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Rescatando Culiacán de la narcocultura

Un colectivo trabaja para rehabilitar espacios abandonados y proponer una alternativa.

La Razón (Edición Impresa) / Mariluz Peinado, El País

00:00 / 12 de enero de 2014

La colonia 5 de Mayo de Culiacán (capital del Estado de Sinaloa) no transmite mucha alegría: es una acumulación de casas grises que trepa por una ladera.

Pero el 5 de mayo de 2013 se puso de fiesta gracias a un grupo de vecinos que se empeñó en recuperar un edificio abandonado. Sacaron botes de pintura y de ellos empezaron a crecer árboles y animales en las paredes. Los responsables quisieron que los niños participaran en el evento: algunos estamparon sus manos llenas de pintura y otros escribieron frases en los muros. Dos niños de poco más de seis años —su frase estaba a media altura, hasta donde alcanzan los de esa edad— plasmaron una estrofa de un narcocorrido dedicado al Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa.

América se quedó fría al encontrarse con aquello. “Ni siquiera saben lo que significa pero están tan acostumbrados a escucharlo que, cuando les dijimos que escribieran lo que quisieran, escribieron eso”, dice la maestra de 23 años que participó en la recuperación del espacio. América volvió a encalar la pared y con restos de pinturas de colores escribió “RecuperArte”.

El juego de palabras es el nombre de un proyecto que, desde hace más de un año, rehabilita antiguas casetas que la Policía local usaba como calabozos —vestigio de la enésima iniciativa policial fallida para contener los estragos del narcotráfico— y que, paradójicamente, luego se convirtieron en puntos de venta y consumo de droga. Este colectivo ha empezado a recuperarlos y transformarlos en centros de reunión para los vecinos. Ya suman ocho edificios rehabilitados donde los fines de semana ahora se celebran talleres de pintura, títeres y teatros para ofrecer una alternativa a los más pequeños.

Para un lector descreído y ajeno a la realidad sinaloense, combatir el narcotráfico con botes de pintura, frases de El Principito y juegos infantiles podría parecer algo naif. “Estos chicos son un oasis en medio del infierno. Son la apuesta más importante de la sociedad civil en Culiacán en los últimos años”.

Quien lo dice es Javier Valdez, experimentado periodista y fundador del semanario Río Doce, una publicación sinaloense especializada en denunciar nexos entre la política y el narcotráfico. Valdez, autor del libro Los morros del narco. Historias reales de niños y jóvenes en el narcotráfico mexicano, ha visto muchas veces cómo los niños crecen en la llamada narcocultura. “Aquí todo es narco”, explica. Por eso las acciones de RecuperArte le parecen tan necesarias.

Este movimiento ilustra bien la lucha entre dos mundos que, de manera silenciosa, acontece en las calles de Culiacán: la de un grupo de ciudadanos anónimos que, en esta ciudad de casi un millón de habitantes, proponen alternativas a un modo de vida que ha acabado engullendo a tantos vecinos. Los miembros de la asociación se encuentran con niños que escuchan narcocorridos en sus teléfonos y que a la pregunta de que qué quieren ser de mayores responden con un escalofriante: “sicarios”. “Para ellos es lo normal. Los padres de muchos viven de eso. Lo que intentamos es explicarles que, aunque sea normal, no quiere decir que sea bueno. Que también pueden elegir ser médicos o profesores”, señala Olivia, otra de las integrantes.

Las guías turísticas apenas dedican unas líneas a Culiacán. “No hay mucho que hacer, a no ser que quieran hacer el narcotour”, dice un habitante de la ciudad. El narcotour lo forman una serie de lugares en los que de una u otra manera se exalta la vida de los narcotraficantes: el lugar en el que tirotearon en 2008 al hijo del Chapo Guzmán, parte de la guerra entre el cártel de Sinaloa y el de los Beltrán Leyva que ha dejado regueros de muertos en el Estado.

