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Ruta papal

En Buenos Aires, el Ente de Turismo ha creado un tour que muestra los lugares históricos donde moró Francisco.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Céliz

00:00 / 28 de junio de 2015

El interés por conocer la historia del padre Jorge Bergoglio no se detiene. La figura del papa Francisco cautiva a todos por igual, argentinos y extranjeros, alimentada por una personalidad que gana empatías sin fronteras. Un solo dato: el tour organizado por el Ente de Turismo de la Ciudad de Buenos Aires y la Dirección General de Cultos, que propone un encuentro con la historia del Sumo Pontífice, tuvo en las Pascuas pasadas un incremento del 20% en su demanda. Para esas fechas, conseguir una plaza era casi una misión imposible.

El circuito papal dura tres horas y es un encuentro con la historia de Bergoglio. El recorrido comienza en la Basílica San José de Flores, en la histórica avenida Rivadavia 6950, la más larga del mundo. Micrófono en mano, Daniel Vega, a cargo de la visita guiada, rompe el silencio con una anécdota. “El 21 de septiembre de 1953, con 17 años, Jorge caminaba por estas calles para encontrarse con unos amigos con los que pensaba compartir el Día de la Primavera, un festejo muy tradicional en la Argentina, sobre todo entre los jóvenes, que celebran en parques y plazas. Sin embargo, tuvo la necesidad de ingresar al templo para meditar y confesarse. Nunca fue al encuentro con sus amigos, que lo esperaban a una cuadra, en la estación del tren. Tras la confesión, regresó a su casa con la convicción de que iba a ser sacerdote. Un secreto que guardó durante cuatro años”, cuenta el guía, mientras el ómnibus comienza a internarse por las calles de Flores, un barrio muy habituado por migrantes bolivianos.

Así llegamos hasta el barrio Bonorino, que mantiene la fisonomía que conoció Bergoglio en su infancia y juventud: casas bajas, pocos comercios y veredas angostas. De repente, Vega le pide al chofer que detenga la marcha frente a una casa, en Membrillar 531, donde una placa da cuenta de que allí vivió el Sumo Pontífice. “Este es el solar, no la casa original, ni tampoco es la casa donde nació”, aclara. Es que las versiones, en este sentido, fueron varias. Sin embargo, la luz llegó a partir de una investigación apoyada por el gobierno porteño que se inició con una referencia del propio Bergoglio: “Nací sobre Varela al 200”.

Finalmente, el acta de su nacimiento, el 17 de diciembre de 1936, despejó todas las dudas. Habla de Varela 268. “El padre Jorge no quería que pongan más placas y estaba preocupado por el gran alboroto que había en el barrio tras su designación, con tantos turistas y visitantes. Pero bueno, esta vez no se le hizo caso al Papa y ahí está la placa”, dice Vega sonriente frente a esa vivienda que los Bergoglio alquilaron en 1932 hasta que pudieron comprar la de Membrillar.

¿Cómo es?, una  típica construcción del Buenos Aires de principios del siglo XX, con varias habitaciones conectadas entre sí, patio rectangular y galería.

El paseo continúa por la plazoleta Herminia Brumana, en Membrillar y Bilbao, donde Jorge jugaba al fútbol, y por el Instituto Nuestra Señora de la Misericordia (Directorio 2138), muy cerca de la casa de la infancia, en el que cursó el jardín de infantes y tomó, a los ocho años, la primera comunión. “Este sacramento lo tomó con la guía de la hermana Dolores, una religiosa con la que Jorge tendría varios años más tarde otro encuentro muy importante, pero eso se los voy a contar más adelante”, enuncia Vega, dejando a todos con ganas de saber más. Pero las anécdotas sobran y el guía maneja los tiempos a la perfección, en tono ameno y entretenido. “En esta iglesia, cuando tenía ocho años y venía caminando de la mano de su mamá, se cruzaron con una monja amiga de la familia, quien le preguntó: ¿te acordás Jorgito cómo aprendiste a contar? El pequeño se separó de su madre y comenzó a subir las escalinatas de la iglesia de la Misericordia.

