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Saavedra, museo del presidente boliviano de argentina

Nacido en lo que actualmente es Potosí, Cornelio de Saavedra inició su carrera militar con las invasiones inglesas al Río de la Plata.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Céliz

00:00 / 18 de enero de 2015

Desde la avenida General Paz, que rodea con sus casi 25 kilómetros en forma de herradura a la Ciudad de Buenos Aires, una pintoresca casona del siglo XIX de paredes blancas, techos de teja rojos, gruesas columnas y un entorno verde intenso que minimiza los sonidos de un tránsito incesante, no pasa inadvertida.

Sin embargo, apenas se ingresa en esta residencia construida entre 1870 y 1880, en un predio que por entonces tenía 300 hectáreas, lo primero que hay que hacer es bajar el ritmo y el paso, y prepararse para un viaje al pasado. Sí, eso es lo que propone el “Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra” en esta propiedad, en la que el próspero comerciante Luis María Saavedra, sobrino del general nacido en la Villa Imperial, de destacadísima participación en la Revolución de Mayo, pasaba sus fines de semana en busca de descanso.

Un paseo por la historia

¿Qué se puede ver? La respuesta es variedad en más de 20.000 objetos que permiten tener una amplia visión de la historia de esta ciudad, que fue capital del virreinato y de una provincia, y lo es de la República. Las dos primeras salas representan dos ambientaciones de un típico salón porteño de la primera y la segunda mitad del siglo XIX. Es decir, de fines del virreinato y de las primeras décadas de la Independencia.

Se lucen una pintura cusqueña y una talla en madera de la virgen de 1790, aproximadamente; un piano de 1810 y un brasero de bronce español, que servía para calefaccionar las tradicionales tertulias porteñas. También cuelga una araña madrileña de principios del siglo XIX cuyos caireles no solo tenían un efecto estético, también servían para refractar en esos grandes salones la pobre luminosidad que producían las velas.

Sin embargo, la forma de decorar los salones porteños cambió a mediados del siglo XIX, cuando la influencia francesa e inglesa no solo llegó a la política y la economía, sino también a la cultura. Por eso la presencia del arpa francesa Erard, de las delicadas sillas inglesas y del piano de Hamburgo, entre otros muebles de época. No obstante, la niña mimada (o, mejor dicho, el niño mimado) es el sillón en el que el General San Martín descansó durante su retiro en la ciudad francesa de Boulogne Sur Mer, donde murió en 1850.

“Es una de las piezas más importantes y valiosas del museo. Fue un regalo que le hizo Gonzalo Balcarce, su yerno. Conserva el cuero original, cuenta con apoyapiés y un sistema regulable que modificaba el ángulo de reclinación del sillón. Además, tiene atril y un portacandelabro para leer de noche. Y sí, aquí descansó San Martín”, dice Jorge de la Calle, uno de los guías de la institución. Municiones, medallas inglesas y un bastón del tambor mayor del Regimiento N° 71 Highlanders, un cuerpo de élite escocés que se rindió por primera vez en su historia durante la segunda invasión a Buenos Aires, son otras de las piezas exhibidas. “Las milicias de la ciudad se enfrentaron contra un ejército de élite de 8.500 hombres. Realmente fue una defensa histórica”, recalca el guía De la Calle, poco antes de detenerse en la tabaquera y la fosforera que perteneció a Martín de Alzaga, el alcalde de la ciudad que organizó la resistencia.

El general en cuatro objetos

Si bien no es un museo solo sobre Cornelio de Saavedra, su presencia no pasa inadvertida. Se lo tiene en varios objetos personales, como una especie de cartera que le servía de anotador y en su escritorio, enchapado en caoba y de origen inglés. También se exhibe el escudo de la familia y una litografía del general, de 1830, con uniforme, que en su base dice: Primer Presidente de la República Argentina. Sí, un potosino como el primer hombre en el naciente país argentino. “La frase no es menor. Da cuenta de que para esa fecha se lo consideraba el primer presidente y está muy bien, porque se trató de un gobierno autónomo, aunque muchos le otorguen a Rivadavia esa importante condición”, sostiene De la Calle. “Francia estaba invadiendo España, que se debilitaba cada vez más, pero los criollos querían entrar en acción sin más demora. Pero De Saavedra dijo: Esperen. Y se esperó. Tuvo una frase muy recordada: Las brevas todavía no están maduras. Él aguardó hasta que toda la península cayera en manos de Napoleón y que el rey fuera prisionero.

Cuando eso ocurrió, dijo: Ahora no hay tiempo que perder. Fue un gran estratega”.

El recorrido, que puede extenderse por poco más de una hora y cuarto, comprende documentos importantes, como el bando publicado después del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, cuando se decide derrocar al Virrey y elegir la Junta de Mayo, presidida finalmente por el propio De Saavedra; el primer número de la Gaceta de Buenos Aires (primer diario argentino), litografías de Belgrano (1830); un retrato de San Martín bajo la particular mirada de un artista inglés, en el que es difícil identificarlo, y una copia de la Declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816, que circuló por esos años.

Los peinetones

Ya en la sala de la Confederación Argentina no faltan las charreteras, el bastón y el tintero de Juan Manuel de Rosas, un relicario con cabellos del general Manuel Dorrego, la bandera de la Confederación que flameó en el fuerte de Buenos Aires, y un catalejo del combate de La Vuelta de Obligado, contra franceses e ingleses. “Rosas, al vencer a esas dos potencias mundiales, se convirtió en un hombre muy reconocido en toda Europa y Estados Unidos, que llegó a las tapas de los principales diarios del mundo. Ese busto, por ejemplo —explica el guía señalando una vitrina— fue realizado en Bélgica”.

