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Revive la orfebrería en IchunI

El antiguo ingenio es hoy una escuela de platería en Potosí

La Razón / Gemma candela

00:00 / 08 de enero de 2012

Tras la amplia explanada del ingenio Ichuni asoma un cerro carcomido por cientos de años de explotación minera. Aquí, en el siglo XIX podía verse a personas dispersas faenar con sus pequeños hornos artesanales y golpear incansablemente el mineral. Hoy, este espacio luce vacío. Pero, dentro de pequeñas aulas habitan artesanos aprendices que conocen las técnicas de la orfebrería, para que perviva este oficio tan tradicional de Potosí.

Ichuni es uno de los 34 ingenios que conformaban el complejo industrial de La Ribera de los ingenios de Nuestra Señora de la Veracruz de Potosí, con una extensión superior a los 10 kilómetros. Alrededor de la fábrica de metales se levantaban las viviendas de unas 50 familias que dependían de ésta, de acuerdo con la versión del coordinador de la Escuela Municipal de Platería, Luis Fernando Flores. De la infraestructura de aquel tiempo solamente quedaba en pie el 20%. Dos años duró su restauración, que respetó la construcción original en piedra y los techos de callapos y cañahueca amarrados con cuero.

Quince alumnos comenzaron sus clases el 14 de noviembre, tres días después de que se estrenara el centro. Solamente uno de ellos es del sexo femenino, pero no se encuentra en las instalaciones el día de nuestra visita. Como otros tantos de los aprendices, es universitaria y está de exámenes. “Queremos que se inscriban más mujeres”, afirma Flores. “El único requisito (para los estudiantes) es que tengan interés y el compromiso de acabar los siete meses de capacitación”. Es el caso de José Luis, que es contador. Se matriculó por curiosidad y está trabajando con pez griega, revestimiento y alquitrán. Es su primer día en la materia. Hasta ahora, sólo había modelado sus propias herramientas de trabajo, algo que hacen todos los alumnos.

Al otro lado de la sala está René, cincelando y repujando una figura de chola, copiada del portal de un templo potosino. Él ya tenía ciertos conocimientos artesanos porque es restaurador y, además, comenzó un curso de la escuela cuando ésta no tenía instalaciones propias, aunque no pudo terminarlo. Está emocionado. Ahora quiere abarcar todos los módulos del currículo (repujado, cincelado, esmaltado y vitrofusión) y obtener un financiamiento para inaugurar su propio negocio. “Actualmente, no se está dando divulgación a la artesanía local”, opina este estudiante.

Víctor Janconina cree lo mismo: “Como artesanos, estábamos viendo cómo muere este arte”. Lo denomina así porque, asegura, es capaz de hacer con sus manos lo que imagina en su cabeza. Por eso, junto con sus colegas Hugo Zeballos y David Baltasar intentan transmitir sus conocimientos a los futuros plateros, para que el oficio no caiga en el olvido. Ocurre que, explica el capacitador, en esta ciudad que extrae la plata del Cerro Rico desde hace siglos, sólo quedan cinco personas, a lo sumo seis, que trabajan la plata y la convierten en objetos para vender a los consumidores locales y foráneos.

Por ello, el objetivo de esta escuela no es únicamente cultural. “Queremos instruirles a los estudiantes no solamente lo que significa el arte de la platería sino, transversalmente, enseñarles a ser emprendedores”, así como avalar sus productos a través del Ministerio de Minería y Metalurgia, explica el coordinador Flores. También se les está capacitando en cultura del emprendimiento y generación de empresas. De esta forma, cuando terminen los siete meses de formación, accederán a una doble certificación: de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), como emprendedores, y otra como auxiliares en platería, aprobado por el Servicio Departamental de Educación.

Repujado, cincelado, esmaltado y vitrofusión. Ésa es la formación que van a recibir los alumnos. El estilo ya lo aporta cada uno. El de René es colonial, explica el profesor Janconina. Al otro lado del aula hay un joven alumno haciendo algo completamente distinto. Se llama Saulo. Salió de Brasil con su mochila hace dos años para conocer mundo. Cuando se le acabaron los ahorros, tuvo que ganarse la vida. Empezó a trabajar con alpaca, macramé...

“Yo hago filigranas, pero no tenía ni idea de lo que era cincelado”. Y llegó hasta sus oídos el proyecto de la Escuela de Platería del ingenio Ichuni. “No podía dejar pasar la oportunidad”, comenta. Ha hecho también tatuajes y sujeta el recorte de un diseño que vio en algún lado, que ahora le sirve como modelo para la pieza que está creando. “Saúl está haciendo un trabajo excelente”, dice el capacitador, con orgullo. Está sacando de afuera para adentro, al estilo brasileño, explica.

Cada una de las salas está dedicada a una materia del curso formativo. En la contigua hay maquinaria para aplanar el mineral. Ahora, este trabajo se realiza en pocos minutos pero, en la época en la que Ichuni funcionaba al 100%, no era así. El mineral se extraía, tal y como se sigue haciendo ahora, de las minas potosinas. Ya en el ingenio, los obreros lo trabajaban en pequeños hornos que improvisaban con adobe.

