupo de compañeros de la escuela del vecindario, Santa Rosa, junto a quienes practicaba fútbol además de extensas caminatas bordeando las aguas del torrente que baja desde Achumani. Un día de esos, él y su camarilla, a la altura del barrio La Florida, escucharon unos curiosos golpes que provenían de una asociación exclusiva que se guardaba el derecho de admisión por su puerta delantera. Pero no sucedía lo mismo con la parte trasera que colindaba con el río.

“Entramos por atrás y me llamó mucho la atención cómo jugaban esos señores, que estaban vestidos de blanco”, recuerda este hombre moreno haciendo referencia a sus primeras sensaciones sobre aquel lugar conocido como el Club de Tenis La Paz.

Los chicos miraban sorprendidos la práctica deportiva y el lujo de sus convidados hasta que fueron sorprendidos por el portero, que los obligó a marcharse apresurados del lugar. Pero Sergio volvió. Lo hizo por la puerta principal.

“Me enteré de que en el club recibían a chicos para hacer mantenimiento y pasar las pelotas de tenis en los fines de semana. Así que fui a pedir trabajo”. De esa manera, el hijo del medio en esa numerosa familia contaba con trabajo en una disciplina que estaba empezando a acaparar toda su atención.

Cuando las canchas estaban vacías, Sergio, a quien le decían “chico de la oficial” (por trabajar en el campo de juego oficial) y el resto de pasapelotas, practicaban ese deporte de élite con unas paletas de madera fabricadas por ellos mismos. Eran tiempos del argentino Guillermo Vilas como uno de los principales referentes del continente, a quien los chicos buscaban imitar en juego y look. “El club lanzó una convocatoria para el campeonato clausura dirigido a chicos de 13 y 14 años, y yo hablé con el profesor para ver si me podían dejar jugar con los miembros. Lo analizaron e hicieron una excepción al dejarme participar, yo que era solo un pasapelotas”, cuenta.

Para sorpresa de los organizadores, Sergio ganó la competencia entre más de una docena de participantes. Y como premio, la dirigencia decidió otorgarle una beca para garantizar sus estudios.

De ahí en más, no paró de jugar. Ya no lo hacía solo con sus colegas de trabajo, pues empezó a representar al club en torneos nacionales. De esta manera fue ganando la simpatía de los socios que le obsequiaban raquetas usadas y alguna que otra indumentaria. A los 15 se consagró campeón del país en su categoría, lo que le permitió representar a Bolivia en torneos de Perú, Chile y Brasil. “Me seguían apoyando y aconsejándome que nunca deje los estudios”, recuerda.

El tenista también se alistaba para concluir el bachillerato cuando se le presentó la posibilidad de postularse a una beca para Estados Unidos, en cuyas universidades se toman muy en cuenta las dotes deportivas de sus postulantes. “Pero yo no sabía nada de inglés”, cuenta y se ríe este hombre que hoy tiene 54 años. Pese a aquella barrera, Sergio obtuvo la calificación para estudiar en una universidad de Louisiana, la McNeese State University, donde el tenis fue su aliado para sumar más y más puntos.

“Tuve un instructor chileno que me ha ayudado bastante, yo pensaba ‘un chileno ayudando a un boliviano’”. Más allá de destacarse en el “deporte blanco”, Sergio también era un aplicado alumno de matemáticas y ciencias naturales, aptitud que se vio reflejada en las notas de la carrera que había elegido: Ingeniería mecánica.

Su permanencia en la universidad estadounidense significó otro giro brusco en su vida. Empezó a tener roce con otros tipos de culturas “y nunca me sentí discriminado. En Bolivia se siente más la discriminación por el color de tu piel o el apellido que llevas, aunque a mí siempre me trataron bien”, manifiesta.