Así de fuerte era la relación de toda familia con la fe”, comenta Vega.

La escuela Pedro Antonio Cerviño (Varela 358), donde cursó la primaria, la escuela Hipólito Yrigoyen (Virgilio 1980), donde se recibió de técnico químico, y la Vicaría de Flores son las siguientes paradas. Es el momento de volver a la anécdota inconclusa: “A los 21 años le detectaron cáncer en un pulmón. Su estado físico y anímico era muy malo, sumado a un tratamiento muy doloroso. Los médicos le aseguraron que se trataba de una operación difícil, que incluso pondría en riesgo su vida. En ese momento, reaparece la hermana Dolores, quien le dijo: ‘Con tu dolor estás imitando a Jesús’. Jorge sintió que estaba ante el segundo llamado de Dios. Fue operado (le quitaron parte de uno de los pulmones), salvado y al poco tiempo comenzó su vida sacerdotal”, explica Vega, que no tarda en preguntar la procedencia de todos: hay venezolanos, peruanos, brasileños, ecuatorianos, colombianos, chilenos y trinitenses, entre muchos otros países, además de argentinos.

Durante el paseo, con CD de tango incluidos, el guía habla de la postergación del papa Benedicto XVI a su pedido de jubilación y ya en el barrio de Villa Devoto, el ómnibus se detiene frente al Seminario Metropolitano de Buenos Aires (1897), donde Bergoglio ingresó a los 22 años y decidió ser jesuita. También pasa por la cárcel de Villa Devoto, visitada con frecuencia por quien también fuera arzobispo de Buenos Aires. Allí asistía a los presos y realizaba la ceremonia del lavado de pies de los Jueves Santo. “Las autoridades de la cárcel le insistían en que pase directamente, pero nunca le gustaron los privilegios y hacía la fila como el resto de los visitantes. La negación al trato privilegiado continuó en el Vaticano, cuando no aceptó el pasaporte diplomático que le corresponde como Jefe de Estado y gestionó, a fines de 2013, el pasaporte argentino que se le vencía”.

A caminar

La primera parada con descenso permitido es la parroquia San José del Talar, en el barrio de Agronomía. Más precisamente, en el santuario de Nuestra Señora de Knotenlöserin, conocida como la Virgen Desatanudos, venerada en Ausburgo desde 1706. Sin embargo, la devoción por esta virgen en la Argentina, donde hoy es muy popular, la introdujo el actual Pontífice, a raíz de un viaje que lo llevó en los años 80 a Alemania con motivo de la presentación de su tesis doctoral en teología. Una estampita con la imagen de esa virgen, regalo de una religiosa poco antes del viaje, despertó su interés. A su regreso le encargó a una artista cuatro pinturas al óleo, réplica de esa primera imagen, una de las cuales se exhibe en este santuario.

Su costumbre de visitar iglesias, capillas, colegios, hogares para gente sin techo y cárceles, y de usar el transporte público, sobre todo el metro y el colectivo, incluso siendo cardenal primado de la Argentina, también es abordada por el guía, mientras un álbum colmado de fotos de Bergoglio va de mano en mano entre los participantes del tour. Vega también da información sobre la amplia formación de los jesuitas (el seminario puede extenderse unos 15 años), de su paso por la provincia argentina de Córdoba, Chile, y de su ordenación, el 13 de diciembre de 1969. “En los años 70 daba clases de literatura y psicología en el Colegio de la Inmaculada Concepción de la ciudad de Santa Fe. Era amante del romanticismo alemán, y de los clásicos universales y argentinos, como Leopoldo Marechal, Fernández Moreno y Jorge Luis Borges, entre otros. A Borges le mostró los cuentos de ocho de sus alumnos, que habían ganado un concurso organizado por él en ese colegio. Para su sorpresa, Borges le propuso escribir el prólogo y hasta se presentó un día en plena clase. “Quizá tengamos entre estos jóvenes —le dijo Borges— a un gran escritor el día de mañana. Por supuesto, nunca imaginó Borges que el más destacado iba a ser ese profesor jesuita”, cuenta el guía.

