Escape

Ruido de balas

En Guayaramerín, cada tanto, alguien muere o cae herido cosido a disparos. Cuando esto ocurre, la primera víctima casi siempre es la verdad, como en la guerra.

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

11:39 / 09 de diciembre de 2013

Estamos a 9 de octubre y en estos momentos tengo entre las manos cuatro fotografías. Más bien: la fotocopia a color de cuatro fotografías. En las imágenes, hay un cuerpo tumbado en una camilla —un cuerpo vivo, el de un niño de 13 años— y dos pies ensangrentados que se extienden sobre bandejas plateadas de cirujano. Más bien: dos pedazos de algo que antes fueron pies. Porque no se parecen en nada a ningún pie que haya visto antes: están hinchados, lucen como una gran bola de sebo de color rojizo, apenas son reconocibles. Lo único cierto es eso: que hay cuatro fotografías y que, en ellas, hay dos pies que no volverán a ser los mismos. Todo lo demás son especulaciones: chismes.

Fabricio Flores Chayana —el dueño de los pies, el niño— fue tiroteado por un militar la pasada madrugada en el río Mamoré, que divide Brasil y Bolivia, es decir, que separa Guayaramerín de Guajará-Mirim. El menor iba en una barca que partió del lado boliviano con rumbo al brasileño alrededor de las dos y media de la mañana. El menor —que iba acompañado— supuestamente contrabandeaba. El menor —y el resto de los ocupantes de la embarcación— fue interceptado por la Fuerza de Tarea Conjunta de la Armada Boliviana, que realiza con frecuencia operativos nocturnos para combatir el narcotráfico y el contrabando en estas aguas que a veces se tornan turbulentas. El menor, a continuación, fue baleado. Recibió ayuda después en la banda brasileña; y lo evacuaron de emergencia a un hospital de Porto Velho —también en Brasil—. Corría el riesgo de quedarse sin sus dos piernas.

En Guayaramerín son ahora las cuatro y unos minutos de la tarde y decenas de personas —mototaxistas, comerciantes, otros vecinos— protestan frente a la unidad de los Diablos Azules de la Fuerza Naval, que queda a pocas cuadras del puerto. Llevan carteles sumamente explícitos: “cualquier perro es de la Fuerza de Tarea”, “queremos justicia”. Se han reunido aquí porque, al parecer, el autor de los disparos está en la base. Porque temen que se dé a la fuga. Porque, según ellos, hechos como éste son constantes.

Claudia Chayana, madre de Fabricio, también está acá, junto al tumulto, con una polera blanca sin mangas que está adornada con un puñado de palabras simpáticas: “amor”, “sorte”, “money”, “peace”. Y no tarda en contarme su versión de lo sucedido con su hijo hace unas horas. No es la única. Escucharé otras muchas en los próximos días: diferentes, parecidas.

“Fabricio estaba ahí para ganarse unos cuantos pesitos —dice la mujer mientras trata de sobrellevar el sofocón producto de la angustia—. Él fue al puerto porque aquí (en el pueblo) no hay fuentes de trabajo; y de alguna manera uno tiene que conseguir el sustento. Allí, un hombre le dijo: ‘Vamos’. Fabricio fue a cargar (a una barcaza), y luego salieron a Brasil; de eso viven muchos por acá, de pasar cosas hacia el otro lado, pero él sólo colaboraba”.

“Cosas”: ropa americana usada, mercadería barata, a veces cocaína, a veces combustible. Eso es lo que se suele trasladar a través del Mamoré desde que cae la noche hasta el alba. Seguramente, nunca se sabrá qué “cosas” cruzaron con Fabricio. No hay evidencias: la barca, cuando la incautaron en el lado brasileño, ya no tenía adentro nada de nada.

