Escape

Restaurador, manos que reviven chatarra

Rescatar coches viejos y en desuso se torna en un arte en las manos de Ernesto Bolívar, quien los convierte en joyas de colección.

La Razón / Liliana Aguirre

00:00 / 22 de septiembre de 2013

Ingresar al taller del restaurador de autos antiguos Ernesto Bolívar es como viajar en el tiempo, a las décadas de los 40, 50 y 60, cuando los Ford, Chevrolet, Studebaker o GMC se desplazaban por las calles.

“Aquí me llega toda la chatarra, corroida y que, supuestamente, ya no sirve para nada, pero con mi equipo nos dedicamos a restaurar autos para que vuelvan a circular en las calles”, cuenta Ernesto.

Cuarenta años atrás, este mecánico que hoy tiene 64 años —en aquel entonces estudiante de Contabilidad— se fue de vacaciones a Arica, Chile, para disfrutar del mar, sin sospechar que su retorno a Bolivia se demoraría diez años y que la experiencia adquirida allí cambiaría su vida.

“Un amigo me dijo: ¿no quieres trabajar en chapería? Yo sabía de números, pero de pintar, desabollar y desarmar autos ni idea, más no lo dudé y me quedé en Chile ya que allí estaban instaladas grandes sucursales de las marcas más importantes de automóviles en el mundo”, recuerda.

Tener la oportunidad de trabajar en la empresa Ford desarrolló en él una gran habilidad para el pintado de vehículos y despertó su pasión por los fierros.

“Fue una experiencia maravillosa que me permitió conocer lo más alto en cuanto a coches y a este rubro”. Pero en su estadía no sólo se dedicó a los autos, hubo tiempo para el romance y el matrimonio, uno de los hijos nacido de esa unión sigue sus pasos.

“Mi pareja es boliviana y nos conocimos cuando ella mandaba cartas a sus papás en la Estación Central de Arica. Tuve una novia chilena por tres años, pero ganó el amor por la boliviana y procreamos nueve  hijos, siete varones y dos mujeres”, cuenta.

Sin embargo, tal como él dice, les entró el “cosquilleo” de retornar al terruño y probar suerte con su familia en La Paz.

“Empecé con Rolando Bass Werner, en 1985, él se iniciaba como piloto de carreras y yo, como soy mecánico y chapista, le llegue como anillo al dedo”, explica.

La experiencia fue muy enriquecedora para Ernesto y la calidad de su trabajo le impulsó a emprender su propio negocio.

“Mi primer taller fue en la plaza España, a dos cuadras del taller de Bass Werner y él como sabía que yo hacía una buena labor me derivaba trabajos”, recuerda.

Dos años después,  llegó la oportunidad de mudarse a un espacio más amplio y apto para llevar adelante el sueño de restaurar chatarra.

“Hace 26 años llegué a este lugar, donde hay el espacio suficiente para trabajar en todo, desde chapería, electricidad, tapizado y motores, hasta revivir a los coches que la gente cree que ya no sirven y que en realidad son joyas de colección”, explica apoyado en un Peugeot francés de 1956, cuyas planchas ya han sido lijadas y están listas para la pintura, también señala una camioneta Studebaker blanca recién pintada.

“Esta la traje siendo un montón de chatarra oxidada, de una casa de Achocalla, y ya tengo comprador”, dice orgulloso.

Más modelos son detallados por el restaurador, quien junto a toda su familia y 17 canes instaló su morada en el mismo terreno en el que está el taller.

“Tengo un Chevrolet Impala modelo 67, un Ford Mustang 46, un Banguard inglés 44, un Jeep Willys brasileño 58 y otros”, dice sonriente.

Con un olfato de cazador de reliquias de cuatro ruedas, Ernesto se mueve por toda la ciudad buscando autos antiguos, pregunta y se entera entre sus contactos y así llega a rescatar un coche. “Soy buscador de chatarra, a veces me venden con documentos, otras no”, explica.

En sus búsquedas, le llegó la información de uno que se hallaba en el olvido en la Embajada de Estados Unidos.

“Había sido de la embajada norteamericana, pero lo habían tenido arrinconado y le faltaban letras. Le he dado la restaurada y en este coche se casó mi hija este año”, dice acariciando a un Lincoln de 1970.

El pecho se le infla de orgullo al contar que sus trabajos han llegado hasta Estados Unidos. “Un señor que no hablaba nada de español llegó y le vendí un willys totalmente equipado —su mujer era la traductora, intermediaba—, era un jeep de la Segunda Guerra Mundial  y ellos quedaron sorprendidos (por los detalles)”.

Los compradores de los trabajos de Ernesto son en su mayoría coleccionistas de autos antiguos que vienen desde Chile, Brasil, Ecuador, Argentina  y Paraguay.

“Es una maravilla que se aprecie lo que uno hace y que venga gente del exterior y te diga que tu trabajo es finísimo por dentro y por fuera”, dice contento.

Cuando llega un auto a su taller lo primero que hace es desarmarlo para saber qué le falta y qué no funciona. El segundo paso es lijar la pintura de las planchas y encontrar las partes oxidadas para reemplazarlas por nuevas, así como desabollar las partes estropeadas. Después se pinta y, paralelamente, se hacen los trabajos de electricidad, motor y tapizado”.

Pero los conocimientos de Ernesto Bolívar fueron compartidos con su hijo de 28 años y también con su hermano y compadre, quienes forman parte del equipo.

“Vi a mi padre en este trabajo desde que tengo memoria y siempre quise ayudarle, por eso me dedico a todo lo que es motores y electricidad”, explica  Iván Bolívar , quien viste un overol de trabajo.

El desafío es armar los motores de los vehículos como si fueran nuevos, hay que buscar las piezas necesarias para reconstruirlos. “Voy taller por taller a buscar las piezas que me faltan”, relata.

 “Yo trabajo muchos años con mi compadre y aquí me encargo de varias cosas como chapería, motores, frenos, dirección. La mecánica es un arte porque aquí reacondicionamos los coches y los sacamos como de fábrica, los clientes quedan satisfechos, se van alegres y no hay nada más gratificante que la gente quede admirada por nuestra labor”, explica Jaime Arredondo con una llave de cruz en la mano. “Hay que estar sobre los fierros”, agrega. Roberto Bolívar, hermano de Ernesto, es otro de los pupilos del restaurador de autos. “Hace diez años comenzó mi aprendizaje en este taller, me encargo de toda la preparación de los colores para pintar con pistola”, explica en medio de latas de pintura para vehículos.

 Cuando su equipo llama a Ernesto maestro, él sonríe y recuerda el tiempo en  que enseñó Mecánica en el Instituto Simón Bolívar de La Paz. “Llevé estos conocimientos a la pizarra y formé a mucha gente para que también aprendan del arte de los autos”, asegura.

También enseñó en el Instituto Técnico Automotriz Boliviano (ITAB). “A los alumnos de allí me los traje al taller para que puedan aprender lo que es el trabajo. Como examen final les hacía pintar un auto, eso además los incentivaba porque muchos han abierto su taller, aunque no sé si alguno se dedica a restaurar”.

Ernesto cree que para el trabajo de restauración debe haber una fuerza interna que te enamore de planchas y fierros.

 “Hay que desarmar con amor cada pieza porque si te da flojera y no le das dedicación plena, no hay un buen resultado. Hay que buscar que el auto salga del taller andando, o rodando mejor dicho”, dice bromeando el apasionado de la mecánica.

Ernesto debe seguir su trabajo, pero antes de despedirse de Escape lanza una sentencia:  “Un auto no muere, se restaura yo les doy vida a estos motorizados”.

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