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Restaurador del tiempo: El hombre que reparó el reloj de la asamblea en 2010

Genética, estudio y práctica han llevado a Guillermo Mitry a hacerse arreglador de relojes edilicios, y el de la plaza Murillo fue el primero.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 06 de julio de 2014

Entre el revuelo de palomas y de opiniones sobre el “reloj del Sur” de la fachada de la Asamblea, dos personas se saludan junto a la estatua de la plaza Murillo. Uno es Guillermo Mitry, oriundo de la llanura pampeana de los pagos del Che Guevara, como a él le gusta decir. La otra es Felisa Arraya, una mujer que ronda los 70 años y que sigue desempeñando la misma profesión desde los 18: la de fotógrafa. Se conocieron en marzo de 2010. Entonces, ella estaba frente al Palacio Legislativo apuntando con su objetivo a la cornisa del edificio, donde Guillermo estaba subido y posaba, sonriente, junto al reloj de la construcción con categoría de Patrimonio Nacional. Él le muestra la fotografía tomada por Felisa hace cuatro años.

Poco ha cambiado el argentino desde aquel día, al menos físicamente: cabello castaño claro, algo largo y barba de varios, más bien unos cuantos, días. Hasta la chompa con la que sale en la imagen, clara y con una franja negra a la altura de las axilas, es la misma que lleva hoy. Tal vez con la intención de disipar dudas acerca de que él es el mismo que puso a funcionar (o “refuncionar”, como él dice) el reloj del Palacio Legislativo en 2010. Las manecillas (o manezotas, en este caso) giraban de derecha izquierda marcando las horas en números romanos.

“Estoy 95% seguro de que sigue estando lo que yo hice”, afirma, mirando la gran circunferencia, ahora con números arábigos y en el que las agujas giran al revés. Cuenta que él tuvo la iniciativa de arreglarlo cuando lo vio parado. Propuso, dispuso y, cual pintor, puso su firma una vez terminado el trabajo. “Yo marco las máquinas. No hago tarjetas porque no está reconocida esta profesión”. Por ello, junto al nombre también estampó sus datos de contacto.

La factura del arreglo era de 350 dólares. “Estuve a punto de ir a romper el reloj porque me tuvieron un mes sin pagarme”, dice sin la sonrisa que suele lucir. Las últimas semanas de junio su paciencia volvió a estar a punto de acabarse: ha regresado a La Paz hace algo más de un mes para hacer el diagnóstico del reloj de la exestación de trenes, por el que la Empresa Estatal de Transporte por Cable Mi Teleférico debía pagarle Bs 804, según la Orden de compra/servicio N°61 expedida por la Gerencia Administrativo-Financiera de la entidad. Los “vuelva usted mañana” felizmente terminaron el viernes 27 de junio, cuando le entregaron el cheque. Otro de los motivos es que quiere formar relojeros y ha hecho una propuesta para impartir un curso en la Universidad Mayor de San Andrés. Aún no hay respuesta.

El de la Asamblea fue el primer gran reloj al que volvió a dar vida, pero el primero de todos fue el de su abuelo materno: le construyó un amortiguador de carga, mecanismo que permite la oscilación del péndulo, cuando tenía 27 años. De él vienen sus genes habilidosos: el hombre, que vivía con su familia en medio del campo, creó entre otras cosas un lavarropa que funcionaba con electricidad continua y un torno con material reutilizado. Cuando murió hace cinco años, a los noventa y tantos, quedó inacabada su última construcción: una locomotora a vapor.

Guillermo, que ahora tiene 33 años, es arreglador de relojes edilicios. Aprendió la profesión gracias a los libros de la antigua titulación de técnico relojero que existió en Argentina hasta los años 80, cuenta. Se empapó de ellos y se puso a practicar.

Hasta ahora ya ha arreglado varios relojes y hecho el diagnóstico de otros tantos en Bolivia, Perú y Ecuador. Asegura que el primer país es el que más relojes tiene en la región. “He contabilizado al menos 50 en Bolivia”. A finales de septiembre, él se encontraba en Uyuni para evaluar el famoso reloj público de este municipio potosino, justo cuando pasaron por allí alrededor de 40 vehículos 4x4: la segunda caravana por las rutas del Dakar. Y, sin dudarlo ni un momento, él, junto con otro compatriota, se enroló en el viaje que realizaban el ministro de Culturas, Pablo Groux, el viceministro de Turismo, Marko Machicao, y decenas de periodistas, entre ellos quien escribe. Apareció durante la cena y, en medio de su abundante locuacidad, me reveló que arreglaba grandes relojes. Pero sonaba a fábula, a la que se sumó el rumor de que su verdadera ocupación era la de cura.

Meses después, al contarle la anécdota  en la casa de una amiga suya en Alto Obrajes, en La Paz, tomando mate y viendo un recorte de La Razón de marzo de 2010 en el que aparece su foto y su nombre como artífice del arreglo del reloj del Parlamento, se ríe. “Mi tía abuela quería que fuese sacerdote”, cuenta.Además, estudió la secundaria en un centro salesiano. “Y estaba parando con los curas cuando hice el diagnóstico del de Uyuni”. Esa es su relación con la Iglesia, además de los contactos con diferentes congregaciones religiosas para diagnosticar y reparar relojes.

Aunque arregle esas máquinas que nos permiten saber la hora, él no lleva una en la muñeca y, al hablar, muchas veces resulta lo contrario a exacto, como al preguntarle por qué fue a Uyuni: “Estaba en parte de paso, en parte conociendo y en parte viniendo por ella” (la amiga que lo acoge, a la que, resalta, está muy agradecido). Un mes después de haberse enrolado en la caravana del Dakar, un par de periódicos bolivianos hablaban de que el reloj de la catedral de Potosí había vuelto a funcionar después de una década de inactividad. El arreglador: Guillermo Mitry.

Antes de eso había puesto en funcionamiento, entre otros, los relojes de la Basílica del Voto Nacional, en Quito, y el de la torre de la iglesia de San Francisco, en Guayaquil. Gracias a este último trabajo consiguió la invitación para ir hasta Potosí a encargarse de poner en marcha la hora en la catedral, a cargo de franciscanos, como la de la ciudad más grande de Ecuador.

Mientras en su casa temporal explica cómo cebar y pasar el mate, cuenta que también es lutier y que se arrepiente de no haber traído su acordeón. “Salí de la colonia con esa mochila que me regaló una prima”. Señala un macuto que hay sobre una silla. Viaja con algo de ropa, las herramientas de su profesión, una pequeña cocina y útiles para guisar, una carpa, y copia del título universitario de la primera carrera que estudió (de la que no quiere que se haga mención, pero sí que se diga ha empezado Física).

Hasta ahora ha estado sobreviviendo con lo cobrado por el mantenimiento del reloj del Banco Mercantil Santa Cruz (que arregló en 2010) y, desde el último viernes de junio, cuenta con el pago por el diagnóstico del de la exestación. Espera que le asignen la reparación de éste y que se apruebe su propuesta de formar relojeros. Y, mirando más lejos, también sueña con ir a Europa, un continente plagado de grandes relojes. Ahora es él el que está parado, aguardando, como las máquinas estropeadas que arregla.

La tarde de reencuentros en la plaza Murillo pide que tome nota de su “síntesis, de técnico por su estudio humanista y experiencia de trabajo” (aquí sí que es conciso y preciso): “Un reloj es signo del estado de progreso del lugar que ocupa”.

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