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Rosario Satalapaka de Jesús de Machaqa

Como una rebelión contra la Iglesia los comunarios celebran la fecha con la capilla cerrada, para no olvidar algunos excesos.

La Razón (Edición impresa) / Gabriela Behoteguy

00:00 / 24 de noviembre de 2013

Es la segunda vez que participo en la fiesta, me llama la atención que la iglesia de Jesús de Machaqa permanece cerrada. Entonces, pregunté por qué y don Zenobio Condori, de Corpa, quien en la fiesta del 7 de octubre es un k’usillo, me contesta: “Mirá, con la Virgen del Rosario, en aquellos días (de la Colonia), nos han oprimido, nos han hecho todo. Entonces, la Virgen del Rosario nada que ver en la fiesta. La Virgen está nomás guardado (sic) en la iglesia (risas)”. Esta celebración es como una rebelión contra la Iglesia.

La fiesta de Rosario Satalapaka, en Jesús de Machaqa, provincia Ingavi del departamento de La Paz, se celebra el 6 y 7 de octubre. Este año, 25 ayllus, de los 26 del municipio (siete ayllus parcialidad arriba y 19 parcialidad abajo) se reunieron para tocar y danzar qinaqina (quena quena) en la plaza grande del pueblo. La única que no lo hizo fue la Uru Irohito, del río Desaguadero; don Lorenzo Inda, de esa comunidad, explica que su cultura es la única de la región que no tiene la costumbre de danzar en fiestas autóctonas, ni folklóricas.

Cada primer domingo de octubre, la Iglesia Católica recuerda que la Virgen María se apareció a Santo Domingo para enseñarle a rezar el rosario. En Machaqa, esta advocación de la Virgen se conoce con el nombre de Rosario Satalapakaya, su festividad coincide con la época de lapaka —sequía y calor— que antecede al inicio de la  sata, siembra de papa.

María Condorena, de Jesús de Machaqa, cuenta en la celebración que esta festividad marca el inicio de la siembra y por eso “una buena señal es que no tiene que llover para la fiesta de hoy, es mala suerte si llueve porque se está comenzando la siembra”. Pienso que lo que me dice don Zenobio podría ser el motivo por el que no se recuerdan los milagros de la aparición, ni los atributos de esta imagen de la Virgen. Cuando indago sobre la memoria y la identidad de la fiesta comprendo que la celebración conmemora el poder festivo de las comunidades o ayllus sobre la autoridad de la Iglesia; quienes manejan el culto no son los curas, sino los comunarios que llegan al pueblo principal para despedir la época seca y anticipar el inicio de siembra.

En la región es conocida la historia de un cura que fue atizado en Jesús de Machaqa por haber abusado de las mujeres solteras del pueblo en la Colonia. Este cura “adoctrinaba” a las parejas que iban a contraer matrimonio: “‘Los que quieren casarse tienen que pasar 15 días aprendiendo la doctrina cristiana y las doncellas tienen que venir 15 días a esta iglesia’. Eso no era lo cierto, era otra cosa… 15 días después se casaban, pero una habló y un cacique se ha levantado, se ha visto que las mujeres habían dejado de ser doncellas con el cura. Les ha preguntado qué hacía el cura y han corroborado. Por eso, era tal la rabia de la comunidad que, ante la impotencia, agarraron al  cura y lo atizaron al horno. Es la verdadera historia, después de eso han venido a masacrar y han matado a nuestros abuelos (sic)”, relata un comunario que evita revelar su nombre.

La población también se reconoce porque su lucha mantuvo su soberanía territorial: durante la Colonia se rebelaron contra el sistema de cacicazgos por herencia.

En la República pudo consolidar su propiedad colectiva a pesar de las legislaciones de Melgarejo (1866) y la Ley de Exvinculación (1874) que intentó individualizar el territorio comunal. En 1920 estalló la sublevación de Jesús de Machaqa, que intentaba consolidar la legalidad jurídica de las tierras comunales, ésta terminó con una masacre en 1921 (Esteban Ticona, 2009: 17-23).

Cada comunidad con su espacio

La concepción del espacio es esencial para las comunidades de Machaqa; por tanto, es natural que ésta se encuentre en la fiesta. En ese sentido, Mijail Bajtin (1988) describe que “las festividades siempre han tenido un contenido esencial, [...] han expresado una concepción del mundo” (1988: 14). Es así que en la Plaza Grande de Jesús de Machaqa la propiedad comunal es parte de la vida festiva: primero, danzan tocando qinaqina, avanzan alrededor de ésta, para luego atravesar el palco de autoridades. Las comunidades toman la plaza y cada una se acomoda en su respectiva sayaña o tierra. Lo hacen imitando la organización territorial real de los ayllus de Jesús de Machaca para continuar con la música.

La plaza principal es un espacio ritual de propiedad comunal. Danzan en pequeños círculos sobre el territorio que tienen otorgado desde la antigüedad. Por la tarde, la música se hace más fuerte y las comunidades parecen actuar con más fortaleza, danzando en círculos, empujándose unas con otras, compartiendo mucha cerveza y pijchando coca. La fiesta escenifica el triunfo de la tierra comunitaria.

En la época de Rosario Lapaka, la música autóctona de qinaqina es un llamado a la siembra. Los k’usillos se encargan de marcar el ritmo con sus wankaras (pequeños tambores de metal que suenan con un solo palo). Las qinas (quenas) son tocadas por los hombres, mientras las mujeres acompañan con la danza.

Cada ayllu se distingue por los diseños y colores de sus textiles, entre los hombres hay ponchos rojos, que representan el movimiento insurgente nacido en Omasuyus, ajeno a la provincia Ingavi. La indumentaria que caracteriza esta danza es la coraza y la ch’uxña o atado de plumas verdes. Dos días después, en un encuentro en El Alto, don Lorenzo Inda detalla: “Ésta es una fiesta tradicional desde mucho tiempo y esto tiene su significado, por ejemplo, la coraza de tigre es para pelear codo a codo, ¿no? Ahora, el atado de plumas, ése es para que venga la buena siembra, ése se dice ch’uxña (verde)”.

Lo más lindo de esta festividad es la gran cantidad de personas ancianas que comparten la melodía del qinaqina. Es un escenario fuera de lo común para quienes habitamos la ciudad, donde a diario observamos abuelas y abuelos en la indigencia. En la fiesta, las personas ancianas son escuchadas y respetadas, por esta razón, se conserva el sentimiento comunitario.   

“Esta fiesta es, digamos, para los abuelitos. Si no pueden bailar, digamos, la morenada, el caporal, ésta es la única esperanza que ellos tienen, ¿no ve? A los abuelitos les encanta el qinaquina, las abuelitas siempre están participando, alistan sus trajes con anticipación y se las ve contentas”, asegura Zenobio Condori.

Mientras la Virgen del Rosario Satalapaka  está archivada en la iglesia, la celebración sigue en la Plaza Grande de Jesús de Machaqa. Los dos días de festejos el templo permanece cerrado como recuerdo del abuso de los sacerdotes desde la Colonia.

Durante la fiesta, la organización del espacio no sólo escenifica la importancia del territorio para la vida comunitaria, sino también las rebeliones y masacres que permitieron conservar su forma de vida, por esa razón la Virgen está ausente.

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