Titulado

Y otra vez la pelotita. En vista de su currículum fue convocado por las autoridades universitarias para jugar tenis junto a otros alumnos chilenos, mexicanos, suecos y estadounidenses. De su papel en las canchas dependía la consecución de la beca lograda, así que Sergio tenía doble motivo para arrasar sobre el rectángulo color ladrillo. Y no defraudó.

Egresó tras cuatro años de estudio y a las semanas de titulado fue bendecido con un contrato laboral en una empresa consultora para trabajos de exploración petrolera. Tenía 25 años y mucho ruedo por delante. En el ínterin, el flamante ingeniero también se había enamorado de una compañera estadounidense llamada Jessica. Se casaron y Sergio logró la ansiada residencia en el gigante del Norte.

“Estable en todo sentido, cambié de trabajo a una subsidiaria de PDVSA (Petróleos de Venezuela, Sociedad Anónima) en los Estados Unidos”, cuenta el protagonista de esta historia. Y de nuevo el giro de la pelotita.

“La empresa organizó los  Juegos Deportivos Industriales para todas las subsidiarias en el mundo y fui elegido, junto a otros 15 estadounidenses, para representar a la mía en tenis. Me fui a jugar a Maracaibo ¿y adivinas qué?”. Sergio se adjudicó el torneo de la firma transnacional, acumulando otro título a su carrera como tenista. Pero pese al éxito logrado, su vida no estuvo exenta de las desilusiones.

“Retorné y las cosas estaban un tanto desgastadas con mi pareja. Me di cuenta que por dedicarme solo a mí, la había descuidado. Me porté muy egoísta y eso es algo de lo que me arrepiento.

Por estudiar, trabajar, crecer, me había olvidado de algo tan importante como es el amor y la familia”, expresa un tanto acongojado. Pero debía seguir adelante. Pese al dolor de la separación, recordó los consejos de su madre que lo exhortaba siempre a continuar sin mirar atrás.

Entonces retomó los estudios, viajó, cambió de trabajos y en ese tren de vida apareció la oportunidad de mudarse hacia Arabia Saudita, donde iba a seguir creciendo. “Me anoté en un concurso de méritos y fuimos cinco postulantes que nos presentamos en total. Me eligieron y tuve un nuevo desafío al asumir como gerente de ingeniería de una petrolera”.

De esa manera, Sergio volvió a hacer maletas en 2009 hacia lo desconocido. Y al aterrizar en aquella exótica tierra, agradeció la suerte que lo había iluminado desde sus días en la humilde casa de Obrajes, cuando soñaba con jugar tenis como su ídolo argentino de la vincha y la melena. “Es un país muy diferente, muy machista, las mujeres visten de negro, no pueden manejar autos, caminan detrás de los hombres y en general no hay entretenimiento”.

Sergio se turnaba entre la que empezó a ser su ciudad, Al Jubaila en Arabia Saudita, y los Estados Unidos, donde había empezado a frecuentar a una amistad que se tradujo en su nuevo amor: una mujer de nacionalidad mexicana de nombre Letty. “La conocí en una iglesia y teníamos muchas cosas en común, como el haber pertenecido a familias numerosas con limitaciones económicas”.

Hoy, Sergio trabaja en la planificación central de Saudi International Petrochemical Company, donde tiene a su cargo a cerca de 5.000 trabajadores de indistintas nacionalidades. Conoce más de 70 países a los que ha viajado principalmente por trabajo. En los Estados Unidos, su segunda casa, fue presidente de una asociación de bolivianos que recauda fondos para el tratamiento de niños quemados en Bolivia.

Tiene la idea de devolver eso que la vida le ha dado. “Voy a trabajar unos años más en el exterior, pero después quiero volver a mi país para dar clases como voluntario en alguna universidad.

Yo sé que nuestra gente es muy humilde y ése es un plus, pues quien ha crecido sin las comodidades de un hogar acaudalado después tiene las ansias por conseguirlo todo”, señala Sergio antes de volver a partir hacia el Golfo Pérsico. Para seguir girando.

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