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Ruta de la fe - Curahuara de Carangas

El municipio orureño acaba de rehabilitar cinco capillas coloniales que estaban abandonadas, para volver a oficiar misas y fomentar el turismo

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 16 de diciembre de 2012

Cuando el padre Gabriel Antequera leyó el evangelio ante un grupo de fieles en el poblado de Sajama, cerró 20 años en que no se escuchaba misa entre las paredes de cal de la capilla colonial. Como aquí, en otras comunidades a los pies del nevado más alto de Bolivia hay pequeños templos semiderruidos a los que, hasta 2007, ningún cura iba a practicar la eucaristía. El párroco que debía hacerlo tenía que llegar desde Caracollo, en la provincia Cercado, a 190 kilómetros. Demasiado lejos para ir a cumplir con las necesidades religiosas de los lugareños.

Gabriel, orureño de 33 años, es el primer sacerdote en años que está destinado en Curahuara de Carangas, la parroquia de la que dependen las capillas de la zona. Este pueblo es la capital de la provincia Sajama, cerca de la frontera con Chile, y su iglesia es considerada la Capilla Sixtina de los Andes. El cura llegó en 2007 y, desde entonces, ha estado muy atareado, pues no sólo se ha encargado de oficiar misas, sino también de reparar el edificio en el que “trabaja”, erigido en el siglo XVI.

Al año de su llegada, había aumentado el número de vecinos que iba a las misas pero, además, había obtenido financiación de la Embajada de Alemania para comenzar los procesos de restauración y conservación del templo de Curahuara, el que está dedicado al Tata Santiago.

En la zona existen, al menos, unas 200 capillas, según el presidente del Colegio de Arquitectos de Bolivia (CAB) y gerente del proyecto, Gonzalo García.

“Las hay de todos los tamaños”. Los pobladores del altiplano orureño son, tradicionalmente, pastores, de ahí que vivan de forma dispersa. Por eso, los españoles levantaron tantos lugares religiosos, explica la historiadora Ximena Medinacelli. Algunos fueron construidos sobre las wakas (lugares sagrados) y, además, “tenían el mismo papel que las chullpas (torres funerarias), es decir, delimitar el territorio”.

Las capillas fueron edificadas entre el siglo XVII y principios del XVIII. Originalmente se levantaron con piedra, cal y tejado de paja. A su alrededor, se construyeron muros perimetrales con una diminuta capilla en cada una de las esquinas. Algunas de estas ermitas tenían una sola torre; otras, dos. “En las campanas aparecía la fecha en que fue construida la iglesia, pero han sido robadas”, comenta el arquitecto, por lo que, generalmente, es difícil saber el año exacto de la construcción.

La ausencia de un sacerdote durante los últimos tiempos dejó en desuso muchas de esas pequeñas iglesias altiplánicas, que llegaron a deteriorarse.

Es el caso de la capilla de Santa Bárbara, situada en una loma al frente del templo principal de Curahuara. Hasta hace poco, una iglesia podía verse desde la otra; ahora, un edificio de ladrillos más alto que las casas cercanas impide la visibilidad.

Los vecinos usaban el sitio como letrina. Eso ya es cosa del pasado reciente. En 2011, después de la restauración de la parroquia de Curahuara, el padre Gabriel buscó financiación para recuperar seis capillas del área rural: Huchusuma, Lerco, Sajama, Lagunas, Tomarapi y Rosapata. El Fondo del Embajador para la Preservación Cultural del Departamento de Estado de Estados Unidos respondió a la petición. Este año, la Embajada ha aportado otros $us 41.720 y, con el trabajo del CAB y de los lugareños, se ha preservado lo que aún se mantenía en pie y restaurado lo que faltaba de otras cinco capillas del municipio: Santa Bárbara, Quillviri, Kellcata, Ojsani y Cotasaya.

El sacerdote dice que su iniciativa es por “el cariño a la parroquia”. Esa dedicación dio sus frutos el 6 de diciembre, cuando se hizo la entrega oficial de los templos restaurados.

Día de fiesta e invitados

Al evento asistieron el ministro Consejero de la Embajada de Estados Unidos, Mitch Ferguson; el obispo de Oruro, monseñor Cristóbal Bialasik, para bendecir cada una de las capillas; el gobernador de Oruro, Santos Tito; el embajador de Alemania, Philipp Schauer; la máxima autoridad del cuartel de Curahuara, el coronel Miguel Vera (el ejército ayudó a transportar los materiales), y autoridades locales.

Hace menos de dos meses que comenzaron los trabajos en las iglesias y los interiores, exteriores y tejados de las cinco capillas, y se instaló la iluminación. Ahora, están abiertas a los fieles y a los visitantes.

En Santa Bárbara, la imagen de la deidad, de pequeño tamaño, es la original. Tras quitarle los rastros del paso del tiempo, la han vestido con un vestido azul marino de terciopelo y bordados en hilo dorado, con corpiño plateado y velo blanco. Sólo falta la torre que representa a esta santa pues, según la tradición católica, fue donde su padre la tuvo encerrada. Salvo por la santa, colocada en el altar blanco, cuyo color combina con las paredes, no hay nada más ahí adentro. 