O el cementerio sobre el que se han escrito cientos de reportajes y donde descansan los restos de muchos narcos en lujosos nichos que incluso tiene calefacción. O, quizás, el mayor exponente de la narcocultura: la capilla del Malverde, un bandido mitad mito mitad real al que los narcotraficantes veneran como si se tratara de un santo.

De nuevo la frase de Valdez, “aquí todo es narco”. Es cierto: el tema acaba saliendo una y otra vez, de manera directa o tangencial, aunque no se busque hablar de ello. Uno de los grandes orgullos de la ciudad es su magnífico jardín botánico, con más de 1.000 especies de plantas diferentes y que contiene una hermosa colección de esculturas contemporáneas. Entre palmas y bonsáis, el visitante puede toparse con una especie de tumbonas de cemento, firmadas por la artista mexicana Teresa Margolles. A simple vista, pueden parecer unos bancos de cemento. Todo cambia cuando la guía cuenta que el agua empleada en su elaboración procede de la morgue y que con ella se lavaron cadáveres de personas asesinadas. Al saberlo, algunos visitantes se levantan de un brinco, aunque otros se quedan pensando. Otra vez esa lucha silenciosa.

A la misión de RecuperArte se han sumado otros movimientos y en sus talleres participan agrupaciones como Hip hop y Arte urbano en Culiacán o un colectivo de ciclistas que enseñan cómo arreglar tu propia bici. Se han convertido en una especie de bisagra entre asociaciones. Y también han conseguido zarandear algunas conciencias políticas. Cuando las autoridades municipales se enteraron de que estaban rehabilitando un enorme teatro que había estado abandonado durante años, no tuvieron otra salida que enviar a sus operarios a hacer un trabajo que habían evitado desde hace mucho.

Puede que los voluntariosos jóvenes que participan en el proyecto lo desconozcan, pero el papel de los ciudadanos en la reconstrucción de un tejido social contaminado ha sido históricamente decisivo para operar un cambio. Existe el ejemplo relativamente cercano de Libera, una sociedad fundada en 1995 en Sicilia que llegó a reunir a 1.500 asociaciones que tratan de difundir la “cultura de la legalidad” y que recupera bienes y terrenos confiscados a la mafia.

RecuperArte también ha devuelto a la ciudadanía una caseta en la colonia 10 de Mayo. En ella se han hecho talleres de títeres, de jardín vertical, de actividades físicas, etc. También hay una biblioteca con las aportaciones de los vecinos, lo que explica que entre sus volúmenes uno pueda encontrar desde un cuento infantil a La Iliada o un libro con la doctrina de Mao Zedong. Una de sus paredes exteriores está decorada con la imagen de Genoveva, una voluntaria en la Cruz Roja que, en 2010 y a sus 21 años, murió tras recibir un disparo cuando un grupo armado volvió para rematar al herido que ella atendía. Su muerte conmocionó a la ciudad. Ahora, tres de sus sobrinos acuden todos los fines de semana al lugar, que está muy cerca de su casa. También está a tan solo unas cuadras de un edificio que fue tiroteado y en el que se pueden contar por decenas los agujeros de las balas en la pared. Cicatrices de los enfrentamientos entre bandas en las calles de la ciudad.

Marcos, de unos 11 años, habla con mucha normalidad de su tía Genoveva. En realidad habla de muchas cosas. Es un niño extravertido que se queja si suena reggae porque prefiere los corridos y la música de banda, típica del estado de Sinaloa. “Qué le vamos a hacer. No se trata de llegar y quitarles sus ideas y meterles las tuyas”, cuenta Karen. Cuando le preguntan por su canción favorita, Marcos tararea El Sinaloense. Es música norteña pero, al menos, ya no es un corrido dedicado al Chapo Guzmán, sino la canción más emblemática de Sinaloa. Aunque no lo sepa, él también es parte en la lucha silenciosa entre dos mundos que se desarrolla en Culiacán.

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