“Los militares aquí están acostumbrados al abuso —comenta un rato después Claudia, rodeada de gente, a pocos metros de todo el barullo—. Le dispararon y luego ni siquiera lo socorrieron. Nos tratan así porque somos pobres. Si yo tuviera dinero, estoy segura de que el cojudo que le metió bala ya estaría entre rejas.

Dicen que mi hijo llevaba droga, que los que estaban con él iban armados, pero todo es mentira. Se lo inventaron”.

Poco a poco, frente a la unidad castrense, los ánimos se caldean: algunos echan petardos dentro; otros hacen volar piedras y ladrillos que convierten los cristales de la construcción en vidrio hecho pedazos; los más gritan: ¡Entraremos, carajo!, ¡Fuego, fuego, prendamos fuego¡ Hace mucho calor: la mayoría está en sandalias. Las motocicletas hacen sonar sus tripas. “Cuando nos enojamos acá, nos enojamos grave”, dirá una chica.

Dos días después, el imputado, de apellido Huanca, sería trasladado por orden judicial hasta el penal del pueblo, un carceleta precaria, chica y provisional que ya excedió su capacidad y que podría quedarse sin luz muy pronto por culpa de las facturas impagas.

La historia de India

No es la primera vez que Guayaramerín amanece con la resaca de una historia truculenta. Estamos a 10 de octubre y en la fotografía que sujeta con una mano India Méndez posa una familia. En ella, son cinco: India, su esposo, sus tres hijos, caras risueñas. Lo dicho: una familia.

Hoy, la escenografía es otra: ha cambiado mucho desde que se tomaron esa imagen a color en la que todos se ven contentos. India, de 45 años, ha adelgazado y no parece la misma. En medio del pasillo de la casa en la que viven, hay ahora una silla de ruedas que pertenece a su hijo Huguito (así lo llama ella), de 18 años —en la foto, Hugo está de pie, abrazando a su hermana; cuando la sacaron, la silla de ruedas no existía—. El esposo de India yace bajo tierra: lo asesinaron. Y la fotografía ya no es lo que fue: un objeto lleno de significados; ahora es simplemente un recuerdo fugaz, un instante difuso.

“Nunca entenderé bien lo que ocurrió. ¿Por qué nos tuvo que pasar algo tan terrible? ¿Por qué? Yo nunca he matado, nunca he robado, y tampoco le conocía a ese señor que nos disparó”, dice India como si estuviera pensando en voz alta, la foto a un costado, los ojos hundidos.

Ese señor que les disparó se llama William Durán Bustencio, está preso y era militar. El 9 de agosto de 2011, el día que apretó el gatillo, se hallaba en “Villa Inés”, un salón de eventos que manejaba por aquel entonces India. Durán participaba de un festejo, junto a un grupo de devotos, en honor a una Virgen. “La de Copacabana”, aclara India.

“A las dos de la mañana, Gunnar, mi marido, recibió una llamada en su celular: era mi hijo Hugo, que nos pedía que corriéramos a su pieza. La fiesta aún seguía, pero nosotros nos habíamos echado a dormir un ratito antes. Fuimos volando hasta el cuarto de Hugo. Y allí, encontramos a este señor, a Durán Bustencio.

Estaba desnudo. ‘¿Te ha tocado? ¿Te ha tocado?’, le pregunté a mi hijo. ‘No, mamá, no’, me dijo. Pero yo no le creía y le pegué al señor con la hebilla de un cinturón. Al poco, mi esposo me contuvo. Hubo una trifulca. El señor se fue. ‘No te preocupes más por él. Está borracho. Ya lo buscaremos mañana para aclarar lo que ha pasado’, me dijo Gunnar. Y nos volvimos a acostar”.

“Dos horas después —prosigue India—, escuché unos gritos aterradores. Eran mis hijos. Fuera estaba oscuro y silencioso. Abrí la puerta de su habitación y lo vi.

