Escape

Refugio vital

El turista, al alojarse, ayuda a una obra ecológica

La Razón / Eduardo Schwartzberg

00:00 / 19 de agosto de 2012

En La Senda Verde, hacer turismo es obtener conciencia sobre la protección de los animales y el respeto por la naturaleza. Su fuerza, en tal sentido, se respira y se palpa ni bien uno repara en el tucán de madera cuyo pico dirige al viajero hacia la puerta de ingreso. Se toca el timbre y unos minutos después asoma el comité de bienvenida al otro extremo del puente que cruza el río Yolosa (Nor Yungas). 

“Nunca pensamos en tener un santuario de animales”, explica Vicky Ossio, quien junto a su esposo Marcelo Levy comenzó hace ocho años esta experiencia de conservación. Ella estudió economía y educación, además de haber aprendido sobre las sociedades humanas con intelectuales  de la talla de Silvia Rivera Cusicanqui, el padre Luis Espinal, Luis Suárez Guzmán y Salvador Romero Pittari en las aulas de la Carrera de Sociología, en la década de los 70; trabajó en el área rural, al igual que Marcelo, quien estudió finanzas.

Un proyecto de educación para estudiantes de Coroico y alrededores, como parte de la Reforma Educativa, posibilitó el inicio de una vida de compromiso con la naturaleza y la vida. “Fue un día en que sentí que la naturaleza me abrazaba, que me acogía, cuando conocí este lugar”, recuerda Vicky. Aquella vez, al volver a su hogar le dijo a Marcelo que había encontrado el sitio donde quería pasar el resto de sus días.

Ciruelo, el inicio

No fue fácil convencer a la señora propietaria del lugar de que se los cediese; pero al final lo compraron. Al poco tiempo y de forma inesperada comenzó a definirse La Senda, cuando se enteraron de que un camionero que viajaba con destino a La Paz llevaba un mono capuchino. Fueron a rescatarlo y lo acogieron en su hogar; Ciruelo, como le llamaron, es hoy el mono alfa del grupo de los capuchinos. Desde entonces, más y más animales silvestres, arrancados de forma irregular de su hábitat, fueron llegando al lugar.

“La Senda Verde tiene una energía muy especial; aquí no sólo ves la naturaleza, sino que la sientes”, dice Vicky sentada en una de las mesas de la “cafetería enjaulada”, donde los voluntarios y los visitantes pueden pasar el tiempo de ocio mientras las aves y los monos trepan el alambrado con que están hechas las paredes, para observarlos. Exactamente al revés de lo que sucede en un zoológico.

Pese a lo dicho sobre Ciruelo, fue la llegada de un oso jucumari, Aruma, la que marcó el hito definitivo. Animales SOS y otras instituciones que trabajan en la protección de la fauna derivaron ejemplares a La Senda. Fue necesario entonces, en coordinación con la Dirección General de Biodiversidad, obtener la autorización para el manejo de animales.

En 2011, una semana después de que la octava marcha indígena por el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) pasase por La Senda Verde, los Levy recibieron una llamada de la Dirección General de Biodiversidad. Les explicaron que la Gobernación de Chuquisaca había rescatado a un oso jucumari que vivió encadenado y en condiciones de maltrato en una de las tantas casas humildes de Incahuasi. Cuando Vicky y otras seis personas esperaban al oso en el aeropuerto de El Alto, decidieron que si era macho o hembra, igual iba a llamarse Tipnis, “nombre perfecto en homenaje a la marcha indígena”.

Los jucumari son osos andinos en peligro de extinción debido a la destrucción de su hábitat que, en Bolivia, está al este de la Cordillera Oriental, en los bosques de ceja de montaña, páramos húmedos y bosques montañosos de La Paz, Beni, Cochabamba, Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija. 

Tipnis tiene seis meses de edad y pesa alrededor de 60 kilos; está en un encierro especial mientras aprende a usar el alambrado eléctrico y hasta que Aruma, su vecino, se adapte a su nueva compañera. Si bien puede pensarse que a partir de esta relación habrá más osos, la posibilidad está descartada, pues en La Senda no se apoya que los animales nazcan en cautiverio; de hecho, individuos en tales circunstancias son los que son rescatados y llegan hasta el refugio.

La Senda Verde tiene una extensión de 11 hectáreas; Tipnis dispone de un espacio de 1.200 metros cuadrados y Aruma de tres mil. Hay, además, 350 animales de 35 especies diferentes. “Estoy muy preocupada porque se ha incrementado la trata y el tráfico de animales silvestres y los que son rescatados son cada vez más”, comunica sus penas Vicky. Si hace dos años recibían un promedio de seis animales por mes, en 2011 llegaron 18 y en lo que va del año presente, ya son como 25 .

Otro de los problemas es el de la alimentación, ya que si antes se podía encontrar la comida, principalmente fruta de los vecinos y de lugares cercanos, ésta escasea en Yungas y su costo es más elevado. El problema mayor, sin embargo, es la falta de espacio que está causando conflictos de convivencia entre los animales.

La Senda Verde, en convenio con una empresa de turismo, recibe gente que hace el viaje por “el camino de la muerte” en bicicleta. El alojamiento en las cabañas no incluye visitas a los animales, para evitar molestarlos, pero es posible un corto recorrido si existen personas muy interesadas.

El proyecto se sostiene por el turismo y la ayuda de los voluntarios, quienes aportan para la alimentación y cuidado de los animales. La Senda Verde cuenta con dos veterinarios: Iván Rodríguez, que se encarga de la parte clínica, y Adriana Orellana de la nutrición, además de capacitar a los voluntarios, los que pueden llegar a ser 12 personas en el mejor de los casos.

Adriana explica que trabajar en el lugar exige una gran dedicación, pues cada animal tiene una personalidad que demanda de atención individualizada. Una de las nuevas voluntarias es la británica Megan, quien luce la camisa celeste que identifica al grupo; cuenta que, viajando alrededor de Sudamérica, arribó a Yungas y supo de La Senda, de manera que decidió quedarse y disfrutar con esta obra el tiempo que le queda antes de volver a su país. Un compatriota, Joe, es inspector petrolero y supo del lugar en 2010, año en que se quedó durante una semana. Volvió el año pasado y este 2012 por tercera vez, dispuesto a trabajar durante seis meses.

Coherencia ecológica

Una de las tantas características que hacen de La Senda Verde un lugar especial tiene que ver con el mobiliario y otros implementos, como los de la señalización, que resultan de los residuos de troncos arrastrados por el río. En las manos hábiles de Carlos Yujra, todo material se convierte en piezas envidiables dispuestas en los senderos y en las habitaciones. El pernoctar en algunas de las cabañas tiene el atractivo de sentirse arrullado por la naturaleza. E implica entender muy bien las palabras de Vicky: es un lugar en el que, de ser posible, se podría pasar el resto de los días. O al menos unos cuantos, con tan solo hacer el contacto previo en www.sendaverde.com.

Hay que decir que uno más de los problemas que los Levy, y la zona noryungueña en general, tienen por enfrentar, está relacionado con la minería. La Cooperativa Minera Uchumachi ha manifestado sus intenciones de retornar a las actividades en un área que colinda hacia arriba con La Senda Verde. Y la cooperativa Yolosita ya está trabajando en la parte inferior, camino al pueblo homónimo. Estas actividades contaminan las aguas del río y la vida en general se pone en peligro, alerta Vicky.

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