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El Rosario: La zona más internacional

Entre las calles Sagárnaga, Linares e Illampu de La Paz se encuentran idiomas y costumbres de distintos lugares del  mundo con lo andino.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 02 de marzo de 2014

Ciao, caseruita!”, saluda un chico con acento del norte del continente al pasar junto a una de las vendedoras de la calle Sagárnaga, en el centro paceño.

Lleva una bolsa de plástico de la que sobresalen varios tallos de apio, como un vecino más aunque, probablemente, sea un viajero que va a estar unos cuantos días alojado en la zona El Rosario, la más internacional de La Paz: las tres cuadras que conforman las calles Murillo, Linares (con la Melchor Jiménez, que desemboca en ella) y la Illampu, entre la Sagárnaga y la Santa Cruz. Es uno de los enclaves más tradicionales de la ciudad en el que se mezclan costumbres andinas con acentos y rasgos de buena parte del mundo.

San Francisco es la “puerta” por la que se entra a esta confluencia de calles repletas de comercios de los que parecen brotar ingentes cantidades de bolsos, agendas, aretes, billeteras, anillos, sombreros y hasta zapatos, casi todo de aguayo o, al menos, con un pedacito de la tela característica de los k’epis o bultos que cargan las señoras sobre su espalda. Un festival de colores que llama poco la atención de los paceños, que ni locos se pondrían las chompas o las polainas de alpaca que lucen en masa los turistas, especialmente los numerosos jóvenes israelíes.

Una mañana cualquiera, la escena en la plaza de San Francisco se compone de señoras con polleras y sombrero, autoridades indígenas en reunión fácilmente reconocibles por sus monteras oscuras, los llamativos ponchos y, a veces, con chicotes, y turistas, normalmente con menos ropa encima que los locales, viendo la ciudad a través de la pantalla o de los visores de sus espectaculares cámaras de fotos.

Una señora vende mocochinchi de espaldas a un grupo de argentinos que muestran sus artesanías de alambre sobre una manta. Hay salteñas, una enorme bolsa de pasankalla y el heladero anuncia su presencia con su incansable bocina. También están los lustrabotas prestos para dar su servicio y tratando de atraer a algún que otro transeúnte.

Del interior de la iglesia se escapan las palabras que el cura dirige a los fieles de la misa de la mañana. Por delante de las gradas, sobre las que descansa gente de diferentes lenguas maternas, una señora de piel arrugada pasa con una bandeja de gelatinas naranjas, rojas y verdes. En la esquina izquierda de las escaleras, un señor cubierto por un enorme paraguas azul grisáceo vende pañuelos de papel, velas blancas y delgadas, rosarios y figuras religiosas.

Cerca de él, un perro busca la escasa sombra que proyecta un chico apoyado en la barandilla de la jardinera y se acomoda en el suelo. “¡Calacoto, San Miguel!”, grita el coro de los voceadores desde los amontonados minibuses que forman parte de (y contribuyen a) la enorme trancadera de la  Pérez Velasco, justo donde se une con la Mariscal Santa Cruz. Hay de todo menos paz en este punto de la ciudad.

Se acerca el mediodía y el sol logra asomarse entre las nubes. Entonces dan ganas de quitarse la chompa, pero la brisa andina que llega de repente congelando el sudor hace que la idea desaparezca.

How much, caserita?

Puestos en la calle, tiendas y profundas galerías: ser turista y pasar por la calle Sagárnaga sin caer en la tentación de comprar algo es casi una misión imposible. A no ser, claro, que no se entiendan comprador y vendedor o que el trato de la comerciante de turno (porque la mayoría son mujeres) choque a los visitantes. Porque eso de que no quieran venderle al que desea comprar, como pasa a veces, no es algo muy extendido por otros lugares.

Dentro de la galería Héroes del Chaco, dos coreanas tratan de comprar unos zapatos. De aguayo, claro. “No, no, small”, le dice una al tendero señalando el calzado que hay en el abigarrado estante, de menor tamaño que el que él les muestra. El vendedor se da la vuelta y agarra uno mediano. “No, no, small”, le reiteran ellas. Al final, por descarte, acaba encontrando lo que le piden.

“Pase”, “Pregunte nomás”, dicen las caseritas al paso de los que entran en la galería.

De nuevo en la calle y cuesta arriba. En la esquina de la Sagárnaga con la Murillo hay un puesto de tucumanas y rellenos. Un par de jóvenes turistas, que cuentan en castellano que son de Francia, están comprándole a la casera, que apenas les habla.

En la siguiente cuadra, sobre la acera izquierda en sentido de subida, hay varios hombres; algunos en silencio, otros conversando. Son yatiris. Antes prestaban sus servicios en pequeños cuartos distribuidos en uno de los estrechos y oscuros pasillos que se introducen hacia la gran cuadra compuesta por casas coloniales, unas mejor conservadas que otras. Ahora, ese corredor es utilizado para la venta y ellos, pacientes, aguardan la llegada de clientes sentados delante de una de las tiendas de prendas finas de alpaca, uno de los comercios más caros de la zona en la que compran turistas con mayor poder adquisitivo.

