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Río Branco: La ciudad amazónica de los colores

Un paseo por las calles de Río Branco regala a cada paso historia, ecología, modernidad y tonalidades, agradables a los sentidos.

La Razón (Edición Impresa) / Liliana Aguirre

00:00 / 22 de diciembre de 2013

Un mar verde se pinta debajo del avión durante el vuelo hasta Cobija, desde La Paz. Tras cruzar la frontera, la vegetación se convierte en murallas que flanquean la carretera. Luego de tres horas de viaje en taxi, atravesando la Amazonía, surge una ciudad que combina el aire tropical con una arquitectura típica de inicios del siglo XX, con edificaciones modernas y tradiciones pintorescas.

Uno no podría imaginar que enclavada en aquella exuberante selva está  la capital del Acre: Río Branco, una ciudad brasileña de 314 mil almas, donde los colores maravillan con atardeceres ámbar y casas multicolores que saltan a la vista.

Fundada en 1882 fue denominada con ese nombre en honor al diplomático José María da Silva Paranhos, más conocido como Barón de Río Branco, quien jugó un papel determinante en el conflicto con Bolivia que concluyó con el tratado de Petrópolis, que anexionó a Brasil estas tierras y permitió la explotación de los árboles de goma que allí crecen de manera natural.

“La arquitectura colorida es de principios del siglo XX, tiene influencias europea y árabe. Las colores son contemporáneos, y siguen la tendencia de las atracciones turísticas de otras metrópolis brasileñas, donde la alegría se manifiesta en lo multicolor”, explica la historiadora Irineida Nobre, del departamento de Patrimonio Histórico y Cultural de la Fundación de Cultura Elías Mansour.

En los alrededores del río Acre, que atraviesa la urbe,  las mariposas multicolores vuelan y allí se halla el corazón de esta ciudad tropical con el Mercado Velho, un lugar emblemático de Río Branco, donde los turistas como los lugareños se dan cita para comprar artesanías típicas como los tapetes —de colores con formas de hojas de las diferentes plantas— hechos del líquido extraído de los árboles de goma.

Collares, pulseras y anillos también son parte de la oferta hecha a mano. Las joyas, en su mayoría, están elaboradas con maderas y semillas típicas del lugar y con técnicas de los indígenas amazónicos. Pero el Mercado Velho también conquista el paladar de sus visitantes con alimentos y sabores propios, cada platillo es elaborado con productos locales.

Un ejemplo de ello son las tapiocas rellenas de queso, en el primer bocado se siente la textura de la harina gomosa de yuca, que es el principal ingrediente, y cuyo sabor salado es un deleite.

Entre los sabores dulces que miman el paladar están los bombones de almendras y cacao amazónico. ¡Una delicia!

Las altas temperaturas del lugar obligan a beber abundante líquido y jugos de frutas tropicales —copoazú, acerola, graviola, entre otras— que son la mejor elección para calmar la sed con nuevos sabores.

Entre los platos fuertes, la feijoada no pasa desapercibida y la farofa, harina de yuca,  le da color amarillo a las comidas.

Una de las curiosidades de esta capital es que está dividida en dos partes por el río Acre y ambas orillas se unen por puentes. El más moderno es el  peatonal denominado Joaquim Macedo, inaugurado hace una década.

 “Me gusta mucho el río Acre, sobre todo en la parte urbana, donde se ubican los puentes. Allí acontece el encuentro de personas que tienen vidas muy distintas como los que navegan en los barcos, la gente que se queda en la orilla del río para pescar, los niños que saltan del puente cuando el río está alto, los coches, las motos y las bicicletas y las puestas de sol más hermosas”, describe Talita Oliveira, fotógrafa profesional y moradora del lugar.