Claro que otra hubiera sido la historia si la familia paterna finalmente hubiera zarpado de su Italia natal a bordo del barco Princesa Mafalda para reencontrarse con parte de la familia radicada en Paraná, Entre Ríos. Así, a fines de los años 20, cuando deciden probar suerte en América, los Bergoglio ponen a la venta sus bienes. Sin embargo, la demora en la venta de la confitería que tenían en Portacomaro, en la región del Piamonte, hace que pierdan los boletos que habían comprado para embarcarse en Princesa Mafalda. “El barco naufragó justamente en ese viaje frente a las costas de Brasil, provocando la muerte de la mayoría de sus pasajeros. Tal vez fue un hecho premonitorio”, manifiesta Vega. Y agrega: “Sus abuelos, Juan y Rosa, y su padre, José Mario Francisco, llegaron finalmente a Buenos Aires en el verano de 1929, con un calor y una humedad tremendas. A todos les llamó la atención que Doña Rosa descendiera del barco con un tapado de visón abrigadísimo hasta los tobillos. En el forro de ese tapado, ella traía todo el dinero de la familia”.

En Almagro, la parada tiene perfume de fútbol. Desde las ventanillas del ómnibus se observa el pequeño Oratorio San Antonio, con un pintoresco mural que muestra al padre Lorenzo Bartolomé Martín Massa, a cargo del oratorio, con sotana y pisando una pelota. Un dato: allí, en 1934, se conocieron Mario y Regina, sus padres, que se casaron ahí mismo al año siguiente. Pero volvamos al fútbol. Así lo explica Vega: “Un día, hacia el 1900, el padre Lorenzo se sobresalta cuando observa cómo un tranvía, por muy poco no pisa a uno de los chicos que estaba jugando en la calle. El cura se acercó a los chicos y les ofreció que jugaran en un sector libre que había detrás del oratorio, a cambio de que fueran a misa. Poco después, los chicos formaron un equipo de barrio: Los forzosos de Almagro, que luego se inscribió en la liga local con el nombre de San Lorenzo de Almagro. Como todos saben, el club de sus amores”.

La Basílica de San Carlos y María Auxiliadora, donde fue bautizado en 1936, es la última referencia del barrio de Almagro. De ahí en más, el ómnibus se va internando por el área central de la ciudad. No tarda en aparecer el Colegio El Salvador y la Iglesia del Salvador, muy importantes en su vida (fue superior provincial de los jesuitas, docente, directivo y sacerdote). Poco después, se vislumbran las imponentes fachadas del Palacio de Justicia y del Teatro Colón.  El grupo se encuentra en la avenida 9 de Julio, donde el Obelisco es la vedette. Queda poco para el final. Parados en semicírculo frente a la Plaza de Mayo,  Vega centra la charla en la segunda jornada del último conclave de cardenales, cuando el humo blanco, finalmente, asomó por la chimenea del Vaticano anunciando que había un nuevo Papa. “Pocos minutos antes, una gaviota, cuyo nombre genérico es argentum, que significa plata, de donde deriva el nombre Argentina, se posó en esa chimenea. ¿Habrá sido un mensaje de fe?...”, dice el guía, dejando abiertas las distintas interpretaciones.

Este es el último barrio de Bergoglio en la Argentina, a metros de la Catedral primada, donde ofició desde 1998, cuando fue nombrado arzobispo, hasta marzo de 2013. Una vez más, pese a poder disponer del elegante Palacio Arzobispal, en Martínez, provincia de Buenos Aires, el arzobispo optó por alojarse en el edificio del Arzobispado, junto a la catedral. Allí, en el segundo piso, montó su oficina, más pequeña que la de su secretaria, y en el tercer piso su habitación, con una pequeña cocina incluida. “A poco de ser elegido Papa, Jorge comenzó a llamar personalmente a mucha gente, entre ellos al sastre, al zapatero, al dentista y también a este puesto de periódicos (Vega señala la parada que está a unos metros)”. Pero es ahí donde empieza otra historia.

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