Las paredes han sido reparadas con las piedras originales y con cal nueva traída de Oruro. Al apoyarse en ellas, uno se lleva consigo un pequeño recuerdo de la capilla en forma de mancha blanca sobre la ropa.

El piso es de ladrillo y la fachada está custodiada por dos torres. Frente a la puerta emerge un calvario blanco. Antes de que se construyeran los calvarios en pequeños montes, los feligreses daban 14 vueltas a estos pequeños monumentos, de rodillas, por cada uno de los episodios de la pasión de Cristo, dice la arquitecta Josefina Matas, del Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio (Cicop) en Bolivia.

Tras el muro, en cada una de las cuatro esquinas, hay una capilla posa. En ellas se coloca la imagen que se saca en procesión, y se le reza. Se recorren las cuatro en el sentido contrario a las agujas del reloj. En los tiempos de la Colonia se usaban también para evangelizar a la población por grupos (niñas, niños, mujeres y hombres, cada uno en una capilla).

Para el tejado, se ha reutilizado calaminas que había en la iglesia, cubriéndolas con paja. Ésta se ha colocado siguiendo el sistema “quirqui”, que emplea un 33% más de paja y un tipo de trenzado que deja las raíces afuera, y que alarga la vida de la techumbre de 12 a 20 años, según el arquitecto García.

A seis kilómetros del núcleo urbano de Curahuara está Quillviri. Para llegar hay que transitar por un camino de tierra y atravesar un riachuelo (que crece en la época de lluvias), sobre el que no hay puente. Por el camino se ven llamas, vicuñas y alpacas alimentándose de la hierba que crece junto a limpios riachuelos. No por nada este municipio es la capital sudamericana de la crianza de camélidos.

A lo lejos destaca, sobre el fondo pardo de la Ciudad de Piedra, la capilla de Quillviri, dedicada al Señor de la Paciencia. Aunque parece que a los comunarios ya no les queda mucha: durante la entrega de la ermita restaurada, no pierden la ocasión de pedir reiteradamente, tanto al representante estadounidense como al gobernador de Oruro, que hagan llegar la luz eléctrica y el agua potable. El líquido necesario para la restauración fue traído en recipientes desde el  arroyo, a bastantes metros de distancia.

Aquí, los muros están recubiertos de estuco y pintura látex porque, como es tradición en algunos pueblos, los pasantes de las fiestas han tratado de preservar la iglesia por sus propios medios, aunque sin respetar los materiales de construcción originales, explica la historiadora Medinacelli. El suelo es de ladrillo y tiene dos torres, como en Santa Bárbara.

El cura solía acudir a dar misa en octubre, años atrás, explica Francisco Téllez, un comunario mayor que toca la tarka.

No muy lejos está la escuela, que ya no tiene alumnos. Los habitantes quieren convertirla en un centro de recepción de turistas, pues están emocionados al pensar que puedan llegar viajeros a conocer su tierra y generarles ganancias. Pero, por el momento, no hay servicios básicos, ni tiendas ni hospedajes, y el camino para llegar, como los que van a los otros pueblos, es incómodo, irregular y lleno de profundos baches.

Para ir a la siguiente capilla hay que regresar a Curahuara, y de ahí tomar la carretera en dirección a Chile, para luego desviarse por una vía de tierra. Son 17 kilómetros en total hasta Kellcata.

Esta ermita es más pequeña que las anteriores y tiene una sola torre, pegada al muro izquierdo. Consagrada a la Virgen de la Candelaria, se construyó en el siglo XVII. Como las otras, tiene el interior blanco por la cal de las paredes.

Cinco personas trabajaron durante 25 intensos días para dejar la pequeña iglesia tal como está hoy. El jefe de la reparación es Ascensio Mamani Paxi. Cuenta que lo más duro fue hacer el tejado, porque las pajas pinchan las manos. Para amarrarlas, se usa cuerdas mojadas de cuero de camélido. En ese estado son más fáciles de manejar y, además, una vez secas, se contraen, apretando más todavía la techumbre.

La próxima parada es Ojsani, a 42 km de Kellcata, cerca del nevado Sajama. Tal vez por ello su Virgen es la de las Nieves. Está frente al pequeño cementerio de la comunidad, al otro lado de la carretera. Al frente, se ven los vestigios del antiguo camino a Tambo Quemado.

Esta capilla del siglo XVII tiene el campanario separado del edificio, a la izquierda. El interior es más barroco que el de las otras: las paredes de la nave están empapeladas en rojo con estampado de flores doradas y grises, que sólo dejan un espacio blanco entre el papel y el techo, y otro en la parte baja del muro. El arco y el techo del altar, así como las hornacinas de las imágenes divinas, están profusamente pintadas. La puerta es la original, sólo hubo que añadirle un pequeño trozo de madera.

A 21 km de distancia está Cotasaya, con la torre como la de Ojsani, pero con el Sajama como telón de fondo. El altar es azul con arcos color salmón y con urnas decoradas. La puerta es de metal, colocada por un antiguo pasante de la fiesta. Los vecinos le tienen cariño y han preferido mantenerla, aunque esté fuera de contexto.

Aquí, además de la llama, como en toda la zona, se come también trucha de carne color blanco, que los lugareños pescan en un río cercano.

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