Otro de los atractivos de esta zona es el Teatro Recreio, un cinema construido en los años 20, donde se proyectan películas y se escenifican obras de teatro, además, en este emblemático lugar, una vez al año, se desarrolla el Festival Internacional de Cine Pachamama, que en su cuarta edición ya cobra importancia en Sudamérica, con presencia de reconocidos directores y exhibición de películas de Bolivia, Perú, Brasil y toda Iberoamérica. “El Acre es la puerta de acceso a la Amazonía, es la frontera de Brasil con Bolivia y Perú y aquí se gesta un festival como el Pachamama porque creemos en el intercambio cultural entre los pueblos”, explica Sergio de Carvalho, uno de los gestores del encuentro anual cinematográfico.

En el barrio Gameleira se yerguen infraestructuras coloridas de los años 20, es otro sitio encantador para mirar el río navegable y tomarse algún trago típico del lugar como la Xana Quente, cuya traducción literal del portugués al español sería: Vagina Caliente.

Zaza, es el anfitrión de uno de los puestos instalados en el lugar, en su negocio ofrece esta ardiente bebida. Vestido de amarillo y con sombrero, el brasileño no duda en sacarse fotos del recuerdo con la clientela que acuda a su local.

Sonriente, amable y esforzándose para tratar de entender las palabras en español, Zaza, muy generoso, sirve el trago.

“Está hecho de clavo de olor y jengibre con un gusto potente, esta bebida  es considerada afrodisiaca”, dice sonriente y blandiendo la botella que circula de vaso en vaso y de mesa en mesa.

En Río Branco el calor sobrepasa los 35 grados, pero va más allá de la temperatura porque es una ciudad que destila sensualidad y donde la alegría se mezcla con la picardía de su gente.

“Este lugar es muy caliente. En el verano amazónico, el termómetro marca más de 40 grados, es una ciudad de gente caliente y amistosa”, expresa la fotógrafa, quien a sus 26 años puede ser confundida con una modelo de pasarela.

Las estatuas de bronce son otros de los elementos que adornan la ciudad con personajes locales como un gomero con machete en mano y sombrero, en el que repentinamente se posa una mariposa con destellantes alas violetas, azules y verdes agua. Pero no es la única, adornada por palmeras espigadas de más de cuatro metros, en el centro del casco histórico, se halla la Plaza de la Revolución, donde se alza la estatua de bronce del comandante Plácido de Castro, quien comandó la campaña contra el Ejército boliviano.

Vestido con botas altas y empuñando su espada, Castro es uno de los próceres más reconocidos de la región.

La placa que acompaña su efigie reza: “Un homenaje al comandante en jefe de las Fuerzas Revolucionarias Armadas Acreanas: Plácido de Castro, quien tuvo la osadía de confrontar al Ejército boliviano en la gran capital internacional, durante la conquista del Acre”.

Como toda ciudad que se precie, Río Branco cuenta con centros que recogen su historia, como el Museo de la Goma, donde conservan testimonios desde cuando la capital del Estado del Acre era un caserío levantado alrededor de una empresa de extracción de goma, almendras y castañas, en 1882.

Otro espacio imponente, que no debe pasar desapercibido para los visitantes, es el Palacio de Gobierno, que es la sede donde se congregan los poderes del Estado. El territorio acreano es un sitio especial porque ha apostado por conservar la naturaleza, además de ser la cuna del emblemático luchador ecologista Chico Mendes, cuyo pueblo de nacimiento, Xapuri, se halla a dos horas del lugar y a 10 km de la ciudad se ubica el zoológico que honra su nombre.

La urbe es un canto a la ecología que se observa con cientos de paredes, en las calles, usadas como lienzos para grafitis que evocan la armonía entre el humano y la madre naturaleza.

Coloridos dibujos de indígenas amazónicos, rostros étnicos que conforman el mosaico de lo brasileño, animales y el verde infaltable de la selva amazónica son los que surgen de las manos de jóvenes y que se aprecian en varias paredes.

El principal exponente de estas obras es Tosh, un paulista radicado en Acre, quien adornó la ciudad de mensajes ecologistas en cada uno de sus dibujos y a quien muchos jóvenes le siguen el paso bajo la misma lógica de respeto y lucha medioambiental.

Las bibliotecas y parques son otros atractivos en los que se ha invertido en esta ciudad con infraestructuras modernas.

