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Redención de Conejo

Ricardo Vilela cuenta su infancia de carencias, desde donde forjó a uno de los personajes más queridos de la televisión, el Conejo Ricky.

Personaje. “Debería haber escogido otro personaje, uno más fácil, como un gato o un lagarto, pero he elegido un conejo”, dice Ricardo, quien confiesa que con su personaje rejuvenece al menos 20 años. Foto: Pedro Laguna

Personaje. “Debería haber escogido otro personaje, uno más fácil, como un gato o un lagarto, pero he elegido un conejo”, dice Ricardo, quien confiesa que con su personaje rejuvenece al menos 20 años. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 12 de abril de 2015

Su imagen no pasa desapercibida con esas orejas largas y las grandes patas blancas, la jardinera a cuadros y la guitarra con forma de zanahoria. “¡Hola, conejito!”, le dicen algunos mayores. “¡Hey, Conejo!”, le llama un grupo de adolescentes. En la calle es simplemente un conejo, por lo jovial y porque está lleno de energía.

El Conejo Ricky es un personaje de la televisión de los años 80, conocido por “los niños mayores de 30 años”, que tras un tiempo volvió a aparecer con más fuerza y con más proyectos, con una vida compartida con Ricardo Vilela, aunque se desconoce quién es el álter ego. Para saber más de ambos es necesario ingresar a su cueva, a lo más hondo de sus sentimientos, en los 58 años de la persona y más de 35 del personaje. Al tocar la puerta de su vivienda, Ricardo nos recibe como si fuésemos amigos de toda la vida y nos hace bajar las gradas y pasillos hacia un departamento en el subsuelo. Su sala parece la escenografía de un programa infantil, por los colores que resaltan y el espejo desde donde muchas veces han hablado el Conejo Ricky y Ricardo. Nuestro anfitrión viste de manera formal, con zapatos lustrados, pantalón y chompa oscuros y una chamarra de cuero que recuerda sus años de jovenzuelo rebelde.

Ricardo se ve tímido, serio y triste, pero de a poco abre su corazón y deja salir los sentimientos de casi seis décadas de vida. “Lamentablemente, mi madre no recibió educación porque quedó huérfana y mi abuela no sabía leer ni escribir. Cuando era niño le mostraba mis tareas a mi mamá y ella me decía sí, que estaban bien, pero no era así, porque ella tampoco sabía leer ni escribir”, se quiebra la voz de Ricardo ante los recuerdos de su infancia. “Teníamos que estudiar con velita, sentados en un adobe, en una mesa de cartón; el dueño de casa nos cortaba la luz, vivíamos en un solo cuarto”, continúa.

En esa lucha por sobrevivir, como primeros recuerdos tiene el haber ayudado a su madre y a su abuela a lavar ropa ajena, a cocinar en las casas y a cuidar niños de su edad, y también tuvo que desempeñar el papel de padre, pues tenía que proteger a sus tres hermanos menores. “En ese trajín de atender a niños en casas que no eran mías aprendí a hacer juegos recreativos y a pasar el tiempo lo mejor posible; me inventaba voces, creaba personajes, bailaba, sonreía; creo que ya estaba armando un personaje en aquel tiempo”, comenta. “Mi madre y mi abuela, que para mí fueron la mejor universidad, me enseñaron los mejores valores”, sostiene Ricardo, quien recuerda que tuvo varios oficios, como vendedor de periódicos, ayudante de zapatería, carpintero, panadero, pintor de brocha gorda y lustrabotas. “Empecé con una cajita a lustrar zapatos, en la parada del micro 15 en Villa Copacabana. Con mis hermanos iba al estadio a vender refrescos y sándwiches”. Otro recuerdo suyo es la Navidad. “Como mi madre y mi abuela cocinaban en casas ricas, nos traían lo mejorcito que había sobrado. A nosotros no nos interesaba eso. Reunía a mis hermanos y les decía: ‘¡Ahora tenemos nuestra Navidad! ¡Hasta hueso nos han dejado, no importa, vamos a comer!”. En su mundo también estaba el niño travieso que huyó de casa.

