Escape

Reino de otro planeta

Roberto tiene un álbum con los mechones de algunas personalidades que estuvieron bajo la dictadura de sus tijeras.

Roberto posa en su boliche junto a su mobiliario antiguo de peluquería. foto: Álex Ayala

Roberto posa en su boliche junto a su mobiliario antiguo de peluquería. foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 01 de marzo de 2015

La casa de Roberto Cazorla parece un reino de otro planeta. Es una oda al recogimiento. Un lugar repleto de habitaciones con aroma a madera vieja que te invita a recostarte en el sofá con una pipa, un gato sobre el regazo y un buen libro de misterio entre los dedos.

Roberto tiene cinco perros, varios mininos y colecciones completísimas de tazas, de maletas, de triciclos, de radios rectangulares, de maniquíes, de jarras, de palanganas, de serpientes de peluche, de propagandas de estilo vintage, de lámparas, de baúles, de teléfonos de disco, de carteras, de retratos en sepia y fotografías en blanco y negro, de soldaditos de plomo, de muñequitas de porcelana, de armas de duelo y de cornamentas.   

Su casa es además un pub alumbrado con focos de colores cálidos que abre al público de martes a sábado. Un islote en tierra firme por el que han caminado pintores, expresidentes, poetas, empresarios, cholitas escoltadas por choferes experimentados y artistas internacionales —como Pawel Maciwoda, bajista de la agrupación Scorpions, o la cantante Gloria Trevi—. Y un oasis para la imaginación que no figura en el callejero.

Según algunos de los parroquianos de Roberto, La Costilla de Adán (su boliche mítico) “es el secreto mejor guardado de la ciudad de La Paz”. En la puerta, no hay ningún letrero que lo identifique. “Aquí se llega así nomás”, comenta nuestro anfitrión, “gracias al boca a boca”, sin brújula. Y para entrar simplemente hay que tocar el timbre.

Peluquería retro

Roberto nació el 31 de diciembre de 1963, probablemente en mitad del frío. Lo hizo en Tupiza, una localidad con más de 40.000 habitantes y paisajes desolados tipo Far West (a pocos kilómetros de la frontera con la Argentina). Y se sintió atraído por las antigüedades desde que era niño. “De mi abuela heredé una lata de café y un molinillo manual de pimienta; uno de mis tíos me regaló después una sombrerera muy linda; y con el tiempo, mi afición por este tipo de detalles fue en aumento y me convertí en un obsesivo”, me cuenta mientras mira hacia la chimenea del local. Hoy, su mobiliario está compuesto por miles de cachivaches únicos que ha recolectado en ferias y en domicilios particulares. Y a pesar de que ya casi no hay espacio para nada más, continúa creciendo.

Para no aburrirse, y también para quitar el polvo, Roberto a veces cambia los objetos de sitio. “Me gusta que las cosas estén en movimiento”, dice. Y luego me cuenta que lleva algunas semanas intentando adecentar un hall del segundo piso (en el que guardaba útiles de jardinería) para instalar una diminuta peluquería retro y regresar a sus orígenes. Roberto es estilista de profesión. Hasta hace algunos años manejaba un salón tradicional por el que pasaron desde presentadores de televisión hasta misses. Y dispone de las herramientas necesarias para comenzar de nuevo: sillones clásicos con tapizados de otra época, secadoras de pie con más de tres décadas encima, rociadores de pelo con mango de goma, cartucheras de cuero, peines de metal y de plástico. Conserva hasta un álbum con los mechones de algunas de las personalidades que en algún momento estuvieron bajo la dictadura de sus tijeras; y maquinillas eléctricas de las de antaño —como las que usaban en las barberías de los 70— que funcionan aún como el primer día.  

Buena parte de este instrumental de museo lo recibió de una tía abuela que para hacer la permanente utilizaba un monstruoso artefacto que conectaba cada bigudí para fijar los rizos con unas mangueritas que se introducían en una olla de agua caliente. “Y que podría haber causado más de un accidente —ríe Roberto—. Pero nunca ocurrió nada”. Después comenta que “la mujer confía más en su peluquero que en su propio marido”; y luego asegura que en esta profesión nadie es inmune a las meteduras de pata.

Cazorla, por ejemplo, cuando empezaba, le pegó un susto a su prima tras un descuido funesto. “Le estaba tiñendo, me escapé a comprar el pan, me demoré en la fila y, cuando volví, su cabello se le salió de la cabeza como si se tratara de una peluca mal hecha”, recuerda. Después, se desliza por las escaleras como un autómata y me muestra el que pronto se transformará en uno de los ambientes más alocados de sus dominios. Y una vez allí, sueña en voz alta: “como ves, en la pared ya coloqué un espejo. Hay espacio como para dos o tres personas y para que meta todo mi equipamiento. Y por las noches quizás hasta me anime a hacer cortes frente a la clientela” (en vivo y en directo).

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