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Sajama: un paraíso desconocido en Bolivia

El turismo es la segunda actividad del área protegida. De los 4.500 visitantes anuales, sólo el 40% son nacionales.

La Razón / GEMMA CANDELA

00:00 / 31 de marzo de 2013

Ni una papa, ni siquiera una planta de quinua crece en el lugar, pero eso no ha impedido que haya presencia humana desde hace cientos de años a los pies del nevado más alto de Bolivia, el volcán Sajama (6.542 msnm). El clima varía entre frío y helado, y apenas llueve. El único árbol que crece en el entorno es la queñua (Polylepis tarapacana), y algunos arbustos como el tholar (Parastrephia lepidophylla, P. lucida, Baccharis incarum) y la yareta (Azorella compacta). Entre esas plantas andan individuos de tres de las especies animales más representativas del lugar: la llama, la alpaca y la vicuña. Ellas son la principal actividad económica y sustento alimenticio de los alrededor de 1.000 habitantes que tiene el Parque Nacional Sajama. Desde hace unos años, el turismo también se ha convertido en una fuente de ingresos para las comunidades. Sin embargo, aún falta promoción, sobre todo interna, para atraer visitantes nacionales; también, mejorar el nivel de vida de los lugareños a través del desarrollo sostenible. Para ello, la Unión Europea, mediante el Programa de Apoyo a la Conservación de la Biodiversidad (Pacsbio), ha entregado el primero de los cuatro pagos (36 millones de bolivianos) destinados a la conservación de la flora y la fauna, a elaborar planes de gestión, a implementar 30 proyectos turísticos y a crear un sistema de cobro a los visitantes por el ingreso, en los 22 parques nacionales. La entrega fue oficializada el 21 de marzo en la estancia Tomarapi, dentro del área protegida del Sajama.

La carretera Patacamaya-Tambo Quemado, en la frontera con Chile, atraviesa el Parque Nacional. Unos kilómetros antes de llegar al límite entre ambos países hay un desvío hacia Curahuara de Carangas, donde se alza un tesoro arquitectónico del siglo XVII: la Capilla Sixtina de los Andes.

Antes de continuar el camino hacia Tomarapi, no está de más detenerse para visitar el edificio religioso. Hay que buscar al párroco, Gabriel Antequera, para que abra las puertas. Hasta hace unos meses, no se cobraba entrada; ahora, cuesta Bs 15.   

Después de conocer la capilla colonial, hay que continuar la ruta, que a partir de ese punto es de tierra. De repente, aparece el Doctor Sajama, como le llaman, imponente y ya omnipresente durante todo el tour. No hay nada que distorsione la armonía del paisaje compuesto por grandes pampas áridas salpicadas por pinceladas, en tonos verdes apagados (pardos en invierno), de los tholares y las matas de paja brava. En medio de los campos, los tonos tenues se transforman en manchas de color esmeralda: son los bofedales, las esponjas naturales andinas que retienen el agua y sirven de pequeños reservorios en la época seca. Entre ellos discurren vertientes de agua. Allí acuden a beber vicuñas, alpacas y llamas.

Un suri o avestruz andino cruza el camino a toda velocidad. Es una suerte verlo: se trata de una especie en peligro de extinción, que en Bolivia está protegida tanto en el Parque Sajama como en la Reserva Eduardo Abaroa.

Un grupo de cinco vicuñas pasta cerca del vehículo. Una va en último lugar, algo separada de la manada y mira hacia atrás. “Es el macho”, explica el director del parque, Rubén Lamas. “Cuida de que no aparezca algún peligro”. Lo peor que podría pasar es que surgieran cazadores furtivos, aunque la “zona roja” está al norte del área, por donde entran, provenientes del departamento de La Paz. “El último que hemos pillado tenía ocho cueros”, afirma. En lo que va del año, ninguno de los seis guardaparques que vigilan las 100 mil hectáreas protegidas ha detectado la presencia de buscadores de vicuñas, de la que normalmente son alertados por los comunarios. Sin embargo, resalta el director del parque, todavía está pendiente la resolución de cuatro procesos judiciales.

Lo que persiguen los cazadores es la preciada fibra de la vicuña, animal del que hay alrededor de 3.000 ejemplares dentro del parque (llegan hasta 4.300, aproximadamente, sumando las de las zonas colindantes). Los lugareños aprovechan el recurso. “Es beneficioso porque nosotros (los guardaparques) logramos que las comunidades cuiden la vicuña, la conserven. Y ellos (los comunarios), ganan la fibra: la estamos vendiendo a 430 dólares el kilo”, dice Lamas.

Entre octubre y noviembre se realiza la esquila. Para obtener un kilo de fibra hay que esquilar cinco animales. Las vicuñas viven en estado silvestre, y sólo se las “molesta” durante la época de esquile. Lo que sí se pastorea son alpacas, llamas y, también, en menor cantidad, ovejas.

Y eso se ve en la vestimenta de la gente, al llegar a Tomarapi. Tanto los hombres como las mujeres se cubren la cabeza con sombreros de lana blancuzca, proveniente de llama o de oveja. Ellas se cubren el torso con chompas de punto y polleras de lana negra o café. Algunas lucen más citadinas, con sombrero de borsalino y ropa colorida de telas más finas.

