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Redescubrir el Lago: Una ruta vial turística alternativa

Una carretera de 48 kilómetros inaugurada hace casi tres años transcurre por una cara poco conocida y casi virgen del Titicaca.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 02 de febrero de 2014

No hay ningún cartel que indique a dónde lleva la carretera y eso que fue inaugurada como ruta turística, hace más de dos años. Simplemente, de la calzada que va hacia Tiquina, después de pasar por Chua Cocani —donde está el Batallón de Infantería de Marina Motorizada VI Independencia del IV Distrito Naval del lago Titicaca —, sale otra vía a mano derecha a la altura de Jankho Amaya. Buena parte de los turistas que van a pasar el día a la zona probablemente continúen camino hasta Copacabana, mientras que otros se habrán quedado más atrás, en Huatajata, comiendo una trucha recién pescada. Sin embargo, quienes busquen otra cara del lago (menos vista y más limpia), podrían tomar el camino que va por la diestra: es la carretera que lleva hasta Achacachi por la costa pasando por Santiago de Huata y otras 25 poblaciones.

Tras pasar por el primer tramo del camino, sobre el que hay un pequeño derrumbe que ha caído del cerro que atraviesa la carretera, se llega a una planicie que, en esta época, luce un manto verde salpicado de pinceladas color violeta de las flores de la papa, blanco de la arveja y amarillo de la ñusta. También asoman los granos amontonados y espigados en tono violeta de las plantas de quinua. Parece un cuadro puntillista que solo puede admirarse unas semanas al año. Y éste es el momento en que es posible observarlo al natural.

Más adelante comienzan a verse playas como la del pueblo de Cocotoni, aunque parece inaccesible: el agua del lago se ha extendido tierra adentro haciendo de los campos entre la orilla y la carretera un gran lodazal. De repente el terreno se eleva y, desde lo alto, se ve una comunidad a la que no se sabe muy bien cómo bajar.

La carretera está vacía. De vez en cuando pasa algún minibús a recoger a alguna de las personas que aguardan pacientemente al borde de la vía.

En Tajucachi, una comunidad algo alejada del Titicaca, hay una laguna en la que crece la totora y en la que se ven algunos botes. Marcelino Bautista, un lugareño, cuenta que en esas aguas los habitantes del lugar pescan caraches usando redes. Pero aquí los turistas no pueden parar a probar algún plato preparado con este pescado porque no hay dónde, por lo que Marcelino recomienda continuar la marcha hasta Santiago de Huata, donde además uno puede alojarse. Sin embargo, antes de dejar esta comunidad, sugiere que los visitantes vayan a ver la isla Sunat’a, un pequeño trozo de tierra no muy lejano de la orilla del lago Titicaca al que, cuando el nivel del agua baja durante la época seca, los vecinos pueden llegar a pie.

El camino al islote está indicado sobre la fachada de una casa, en la que un letrero y una flecha señalan que hay que atravesar la comunidad —se puede hacer sin bajar del auto—. Tras dejar atrás las viviendas, el camino discurre entre campos en los que crece quinua y papa. Luego hay que bordear por la izquierda un montículo que se alza frente a la costa y ahí está la playa y, en el agua, Sunat’a.

El vaivén de las olas mueve las algas verdes que crecen entre las piedras cercanas al borde del lago. El fondo se ve claramente bajo el sol radiante de la mañana, no hay basura flotando, huele a limpio y los únicos sonidos que se sienten son los de la naturaleza. Solo falta poder darse un baño.

Varios bancos rústicos hechos de madera invitan a sentarse frente al azul brillante de la superficie y al islote cercano. Más allá hay un pequeño embarcadero hecho de piedras. De él parte hacia Sunat’a un camino pedregoso cubierto por algunos palmos de agua. Con unas botas de goma se podría llegar al otro lado sin necesidad de esperar a la época seca. En la parte más alta de la isla se ven algunos bancos para disfrutar de la vista desde el otro lado.

Rumbo a Santiago de Huata

De nuevo en la desierta carretera. El Titicaca está oculto por los campos elevados hasta que vuelve a aparecer por la izquierda. El camino se inserta en una bahía en la que, en el centro, hay un gran núcleo poblado. Primero está Urcachi Grande, donde se ve a varias personas trabajando el campo. Pero el pueblo que al que verdaderamente podría dársele el adjetivo de extenso es Huata, como se lee en el cartel de la calzada, a unos 25 km de la bifurcación de la carretera a Tiquina. En el letrero falta la parte colonial del nombre: Santiago de...

La plaza principal es fácilmente identificable desde lejos: la fachada de piedra del templo religioso se ve incluso desde el camino. Los habitantes del lugar lo construyeron “sin más paga que la coca” y lo terminaron en 1797, según la publicación de la Universidad Mayor de San Andrés del año 2007 titulada Santiago de Huata: Historia de una región del Titicaca, de Froilán Mamani. Dieciocho años antes de la edificación de la iglesia se había fundado el pueblo de Santiago de Huata sobre un lugar habitado desde el 1800 a. C. Urus y chiripas han sido algunos de los pueblos que han vivido en este sitio.

Durante la época de las reducciones en la zona del lago, los indígenas fueron concentrados en lugares como Achacachi, Copacabana y Huarina para que asimilaran por la fuerza la cultura colonial, mientras que en Santiago de Huata se establecieron estancias de españoles. “Caciques, comerciantes, estancieros y autoridades eclesiásticas” fueron los primeros residentes de la Colonia.

Santiago, invocado por Francisco Pizarro en Cajamarca y a cuyo llamado acudió un rayo, hizo que los incas y los pueblos bajo su control identificaran a Illapa con este apóstol caracterizado por un carácter fuerte. Con la fundación del pueblo añadieron el nombre santo al de Huata, palabra aymara derivada de un vocablo puquina: mientras que la palabra original, coata, quiere decir tierra de dioses o lugar divino, huata significa algo así como pies insertados en el lago, según el documento académico.

Dentro de la iglesia, reformada en 1997, están los patrones del pueblo: el Tata Santiago y la Virgen de la Natividad, además de varias representaciones de Cristo (la que hay ante el altar de Jesús crucificado muestra el sufrimiento sin ningún tapujo) y una cruz cubierta con una tela de terciopelo verde profusamente decorada con hilo dorado. Es el Tata Justo Juez, que cuenta con muchos devotos en el pueblo y cuya fiesta es el 3 de mayo (el Día de la Cruz). También hay pinturas coloniales que muestran pasajes bíblicos de la vida del rey David.

Para visitar el templo, que no está siempre abierto, hay que solicitar permiso al diácono, quien también puede permitir el acceso al campanario. Tras ascender por un estrecho pasillo escalonado se llega a la única torre de la iglesia, en la que hay seis campanas de diferentes tamaños: tres denotan ya el paso del tiempo (según las inscripciones que tienen, son de 1811) y la presencia corrosiva de palomas. Las otras son del año 2005 y en ellas está grabado el nombre del centro religioso: Parroquia de la Natividad.

Desde aquí arriba se ve el pueblo y toda la bahía bañada por el Titicaca. Enfrente está el calvario, desde donde hay  una vista mucho más amplia. Si se tiene tiempo se puede subir también a alguno de los cerros del entorno.

Después de Huata, la carretera continúa bordeando el lago durante unos 23 kilómetros más hasta alejarse de la costa para desembocar en Achacachi. Atrás quedan niños pescando con red y jugando en el agua, campos floridos y una embarcación de vela roja surcando el lago.

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