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Salón de la Coca

El museo paceño tiene como objetivo informar sobre la hoja sagrada y desmitificarla en relación con la cocaína.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 15 de marzo de 2015

Hay alemanes, franceses, suecos, neozelandeses, japoneses, argentinos, chilenos… A cada instante ingresan los turistas al repositorio, quienes miran con curiosidad lo que pueden encontrar y averiguar. Hernán los recibe y les explica las características del lugar, que resume como un repositorio de la “hoja sagrada”. Ubicado en la calle Linares, casi esquina Sagárnaga, en la ciudad de La Paz, el Museo de la Coca tiene el objetivo principal de informar y desmitificar que la coca sea lo mismo que cocaína y que, más bien, se trata de uno de los alimentos más saludables del orbe y que es el centro de los pueblos andinos.

En medio de las coloridas tiendas con recuerdos para turistas y agencias de viaje, sobre el portón de una casa colonial aparece un anuncio que indica Museo de la Coca. Lo que parece ser un espacio olvidado y escondido es una ruta imperdible para los visitantes nacionales y extranjeros.

La entrada a esta casona es como transportarse a tiempos pasados, pues al cruzar un zaguán de madera y unas rejas del siglo XIX se camina por un pasillo con piso y paredes de piedra, con dos faroles antiguos que cuelgan del techo de paja, el rostro de un conquistador español hecho de madera que nos recibe y balcones de estilo barroco, se suman a diseños de  serpientes, demonios, leones, reyes y la Virgen María. Después de pasar el pequeño patio de piedra, el visitante se encuentra con dos prensas (una de madera, de la etapa colonial, y otra de metal, que fue utilizada en la República), que comprimían las hojas de coca, las cuales eran cubiertas con frondas de platanales y guardadas en yutes para su traslado a otras regiones. La réplica de una escultura de una tribu amazónica ecuatoriana con influencia aymara, de la época precolonial también da la bienvenida a las salas de la galería.

Su historia

El Museo de la Coca es producto de los estudios de la socióloga Sdenka Silva y del psiquiatra Jorge Hurtado, cuyos resultados se plasman en un ambiente pequeño, pero cómodo que resume en paneles todos los ámbitos alrededor de la hoja sagrada, desde su historia, su influencia en las tradiciones de los Andes, su valor nutricional, el acullicu y la diferencia con la cocaína, entre otros importantes aspectos.

“Trabajé en la defensa de la coca desde 1983 y fui parte del movimiento de los productores de coca. Para 1997, la situación era peor que cuando empezamos, en el sentido de que se estaba imponiendo la erradicación forzosa; la Ley 1008 ya se estaba aplicando desde 1988, pero cada vez más duramente. La situación en el Chapare era muy fuerte”, recuerda Silva, quien hace notar que en aquella época había desinformación con respecto a la hoja de coca y la cocaína, por lo que era necesario abrir espacios para hacer tomar conciencia a la población.

Ese influjo hizo que el 7 de julio de 1997 se inaugurara el Museo de la Coca. “Empezamos con fotografías colgadas en las paredes, con texto escrito a máquina, porque no teníamos muchos recursos, pero de a poco surgieron los paneles informativos”, comenta Silva, quien se hizo cargo de este emprendimiento privado.

Al entrar al repositorio, el recepcionista Hernán Cori da la bienvenida al visitante y le entrega un texto escrito en varios idiomas, que explica cada uno de los sectores. El primer punto del recorrido contiene un resumen de todo lo que se va a observar y leer en las salas, además de una adaptación de La leyenda de la Coca, escrita por el paceño Antonio Díaz Villamil en 1921, la cual señala:

Cuando el conquistador del norte vino a conquistar el pueblo nacido en el Ande, un escogido entre los sacerdotes escuchó una divina voz que hablaba así: “Amo mucho a tu pueblo porque obedeció mi mandato y se mantuvo puro. Sin embargo, los buscadores de oro ya están aquí, para oprimir vuestro corazón y clavar sus espinas de hierro en vuestra carne.

No debes olvidar que el dolor es el receptáculo de la felicidad, ella penetra en el corazón por el camino que ha abierto el dolor.

Los tiempos que tocan vivir son ésos, cavarás en el corazón de la tierra tu camino, para sacar el oro y la plata, dioses de barro que ha construido el hombre.

Pero en el fondo de esa búsqueda, mientras más desciendan, más ansias tendrán de la luz que quedó atrás, y podrán llegar a mí.

La pureza de tu corazón me ha conmovido y por eso para luchar contra la tiniebla del fondo de la Pachamama, para soportar el frío, el hambre y la tristeza, te daré un regalo para tus hermanos. Es esta pequeña planta, pero de mucha fuerza: la coca.

Guarden con amor sus hojas, y cuando sientan dolor en el corazón, hambre en la carne y oscuridad en la mente, llévenlas a su boca y con dulzura extraigan su espíritu que es parte del mío. Obtendrán amor para vuestro dolor, alimento para el cuerpo y luz para la mente. Y aún más, observen el baile de esas hojas y obtendrán respuestas a vuestras preguntas. Pero si tu verdugo, el conquistador blanco, la tocara, solo encontrará en ella veneno para su cuerpo y locura para su mente, porque su corazón está tan endurecido como su espada, y cuando la coca intente ablandarlo solo logrará romperlo, como los cristales de hielo destruyen las rocas y demuelen las montañas”.