Funcionaban de forma artesanal con carbón y con un gran fuelle que soplaba el mineral hasta conseguir que llegara a una temperatura de 200 grados. Así se convertía más maleable. Una vez fundido, se vaciaba en forma de rieles o de manera circular, dependiendo del objeto al que se fuera a dar forma. Posteriormente, se recalentaba en el fuego y se iba amasando en yunque, a puro golpe, y luego se hacía el dibujo. Pero este paso ha quedado en el recuerdo gracias a la laminadora.

“Se ha tratado de hacer una réplica” de lo que era Ichuni, señala el coordinador, aunque ya no se trabaja como antes. Ahora hay medidas de seguridad: se usan lentes antiasbesto, hay gas natural… El día de la inauguración se hizo una recreación de un antiguo horno pero, obviamente, se utilizan otros acordes con la modernidad, que pueden alcanzar en media hora o 45 minutos una temperatura de hasta 1.000 grados.

Del pasado todavía se conserva parte de la maquinaria: una molienda gigante que funcionaba con agua corriente y “La Huayrachina” (significa en quechua “lo que el viento sopla”). Es un antiguo horno de barro de baja altura y con forma rectangular, con pequeños cuadraditos a través de los cuales se veía el fuego que era alimentado por madera y pajas secas, u otros materiales similares. El mineral se ponía en moldes y se metía al horno sobre planchas.

Se encontraba al aire libre porque el viento y el frío eran su motor. Hoy, está dentro de una sala para su conservación. En ella, los artesanos usan todas las técnicas modernas a su alcance para elaborar sus creaciones. Gracias a estas técnicas han ganado en seguridad y velocidad con respecto a los trabajadores del ingenio de siglos atrás. Además, la nueva maquinaria permite rescatar los desechos de los minerales para no desperdiciar ni un miligramo del material de trabajo de los orfebres.

De todos modos, los alumnos de primer y segundo nivel aprenden con láminas de materiales más baratos que la plata, como el cobre. La primera cuesta a 15 bolivianos el gramo y una lámina normal (como la que sostiene el capacitador en la fotografía de la izquierda) pesa 28 gramos. Cuando los aprendices pasen al tercer nivel, ya estarán capacitados para no desperdiciar absolutamente nada, explica Janconina. Lo que sí conocen desde el primer momento es el proceso de elaboración: desde que el mineral llega de la mina hasta que está listo para ser empleado en el taller.

René está dando vida a su cholita en cobre. Primero, se copia el diseño en la lámina (calcado o dibujado) y se cincela, del revés, para que no se pierda la figura. Luego se trabaja con todo tipo de cinceles: embutidores, en forma de gota… según la necesidad. Una vez que ha salido la forma del diseño, se vuelca, se llena de brea y se coloca sobre el casco, que es la base donde se apoyan. Se amarra a ésta con cuero y empieza la fase de formación del rostro y creación de los detalles. Una vez terminado, se calienta de nuevo y se despega.

Todo el proceso tiene una duración de entre día y medio y dos días, desde la fundición hasta que el objeto está completamente acabado. Si es de gran tamaño, se invierte hasta una semana. La paciencia es clave, advierte Saulo. El martilleo debe ser constante y con la misma intensidad para que la pieza sea uniforme. “Si el artesano se despista y aplica más fuerza, tiene que dar fuerte a todo el diseño para disimular”, manifiesta el alumno brasileño entre risas.

Los proyectos del futuro

Un museo, ser parte de la ruta turística de la ciudad y una tienda de productos hechos en la escuela son los proyectos que aún faltan asentar en este recinto de 600 metros cuadrados. Se prevé que los visitantes comiencen a llegar desde principios de este año para que “no solamente puedan comprar un producto, sino que vean cómo es el procedimiento de tratamiento, de transformación de la plata”, resalta Luis Fernando Flores. Además, el museo puede albergar una máquina para que los turistas puedan acuñar y llevarse de recuerdo sus propias macuquinas (monedas deformes que eran acuñadas toscamente en la época colonial potosina).

Para hacer realidad la Escuela de Platería, varias entidades han contribuido con su grano de arena. La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) se encargó de la infraestructura, junto con el gobierno municipal. La cooperación italiana y la Fundación Fautapo aportaron la maquinaria y la formación para su utilización.

Los capacitadores y otro personal fueron facilitados por la empresa minera Manquiri y Fautapo, así como la cooperación holandesa también ayudó con parte de los recursos. Incluso, los cooperantes brindaron lecciones de técnicas orfebres a los experimentados capacitadores. Por ejemplo, Janconina cuenta que llegó una familia de repujadores italianos que les enseñaron el trabajo con brea. Hasta entonces, ellos operaban sólo con barro y plomo.

Él tiene hijos, pero ninguno tiene intención de seguir la tradición orfebre, como su padre. “¿Qué será de las herramientas que yo tengo en el taller?”, se pregunta. Por eso se volcó a la enseñanza de su arte. “Ojalá esto sea duradero, porque nosotros vamos a estar acá (en Ichuni) solamente durante siete meses. Pero estamos elaborando un plan para que el proyecto se quede permanentemente, para que no muera el oficio. Eso buscamos nosotros”.                                                            

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