“Como mi abuela lavaba ropa, un día fui a recoger 20 pesos por el trabajo. En la calle estaban jugando a las bolitas y me metí. Ya eran las dos de la tarde y estaba perdiendo, pero seguía apostando hasta que perdí todo lo que me habían dado”. Era de noche, por lo que el niño recurrió a la única solución que veía a su edad: escapar de su casa y no volver. En ese ínterin vivió lo que pasan los niños de la calle, pues dormía donde podía, generalmente cerca de los pinos de la avenida Busch; trabajaba de pasapelotas en el Club Tenis La Paz, pedía limosna y comía lo que podía. Después de dos años, Ricardo, ya de 11 años, obtuvo los 20 pesos que había perdido en las bolitas y decidió retornar a su hogar. “Estaba tan harapiento que cuando toqué la puerta de mi casa, uno de mis hermanos no me reconoció y me cerró la puerta. Me reconoció mi hermano menor, llamó a la abuela y nos abrazamos todos”. Durante el relato, mira la pared como si fuese una pantalla donde se refleja su pasado, como si volviera a ver a sus hermanos menores, a su mamá y a su abuela. “Si bien mi infancia fue mala, era una experiencia que tenía que pasar para valorar la vida. Qué lindo que haya pasado eso, que haya compartido con changos del barrio, que haya ido a trabajar, porque esa experiencia me hizo vivir la vida”, reflexiona.  Las carencias hicieron de Ricardo un luchador en la vida, quien a través de la comunicación buscó mejores oportunidades. El Negrito, como le dicen, aprendió el  oficio de titiritero y se inscribió en la escuela de teatro.  Su búsqueda por mejores días hizo que bregara para ingresar a los medios de comunicación, y gracias a su insistencia trabajó en las radios Progreso, Altiplano, Aspiazu, El Cóndor y Nueva América, además de la radio Telamayu, en el  frío distrito minero de Atocha.

Ricardo también había creado dos personajes. “El Abuelo Bigotes era interesante, alegre y feliz al igual que el Conejo Ricky, solo que no saltaba, pero tocaba la guitarra. El Melcochín era un niño que ayudaba a entender al abuelo la problemática del mundo”, describe con la entonación de voz de ambas figuras. Tino Lozada le dijo a Ricardo que “por ética” no podía haber dos abuelos, pues él personificaba al Abuelito Tino, así es que de esa manera fue enterrado el Abuelo Bigotes. Asimismo, Melcochín fue archivado debido a que una productora de televisión le dijo a Ricardo que había que nacer para ser artista. “Si me hubieran aceptado en ese tiempo ahora sería Melcochín, y si el Tino Lozada me decía que siguiera con el Abuelo Bigotes, tal vez no existiría el Conejo Ricky”. La presentación oficial del Conejo Ricky al mundo artístico ocurrió el 20 de octubre de 1980, durante la inauguración del parque Laikakota, en La Paz, cuando el entonces alcalde Raúl Salmón lo convocó para que animara esta actividad junto al Oso Yogui (su hermano Jorge), el Gato Silvestre (su hermano Marco) y Tan Ton Tin (Carlos Díaz), entre otros. No obstante, el personaje nació algunos años antes. “Un gringuito me regaló unos tenis verdes de talla 50, entonces me puse unos pantalones del mismo color, con unas orejitas de llama, un mameluco y una pijama entera antigua para presentarme” como el Conejo Ricky. Ricardo estaba dispuesto a continuar ascendiendo en la vida, así es que visitó el canal 13 (Televisión Universitaria) para ingresar al programa Tris Tras Trece, dirigido por Miguel Paredes (el payaso Trapito). Cuando el Conejo Ricky improvisó una canción para el programa, el director de este medio, Julio Barragán, lo escuchó y le anunció que iba a empezar a trabajar esa misma tarde. En un principio aparecía los martes y jueves, y luego lo hizo todos los días.  Después se fue a Televisión Boliviana canal 7, donde condujo Tu Pequeño Mundo, desde donde se hizo conocido en todo el país. “Cuando eres joven te enceguece la fama”, sentencia Ricardo al tiempo de recordar que cayó en el vicio del alcohol. “He perdido fácilmente dos casas y cuatro autos en las farras, haciéndome al macho”, dice. “‘Eres hombre público, están pendientes de vos, dejá de tomar’, me decían, pero mis ideas ya no eran claras”, admite, aunque señala que nunca fue ebrio a canal 7 para conducir el programa. Después de salir de Tu Pequeño Mundo se dedicó a hacer giras por el país, con lo que luego prácticamente desapareció de la escena artística nacional. El Conejo Ricky se presentaba en los cumpleaños solo para sobrevivir, para generar dinero y sacar al niño que tuvo que hacerse maduro para cuidar de sus hermanitos. Hace cuatro años, debido a una enfermedad extraña que atacó a uno de sus hijos, Ricardo decidió dejar la bebida. “Dije ya no más, me arrodillé y pedí a Dios que me ayudara a salir de este mal momento”, recuerda. Desde ese momento se repuso y también se solucionó el problema familiar. Ricardo salió de la cueva para escribir un manual para cumpleaños, cartillas educativas sobre la demanda marítima, y textos sobre pintura y dibujo...  El Conejo Ricky salta de un lugar a otro, de un hospital para visitar a los enfermos a un partido de fútbol, y ahora se encuentra en Argentina, para la comunidad boliviana.  Y es que el Conejo se siente libre porque se ha redimido.

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