Tomarapi es un pequeño conjunto de casas tradicionales hechas de adobe y techadas con paja brava (sólo se ve una cubierta con calamina) al que no le falta su capilla colonial de paredes encaladas.

El edificio más grande es el albergue ecoturístico que lleva el nombre de la estancia; un lugar donde resguardarse al caer el sol, cuando baja la temperatura y sale de su escondite diurno el viento helado que casi corta la piel. El libro de registro de huéspedes muestra que el hospedaje tiene visitantes frecuentemente pero, aún así, hay que llamar antes de ir para avisar a las familias que administran el sitio (es una tarea rotativa, como en todo emprendimiento comunitario), para que puedan ir hasta Patacamaya a abastecerse de alimentos y refrescos. Lo que llama la atención es que la gran mayoría de los visitantes son extranjeros.

Rutas culturales y de aventura

Antes de que llegue el frío nocturno, se puede aprovechar para ir a conocer los encantos del lugar: géiseres, lagunas de altura, aguas termales, restos arqueológicos (hay chullpares que, a diferencia de la mayoría, están pintados) y caminos prehispánicos. Para los más atrevidos, también existe la opción de escalar el pico más alto de Bolivia. Dependiendo del tiempo y de las ganas de cada uno, se puede elegir una o varias de las opciones.

Incluso, está la posibilidad de ir de compras: chompas, gorros, guantes, chalinas son elaborados por buena parte de las mujeres de las comunidades del Sajama, tanto con fibra de vicuña como de llama. Algunos están hechos al estilo tradicional, con el hilo que ellas mismas pasan por la rueca. Pero, curiosamente, la mayoría de las artesanías son tejidas con hilo industrializado que compran en Oruro y La Paz.

Lo que es netamente del lugar son los derivados de carne de llama: filetes, salames y chorizos parrilleros o ahumados. Las artesanías se pueden adquirir en el propio albergue; para los productos cárnicos, hay que averiguar quién los vende, porque no hay tienda. Tampoco se pueden encontrar fuera del parque. “No se puede salir a vender”, dice una de las artesanas, que no pierde la ocasión de pedirle al embajador de la Unión Europea, Timothy Torlot, apoyo para tener mercado más allá del parque. Por el momento, esto no es posible, según el coordinador nacional del proyecto de Desarrollo Económico Local Inclusivo de la red Procosi (Programa de Coordinación en Salud Integral), Martín Rojas. La red está capacitando a los comunarios para que elaboren los productos siguiendo las normas sanitarias del Senasag (Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria): uso de barbijo, guantes, espacios salubres y otros. Todavía no cumplen con los requisitos y es por ello que los únicos compradores de esos productos son los propios vecinos y los turistas que llegan al área protegida.

Una tarde en remojo

Antes de que acabe el día, una buena opción para ver cómo las nieves del Sajama se van anaranjando con la puesta del sol es ir a las aguas termales de Manasaya. Por Bs 30, el turista tiene derecho a remojarse hasta quedar arrugado en una poza natural de agua caliente, de la que apenas se ve el fondo por el color oscuro del agua, que desprende olor a azufre. Los lugareños aseguran que esas aguas tienen propiedades medicinales. Y no se duda de ello, teniendo en cuenta que están bajo el dominio del Doctor Sajama, como lo llaman en el lugar porque en sus sagradas faldas se realizan rituales curativos.

Al regreso al albergue de Tomarapi, qué mejor que tomar una ducha caliente, un mate de “asaso” (hierba que crece en las faldas del nevado que combate el dolor de riñones), un plato de chorizo de llama con arroz y ponerse frente a la chimenea, que allí la prenden con vela. Afuera, todo está oscuro. Qué fácil es alejarse del mundo, y qué pocos saben todavía que esa posibilidad está a “tan sólo” 290 km de La Paz.

 Transporte

Lo más sencillo es ir en auto propio. Si no, se puede llegar hasta Lagunas en el bus que va hacia Tambo Quemado y tomar un taxi.

Hospedaje

Los precios oscilan entre Bs 390 y Bs 800, dependiendo del número de huéspedes y la pensión. Caben hasta 30 visitantes.

Información

Para consultas y reservas, llamar al 706507188, o escribir un correo: ecotomarapi@yahoo.es / jjhuarachi@hotmail.comEl primer parque.

Para proteger los bosques de queñua, que eran talados masivamente por su madera que se usaba como combustible para el ferrocarril, el 2 de agosto de 1939 se aprobó un decreto supremo que hizo del Sajama la primera área protegida de Bolivia. Se encuentra al noroeste del departamento de Oruro, entre los 4.000 y los 6.542 msnm (altura del nevado Sajama, el pico más alto de Bolivia) y ocupa 100.230 hectáreas. Su clima es frío y semiárido.

La Asociación Regional de Sajama es la sexta productora nacional de fibra de vicuña, animal que ha dejado de estar en peligro. En los 60 había 97 vicuñas en el país. Según el último censo (1999), ahora son 120 mil (datos del PIEB).

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