Entre tanta munición y noticias guerreras, la tregua se encuentra en la sala de la moda, sobre todo la femenina, que tiene al peinetón como figura central.

Un adorno de la alta sociedad porteña, que se convirtió en verdaderas obras de arte. “Formó parte de la moda típica de las damas porteñas, algo muy característico de Buenos Aires, ya que el español usaba una peineta mucho más chica. Están realizados en carey, con el caparazón de las tortugas de las islas Galápagos y Cuba. Un trabajo sumamente valioso y artesanal”, cuenta De las Casas.

Las piezas, símbolo de status y un tanto extravagantes, realmente llaman la atención. Caladas y moldeadas, algunas tienen más de un metro de largo, un trabajo artesanal de gran factura y un costo que rondaba entre 400 y 500 patacones (antigua moneda argentina). Incluso, en algunos casos, hasta lucieron incrustaciones en marfil, oro, nácar y piedras preciosas. Los paseos al aire libre y las tertulias de la élite eran los momentos oportunos para que ellas se lucieran y pusieran a su gran impulsor y principal fabricante, Don Manuel Mateo Masculino, en boca de todas y todos. Un español hábil y visionario, que se afincó en Buenos Aires, llegó a tener en sus talleres a más de diez empleados e hizo crecer en tamaño la peineta española hasta límites insospechados.

De billetes y armas

Una buena manera de conocer la evolución de la Plaza de Mayo, ese paseo insoslayable para todo turista, es a través del pincel de la francesa Leonie Matthis (1883-1952), cuyas acuarelas reflejan, a partir de una minuciosa investigación histórica, distintos momentos de esta plaza, desde cuando Buenos Aires no era más que una pequeña aldea.

Y en viaje a través de esa paleta de colores aparecen la antigua Aduana Taylor y la Recova Vieja (1803), símbolo de la ciudad colonial y demolida en 1833 por el intendente Torcuato de Alvear, uno de los referentes de la llamada Generación del 80, que miraba con desagrado toda señal del reinado español.

Y ahí nomás, en las vitrinas, las llaves del antiguo fuerte, una escritura de Juan de Garay, de 1530, y un traje de caballero de 1750, en excelente estado de conservación y completo, de pies a cabeza.

La sala de Numismática es un paseo en sí misma. Allí se exhiben algunas monedas de plata acuñadas que circulaban en el Virreinato del Río de la Plata, acuñadas en 1656 al pie de la mina de Potosí. Llama la atención el tamaño de los primeros billetes argentinos (1826), de 500 patacones, que se utilizaban para las grandes operaciones y se guardaban en cajas fuertes. Claro que este rincón también da cuenta de la historia reciente argentina, no tan feliz y agitada, con billetes mucho más actuales: hay australes, que circularon a mediados de los ochenta; patacones, lecop y quebracho, que se emitieron con la intención de paliar la crisis de 2001.

En la sala contigua, las armas son las vedettes. Algunas muy extrañas y valiosas, del siglo XVII, con sistema de chispa, además de fusiles utilizados durante las invasiones inglesas y de una pistola francesa, del siglo XIX, con mango de marfil y marca Lefaucheux. “Tiene un sistema llamado armónica. En vez del tambor redondo, éstas lo tienen horizontal, lo que le permitía al portador hacer hasta seis disparos al mismo tiempo. Hay otras armas que cumplen tres funciones: pistola, puñal y manopla, y otra, de uso exclusivo de la mujer, pequeñas, livianas y de siete disparos”, explica el guía.

Último pedido

El punto final del recorrido lo pone la sala Keen, bien gauchesca, donde se puede ver un típico recado del gaucho de Buenos Aires, con bastos y encimera, indumentaria, platería, boleadoras, chesqueros, facones, cuchillos y la cabeza embalsamada del primer carnero de raza merino ingresado al país a principios del siglo XIX. Los mates no podían faltar. Incluso algunos muy curiosos, como los que el gaucho usaba para las travesías a campo traviesa. “En los viajes largos se usaba un mate confeccionado con una planta de varias curvas, lo cual le permitía al gaucho atarlo a la montura”, cuenta De las Casas, cerca de la puerta de salida, a punto de despedirse.

Pero antes, nuestro guía hace un alto frente a un postigón de madera, que perteneció a La Casa de la Virreina Vieja, en las actuales avenida Belgrano y Perú, testigo de las invasiones inglesas. El sangriento domingo 5 de julio de 1807, el teniente-coronel Cadogan y cuatro compañías del Regimiento N° 95 buscaron refugio en esta construcción, donde aún vivía Rafaela de Vera y Mujica y su prole, mientras huían de una nutrida metralla, posiblemente la más acertada de toda la defensa de la ciudad. La decisión no fue la mejor. Estaban acorralados y en poco tiempo el lugar se pobló de cadáveres. Las tropas de Saavedra tomaron la casona e hicieron prisionera a toda la oficialidad.

Entre ellos estaba el coronel Klingston, que herido de muerte le pidió a las fuerzas de Saavedra un último deseo: ser enterrado en el Regimiento de Patricios. Quiero yacer a la sombra de esos valientes, susurró el militar. 

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