La siguiente vía que cruza es la Linares (también conocida como Calle o Mercado de las Brujas). Arrellanado en unas gradas de un portal, un señor pijcha mientras mira distraídamente a los que pasan. Cuando le parece (algo en la apariencia de ciertas personas hace que se le active una especie de resorte) alarga levemente la mano, abre el puño y dice sin vocalizar: “Fósiles”. Por delante, en dirección a la calle Santa Cruz, los souvenirs que cuelgan de las tiendas son agitados por el viento. Hay también algún que otro negocio de instrumentos andinos de los que salen melodías autóctonas como la moceñada.

Desde el cercano patio del colegio San Francisco, que da a esta calle y a la Murillo, sale el griterío juguetón de los alumnos. Hacia el final de la vía aparecen los comercios que dan el sobrenombre a esta calle. “Estas tiendas, señoreadas por las chiflerías, son lóbregas, pequeñas y frías, las más antiguas de La Paz —con olor misterioso, con un soplo de irrealidad, con tumbados que se pierden en lo oscuro”, escribió sobre ellas Jaime Saenz.

Los sullus o fetos de llama que asoman de las mesas que los locales sacan a la puerta son lo primero que llama la atención de los turistas. Luego están los amuletos, como los warmi-munanchi y chacha-munanchi, indicados para aquellos que quieren conseguir a la mujer o al hombre amados, respectivamente.

También hay otros para la salud, la sabiduría, la energía... Y, dentro de las tiendas, infinidad de botellitas: unas son aceites esenciales de diferentes plantas, cada una indicada para tratar o prevenir dolencias específicas. “Amansa guapos” y “Contra maleficios y enemigos” son algunas de las que llaman la atención. Las seductoras ilustraciones pegadas sobre los recipientes de plástico son las que captan el sentido de la vista de los que visitan las tiendas.

Subiendo por la calle Santa Cruz, que corta la Linares, se pasa por la esquina de la Melchor Jiménez, una vía en forma de “L” que desemboca en el Mercado de las Brujas. Tiene algunas tiendas para turistas, pero si es un punto de referencia de esta parte del mapa de la ciudad, tal vez sea por una figura que pasa buena parte de la semana apostada en un rincón formado por un trozo de acera entre una casa y un elevado muro que va a parar a un portal. Una larga fila suele precederlo: es un yatiri que, sentado sobre un montón de plásticos, predice y da consejos a los que se acercan hasta allí, con poco más que indicarle sus nombres, y sirviéndose de un aguayo encima del cual hay monedas antiguas sobre las que va echando hojas de coca.

El Rosario es conocida por ser la zona en la que, desde hace más de 40 años, yatiris, amautas y kallawayas prestan sus servicios. La Alcaldía reconoció su labor en marzo del año pasado entregándoles certificados. Y es que, según el Consejo de Religiosidad Milenaria Indígena de Amautas Curmi A, en el lugar hubo una huaca o lugar sagrado.

Continuando el ascenso por el lado izquierdo de la empinada calle Santa Cruz, casi en la Illampu, hay un gran letrero con guitarras sobre una puerta de rejas. Es el Hard Rock de La Paz (trucho, claro, como se puede comprobar, además de a simple vista y oído, en la página oficial de esta franquicia internacional). Antes, había un cartel con silueta de guitarra sobresaliente del edificio en que se leía el nombre del boliche. Hace algún tiempo que desapareció y solo se puede ver la denominación del bar tras el enrejado, en dos pequeños rótulos, ahí donde arrancan las gradas.

La calle Illampu es la parte más alta de la ruta. Parece el territorio de uno de los grupos más numerosos que visitan esta área de la ciudad, los hebreos, pues los comercios colocan en la puerta de las tiendas anuncios escritos en su lengua y hay restaurantes que ofrecen comida de esa región de Medio Oriente. Es también la calle en la que puede encontrarse todo lo necesario para hacer senderismo, y también lavanderías y peluquerías para que los turistas se acicalen al llegar de un viaje o antes de partir de nuevo. Y, por las noches, el famoso boliche Gota de Agua, de música autóctona y folklore, es el atractivo tanto para foráneos como para locales.

Llega la hora de comer. Bajando por la Sagárnaga, entre oficinas de agencias de turismo que ofrecen viajes o actividades como la Ruta de Muerte en bicicleta, se encuentran opciones para casi todos los gustos. Pizzerías (supuestamente italianas), comida nacional (a precio casi internacional) y restaurantes mexicanos o marroquíes son algunas de las ofertas gastronómicas en esta zona. Hay un sitio que aúna varias nacionalidades: es de comida cubana; el dueño, Ramiro Estrada, es boliviano; y la clientela  es, sobre todo, extranjera. Se llama Sabor Cubano. “Los turistas lo identifican con la Bodeguita del Medio” de la isla, asegura el propietario mientras prepara un mojito. Por eso, como en el restaurante de La Habana, los visitantes han pintado en sus paredes sus nombres, sus consignas revolucionarias u otros mensajes. Ropa vieja, masitas de cerdo fritas, sándwiches... son algunas de las opciones para almorzar o cenar (abre, de lunes a sábado, de mediodía a medianoche). Y no tiene sólo el sabor de la isla, sino también su sonido: de miércoles a viernes, a partir de las 21.00, hay música en directo.

Es también un área donde fácilmente se hallan ofertas vegetarianas, como en el número 826 de la Murillo esquina Santa Cruz: ahí están el Reencuentro y El Patio (que sirve platos con y sin carne), en el que hay una mezcla de Bolivia y el extranjero tanto entre los comensales como en los platos. Como en toda la zona más  internacional de la ciudad de La Paz, El Rosario.

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