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'Recortajes'

A Jorge no le gusta que sus nietos hayan sustituido los libros y las enciclopedias por los celulares.

Jorge Noya Manzano ha decorado su casa en Achumani, zona Sur de La Paz, con mariposas de papel y retratos íntimos de sus seres queridos. Foto: Álex Ayala

Jorge Noya Manzano ha decorado su casa en Achumani, zona Sur de La Paz, con mariposas de papel y retratos íntimos de sus seres queridos. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 16 de agosto de 2015

Jorge Noya Manzano, camisa a rayas, pelo blanco, pantalón por encima de la cintura, 88 años, descuartiza —“destripa”, dice él— tres periódicos al día. Todas las mañanas, tras asearse y tomar un buen desayuno, agarra unas tijeras, se sienta en el living comedor o en la cocina de su departamento de Achumani y durante hora y media —mientras bebe dos vasitos de agua tibia, porque ha leído que es beneficioso para la salud— recorta las últimas noticias. Después del almuerzo, las selecciona, las mete en folders rotulados con temas diversos y de vez en cuando —en ocasiones, hasta tres veces en una semana— se las manda por correo postal a algunos de los parientes que tiene en ciudades como Potosí, Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba. Totalmente convencido de que sus “recortajes” (de que los dosieres que prepara para ellos) serán útiles en algún momento.

Jorge, que de joven fue radialista y un intrépido trotamundos que visitó Japón, Italia, India, Hungría y otros países de Europa y de Asia, adquirió la costumbre de clasificarlo todo hace varias décadas, mientras trabajaba en La Paz como jefe de prensa de la Embajada de Estados Unidos. Allí, antes de la hora de entrada, preparaba listados con los titulares más importantes de la jornada para que el agregado cultural, el embajador o el encargado de negocios se mantuvieran al tanto de las novedades relacionadas con lo que cada uno hacía. Tras retirarse, siguió repitiendo esta rutina y hoy su hogar está repleto de portafolios que le ayudan a mantenerse informado. Jorge dice que, cuando halla algo en los diarios que considera que podría servirle a alguno de sus nietos o a sus sobrinos, lo guarda aparte para enviarlo lo antes posible. Y los demás artículos los archiva “con la esperanza de que alguien se interese por ellos en el futuro”.

En uno de los cartapacios de este periodista jubilado amante del papel y de la vida contemplativa, hay notas que hablan de los ferrocarriles de Bolivia y el mundo. En otro, historias sobre el Sol, las estrellas, la exploración espacial y los planetas. Uno de ellos lo ha dedicado a las ruinas de Tiwanaku y a sus monolitos de piedra. Presume de otro que comenzó a armar en 1987 con crónicas y reseñas sobre pintores ilustres. Hay uno con escritos sobre aviación. Otro lo emplea para almacenar viñetas satíricas. Y en un sobre tiene avisos necrológicos con el borde sombreado y letras de distintos tamaños.

Aunque considera que dos de los grandes hitos de la humanidad han sido la llegada del hombre a la Luna y la revolución tecnológica, a Jorge no le gusta que los hijos de sus hijos hayan sustituido los libros y las enciclopedias por teléfonos celulares. La televisión no le interesa —“es demasiado sensacionalista”, argumenta—. La política suele aburrirle. Y lo único que consigue distraerle son las tijeras con las que construye sus “recortajes” (sus bancos de datos).

Mariposas y retratos

Jorge cuela los textos que selecciona en hojas blancas y procura que siempre estén a la vista la fecha y el medio en el que se han publicado. Y de vez en cuando realiza algunas anotaciones en un costado. “Mis carpetas son puro conocimiento —dice orgulloso mientras me muestra algunas de ellas—. Cualquier noticia, para que seduzca al lector, debemos ‘vestirla’, y para eso son los detalles que he ido acopiando”.

Los tabiques que separan el living comedor de Jorge de otras habitaciones más pequeñas son también un homenaje al corta y pega. Pero no están decorados como sus famosos portafolios (con los últimos acontecimientos), sino con cientos de mariposas de colores que recorta de revistas normales o especializadas que compra o que le regalan. “Empecé a coleccionarlas para despejar la mente, recuerda, y porque me enferman los rincones vacíos”. “Algunas son grandes y otras chiquitas; a veces, las cambio de sitio; y cuando acabe con las paredes continuaré con el techo”, amenaza (y luego se ríe). Su collage interminable se combina con imágenes de sus viajes en las que se lo ve montando a caballo o sobre un elefante y con retratos de sus abuelos, de sus padres, de su mujer, de sus hijos, de sus nietos, de sus hermanos. “Éste es el único lugar que ha conseguido reunir a todos los familiares”, bromea mientras los mira, y después me conduce hasta su dormitorio y me enseña unos folders con fotografías de relojes y de botellas de trago que seguramente desempolvará muy pronto para adornar algún cuarto.

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