“La Biblioteca Central como la de la Floresta son espacios para la cultura, en los que muchos ciudadanos, jóvenes sobre todo, invierten su tiempo”, expresa Sergio Carvalho, gestor cultural y cineasta.

El Parque de la Maternidad es un área importante porque tiene una longitud de seis kilómetros que atraviesan parte de la ciudad. Es llamado así porque en él se localiza la maternidad central, pero además se encuentran en medio de su exuberante verdor la Casa de los Pueblos de la Selva, la Casa del Artesano y la Biblioteca de la Floresta.

Río Branco no deja de sorprender porque también es el lugar de nacimiento de la Iglesia ayahuasquera del Santo Daime, donde los seguidores practican un culto a la Santísima Trinidad a través de ritos en los que se consume el jugo de la Ayahuasca, la planta alucinógena.

El culto al rapé también es parte de la cultura de este lugar. El polvo sale de una yerba amazónica, la cual es secada al sol para pulverizarla, luego se la coloca en una especie de pipa con dos puntas diseñadas para las fosas nasales. El rapé se inhala y es medicinal. La idea es que brinde bienestar y evite alergias.

En cuanto a  construcciones religiosas patrimoniales, está la Catedral de Nazareth, levantada en 1959 con una arquitectura que evoca construcciones romanas con vitrales multicolores, y está ubicada en pleno centro. El blanco impoluto de este edificio contrasta con lo multicolor.

La construcción de la carretera Interoceánica trajo consigo la conexión con Bolivia y Perú y el crecimiento del turismo y del comercio. Por lo tanto, no es de extrañar que cuando un poblador riobranquense escucha la palabra Bolivia, lo primero que exprese es que la cerveza Paceña es estupenda y muy sabrosa.

“Mucha de la gente que vino a poblar las tierras del Acre llegó de Fortaleza, una ciudad costera en el noreste brasileño por eso hay tanto calor y color aquí”, explica Dimis Menezes, un conductor de los taxis que, a diario, cruzan la frontera brasileña y llegan hasta Pando.

Los rostros de los pobladores de Río Branco son variados en ellos se suma la fuerza de tres razas: portugueses, indígenas amazónicos y africanos. Por eso, no es raro ver personas con el pelo muy rizado, ojos rasgados con destellos que van desde los pardos más oscuros hasta los verdes más claros y en cuanto al tono de piel las hay  canelas, cobrizas y doradas.

Modernidad

Río Branco es una ciudad donde la modernidad palpita. El transporte es un ejemplo de ello con buses con tres puertas, una de ingreso y dos de salida, letreros rodantes y paradas establecidas para mayor orden y buen trato al usuario.

Los taxis son otro servicio para turistas, pero a un precio más económico se hallan los mototaxis —para transportarse en ellos es obligatorio usar casco de seguridad— y no deja de ser curioso subirse a uno y sostenerse del torso de un conductor desconocido. Lo que sí hay que advertir, el contacto físico es inevitable.

Los comercios destacan con supermercados, moles con tiendas de ropa, calzados, perfumerías y un mercado local llamado Camelódromo.  Tanto bolivianos como peruanos llegan a Río Branco por el comercio y de compras por la cercanía geográfica con ambos países. Las instancias gubernamentales también destacan con arquitectura moderna y con servicios que buscan brindar calidad a los pobladores.

Río Branco sonríe a sus visitantes con gente cálida y amable y es una de la ciudades brasileñas más jóvenes y de mayor facilidad y cercanía para que un boliviano pueda conocerla.

Pero esta ciudad sobre todo es una paleta colorida y como decía el poeta chileno Pablo Neruda en Oda a una mañana de Brasil, que escribió maravillado por los colores vistos después de un viaje profundo por estas tierras: “Las mariposas bailan rápidamente un baile rojo, negro, naranja, verde, azul, blanco, granate, amarillo, violeta en el aire, en las flores, en la nada” y Neruda no se equivocaba porque en Río Branco se pinta todo aquello.

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