Era ese Bustencio. Había regresado. Y entonces todo pasó en segundos. ¡Pum! Mi esposo me protegió y vi cómo una bala lo atravesó de lleno. Cayó. ¡Pum! Yo me aparté, pero casi me impactó otro tiro. El hombre corrió y salí a atraparlo. Luego, agarré a mi hijo Hugo: ‘Ayúdame, ¿por qué te has quedado quieto sin hacer nada?’, le dije. Ahí vi que estaba mal y recién enloquecí. Una bala le había destrozado el hígado. A mi cuñado, Juan, también lo baleó, en el colon. En esa parte tiene él una cicatriz. A continuación, nos fuimos al hospital. Yo sabía que mi esposo estaba muerto. Mi hijo había perdido mucha sangre, pero lo pudieron salvar.

A Bustencio lo detuvieron en la terminal de bus a las siete de la mañana. Quería huir a La Paz. Llevaba gorra, lentes de sol. Había cuatro uniformados escoltándolo. Pero la Policía se movilizó temprano y evitó que escapara”.

Desde la silla de ruedas, Hugo sigue el relato de su madre casi sin parpadear. El adolescente que sonreía tímido en la fotografía es ahora un muchacho tetrapléjico que estudia Derecho a pesar de que le dijeron que aquí “a los abogados los matan”.     

“Así es en Guayaramerín —asiente India—. Éste es un lugar como para tenerle miedo. Hace unos días, mataron a un tipo en una riña de gallos. Toda la vida ha habido eso: balaceras en los locales nocturnos, en las peleas de gallos, en todo lado. Todos los meses hay ajustes de cuentas por el tema narco. A veces, vienen sicarios del Brasil, asesinos a sueldo que hacen su ‘trabajo’ y desaparecen. El año pasado asesinaron a una concejala por denunciar corrupción en la Alcaldía. Y mucha gente va armada, incluso mis amigos. La violencia ha ido en aumento. Basta un empujón en un boliche y ya. Si ya un hombre se cree más macho cuando está con tragos, con tragos y armas es el Señor”.  

“Yo ahora veo una bala, aunque sea en una película, y enseguida vuelvo a pensar en lo que pasó. Aún me cuesta mucho asumirlo. Recién, tras muchos meses, he logrado cortar la medicación que tomaba para dormir porque sé que tengo que buscar un equilibrio”. Después del crimen, India estuvo un año peregrinando a Santa Cruz para que operaran varias veces a Hugo, a fin de garantizar su recuperación. Los gastos médicos ascendieron a un millón y medio de bolivianos. “Un dinero que yo no tenía —dice India—. Más bien me ayudaron. Aunque vivimos en un sitio sin Dios ni Ley, cuando uno lo necesita, la gente responde. Y el pueblo se encargó de todo: centavo a centavo”.  

India no se siente con fuerzas para volver a caminar por “Villa Inés” y le pide a su cuñado Juan que me acompañe. “Villa Inés” tiene ahora otros inquilinos, pero la propiedad luce casi igual que hace dos años: incluso hay algunas huellas del asesinato de Gunnar. En una de las paredes, un boquete de bala forma todavía parte del “decorado”. Tras el incidente —se lamenta Juan—, la desgracia se cebó con ellos: “entraron a ‘Villa Inés’ cuando no estábamos y nos robaron casi todo, hasta el tendido eléctrico”.

Luces y penumbras

Volvamos otra vez a las imágenes en las que Fabricio —el muchacho de los pies ensangrentados— es protagonista. En ellas, hay partes mejor iluminadas: las piernas, las bandejas plateadas. Y otras que lucen en penumbras: la cabeza, el torso de Fabricio.

Cuando se saca una fotografía, cuando se hace clic, siempre hay un instante en que se queda todo negro, una transición entre el momento en que aparece la escena en el visor y el momento en el que se refleja en la pantalla luminosa de la cámara. Se trata, por lo general, de milésimas de segundo. En el caso de Fabricio, sin embargo, el “instante en negro” se extendió varios minutos: la barcaza, los tiros, la hemorragia, la desesperación, el dolor agudo, la foto-finish (es decir: el niño, sus pies como enormes patas de elefante).  

La única prueba contundente de lo que ocurrió en el Mamoré aquella madrugada es la embarcación, que ahora se pudre al sol en un garaje policial del lado brasileño. Parte de su casco está astillado. Tres orificios atraviesan su madera. Y al frente de los agujeros, una mancha seca color gangrena es la única señal de que a Fabricio lo hirieron.

Más allá de eso, no hay ninguna otra “verdad” que se sostenga. Sólo, maneras de “mirar” que se contradicen, reconstrucciones más o menos “interesadas” de los hechos. 

Según un informe de las Fuerzas Armadas de Bolivia que llegó a mis manos a través de una autoridad brasileña que pidió el anonimato, el 8 de octubre, a las 23.30, la Fuerza de Tarea Conjunta recibió una llamada en la que se dio la alerta sobre una barca de madera tipo peque peque que cruzaría el Mamoré entre las 02.30 y 03.00 con droga. Según el documento, a las 02.40 se avistó el bote y se procedió al abordaje. Según el documento, los militares, que iban en un deslizador, dieron el alto, nadie paró y fueron recibidos con dos tiros. Según el documento, el peque peque tenía cinco tripulantes y transportaba ilegalmente 1.200 litros de gasolina. Según el documento, uno de los contrabandistas llamó por celular a su contacto en el lado brasileño y dos barcazas partieron de la banda del país vecino en su auxilio. Según el documento, poco después, arremetieron contra el deslizador de la Fuerza de Tarea para hundirlo. Según el documento, el uniformado a cargo de la seguridad del equipo, al ver que estaban acorralados, disparó a uno de los costados del peque peque para tratar de defenderse. Según el documento, luego los soldados bolivianos se replegaron. El informe, en ninguna de sus líneas, menciona a Fabricio. Y el comandante de la naval Fernando Morón nos comentó en su oficina que no haría ninguna declaración al respecto.

Para Alejandro Vargas, abogado de la madre del menor, la realidad fue muy diferente. “Primero, sucedió todo en aguas brasileñas y no en internacionales; y los uniformados no debían haber disparado porque estaban en territorio extranjero. El peque peque llevaba un motor de cuatro caballos de fuerza, que no se puede comparar con el de un deslizador, que tiene más de 500. Entonces, mal podía haberse parado de inmediato. Los tripulantes aseguran haberse puesto de pie, sin mostrar resistencia. Y a pesar de eso, usaron contra ellos un fusil del tipo M16, un arma que sólo debería utilizarse en situaciones de guerra. Por otro lado, han denunciado que en el peque peque había combustible de contrabando. Pero no han podido demostrarlo. Se está intentando armar un proceso para beneficiar a los de la Fuerza de Tarea, pero este pueblo no es tonto: no se chupa el dedo”, dice.

En Guayaramerín, aquella fatídica jornada sonaron las campanas de la iglesia. “A veces, se tocan para informar. Es la forma de avisar aquí cuando hay problemas  —explica Clement Kata, sacerdote, 32 años oriundo de la India—. Ésa es la costumbre”.

La madre de Fabricio

A Fabricio, sus amigos le dicen cariñosamente El Gordo, pero ahora no siente el peso de los kilos de más, sino el del cuarto de hospital en el que se encuentra recluido. Su madre dice que el niño a ratos no quiere comida, que está triste, que aún le dan sedantes para que duerma.  

Estamos a 13 de octubre, en el barrio Juan Evo Morales Ayma, lleno de casas que fueron levantadas gracias a un programa social de vivienda que buscaba beneficiar a gente de escasos recursos. Todas lucen igualitas: patio, ladrillo descubierto en la fachada, ambientes un  tanto polvorientos que hacen las veces de cocina, de sala de estar, de dormitorio.

Claudia —polera holgada, cabello recogido, uñas pintadas, bolsón atravesando su sobaco y amarrado al cuello—  está sentada en una silla del recibidor. A su vera, hay unas tijeras, algunos papeles, un mando a distancia, una mesa en la que seguramente almuerzan. En la pared, no hay ni una sola fotografía de Fabricio.

“Las fotos no le gustan mucho”, dice Claudia.

“Mi hijo pasaba mucho tiempo en el puerto —comenta a continuación mientras se acomoda un par de pelos traviesos —. Allá todo el mundo lo quiere. Yo tengo un pequeño peque peque con el que trabajo haciendo fletes durante el día y él de vez en cuando me acompañaba. Allí, cargaba motores, mercancías. Se ganaba de a bolivianito por cliente. Cuando le iba bien, hacía 30 o 40 en unas horas. Y él estaba muy orgulloso de eso”.   

“A Fabricio lo ha criado mi madre, su abuela, que es la que ahora está junto a él en Porto Velho. A mí me reclama, pero yo tengo que quedarme aquí para juntar plata”.

Según Claudia, Fabricio disfruta con las pelis de Jackie Chan, con los dibujos animados y, sobre todo, con el fútbol. “Pero quién sabe si volverá a jugar algún día, si le amputarán o no alguna de las piernas”, titubea. Ella espera que se concrete una indemnización para afrontar dentro de poco la rehabilitación de Fabricio. Y pide que no se olviden del niño.

Epílogo

Estamos a 25 de noviembre y, entre las fotos que tomé en Guayaramerín —abiertas ahora en mi computadora—, hay un jurista que guarda un revólver de doble salida en su oficina. “Por si alguien intentara amedrentarme”, dice. Hay un activista llamado Jimmy que trabaja con pandilleros tatuados, con menores embarazadas, con adolescentes que, a cambio de unos pocos pesos para comprar algo que llevarse a la boca, se echan a un hombre encima sin pensarlo demasiado, con exdrogadictos —como lo fue él— que buscan una segunda oportunidad en estas tierras calientes de la Amazonía. Hay un locutor de radio que afirma que acá se lleva combustible al lado brasileño hasta en botellas de dos litros. Hay una señora de canas profundas que se quedó sin hermana porque la cosieron a tiros.

Entre las que no tomé, hay un hombre extraño sin una oreja que dice que aquí uno consigue lo que quiera y donde quiera: cocaína, marihuana, mujeres y niñas para divertirse en la cama un rato, pistolas, granadas y fusiles. Hay un cine muy bizarro que programa películas porno casi todos los días. Hay un tipo estirado con bigotito y pintas de elegante que lo atiende. Hay un hotel que recibe brasileños que vienen a Bolivia para operarse de la vista con médicos cubanos. Hay un defensor de los derechos humanos de voz aflautada que asegura que las causas judiciales casi nunca llegan a nada. Y hay un señor llamado Jerjes que aparece de vez en cuando por la tele para denunciar malos manejos de dinero, que presume de no haberse vendido nunca a nadie; y que tiene todas las boletas —todas— para convertirse en la siguiente víctima de cualquier bala “perdida”.

Si esto fuera el final de un largometraje, la voz en off diría lo siguiente: Fabricio sigue en una cama del hospital de Porto Velho, con un cuadro de anemia que impide, por el momento, una operación quirúrgica. Continuará internado varios meses. Todavía conserva las dos piernas. El militar que le disparó, según su abogado, ahora está libre, pero con medidas sustitutivas: lo han arraigado, tuvo que pagar una fianza y le han prohibido la entrada en algunos lugares públicos del pueblo. Planea irse a vivir pronto a Riberalta, donde se atiende  la causa desde hace unas semanas.  

Este reportaje ha sido posible gracias al respaldo del periódico La Razón y es el resultado de una beca de la undécima versión del Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la UNIR que este año está relacionada con la vigencia o vulneración de derechos humanos en Bolivia.

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