En el siguiente panel del recorrido existe información sobre la historia de la coca, a partir de las hojas encontradas en tumbas precolombinas.

Silva recuerda, por ejemplo, que durante la conquista la coca fue utilizada para la “extirpación de idolatrías” por parte de la Iglesia Católica, “que declara en 1571 a la coca como hoja del Diablo y la prohíbe”, señala el guía. “El grupo ligado al clero consideró que debía prohibirse el cultivo y consumo de la ‘hoja del Diablo’ por su relación con prácticas mágico-religiosas que la doctrina de ‘extirpación de idolatrías’ quería hacer desaparecer”, comenta Magdalena Cajías en el ensayo La coca en la historia de Bolivia.

Esta posición perdió vigencia al constatarse que la coca podía ser utilizada en sustitución del alimento por su alto valor nutritivo y, por lo tanto, ser entregada a la fuerza de trabajo sometida en las minas y en el campo. Por otra parte, los españoles percibieron que su cultivo y comercialización podían convertirse en otras fuentes de obtención de riqueza.

“Descubierto el Cerro Rico de Potosí, cuya explotación se inició masivamente en la segunda mitad del siglo XVI, la mano de obra que se reclutó forzosamente desde la implantación de la mita por (el virrey Francisco de) Toledo se convirtió en una importantísima consumidora de coca, junto a la de otros centros mineros como Porco, Oruro, Chichas y Lípez. A partir de ese momento, el cultivo y el consumo de la coca vivieron un importante y acelerado proceso de expansión”, relata Cajías.

“Se apropiaron de la coca para hacerlos trabajar más; por ejemplo, hay algunas crónicas que indican que los indígenas trabajaban 48 horas continuas sin alimentación ni descanso, solo masticando hoja de coca”, comenta Hernán, el encargado de recibir a los turistas en el museo.

En la sección también se habla de la época republicana y de José María Gamarra, considerado a mediados del siglo XX el Rey de la Coca, debido a que poseía el 25% de las haciendas productoras de coca de Coripata. Un ejemplo de su poder es que su hacienda Cañamina producía cerca de 2.500 hectáreas del almácigo, que eran vendidas a la actividad minera.

En el panel del acullico hay gráficos y textos para explicar cómo se debe masticar la hoja sagrada. “Se toma un puñado de coca sin las ramitas, para que no lastimen las encías. Puedes meter a la boca una por una o todas las hojas juntas, y se añade un alcalino, como la lejía o llujt’a (ceniza de plantas mezclada con agua de anís o agua de papa)”, explica Silva, quien detalla que en el oriente boliviano y en el norte argentino se utiliza bicarbonato, “en algunas partes de Perú se emplea cal, en Colombia se usa piedra caliza molida, en la Amazonía de Brasil y de Venezuela se tuesta y se mezcla el polvo de coca con ceniza, en el norte de Colombia se utilizan conchas de mar pulverizadas que son metidas en una tutuma”, dice. “Después de masticar la coca un poco  se la deja a un lado de la boca, se succiona la esencia y, si se quiere, de a poco se aumenta lejía o más hojas”.

Varios turistas se animan a acullicar después de recorrer el museo, para lo cual en el mostrador principal hay un pocillo con hojas y diferentes tipos de lejía. “Si se animan, yo les enseño. Aún visitando el museo tienen el temor de que la coca sea cocaína, pero la mayoría, después de visitar las salas, ve la diferencia y se anima”, expresa Hernán, el encargado del museo.

Durante la visita al repositorio, tres argentinos se animan a masticar la hoja sagrada, para lo que Hernán les muestra cómo quitar las ramitas.

Ellos miran con atención y de manera constante, muy preocupados, preguntan si les hará daño. En el siguiente ambiente se muestra la presencia de la coca en los rituales andinos, desde el matrimonio, los entierros, en la fiesta de Todos Santos o en las reuniones de las comunidades.

Además, “como señala la leyenda escrita por Díaz Villamil, la coca tiene el poder de mostrarte el futuro, o ver  el pasado o el presente”, agrega el recepcionista del lugar.  Al lado, otro panel muestra la influencia de la coca en las culturas uru, tiwanakota, aymara y quechua, principalmente.Estudios de Harvard

En el panel sobre el valor nutricional de la coca hay informes de la Universidad de Harvard, del Instituto Francés de Investigación Científica para el Desarrollo en Cooperación (ORSTOM), el Instituto de Biología de la Altura (IBBA) y el Centro de Investigaciones Botánicas y Ecológicas de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) de Cochabamba.

Entre sus resultados señalan, por ejemplo, que el masticado de coca mejora la tolerancia al trabajo, mejora la oxigenación y regula el metabolismo de la glucosa, entre otros beneficios. Al lado de este panel existe información sobre la guerra de la coca que se generó a partir de la Convención de Ginebra de 1961.  Más adelante hay datos de la influencia de elementos químicos para transformar la hoja sagrada en droga, los antiguos procesos de elaboración y las consecuencias para los consumidores de cocaína. En la parte final se puede apreciar la influencia de la coca como analgésico desde la época del incario hasta los estudios de regeneración de tejidos, y las bebidas que fueron elaboradas con coca, como el vino Mariani de Francia y la popular Coca-Cola. Como alternativa de descanso, el museo tiene en la parte superior una cafetería, donde se ofrecen productos muy llamativos, como cocachino, coca chocolate y coca orange, en un ambiente tranquilo con muebles antiguos y con música agradable. Y es que debido a la aceptación del público nacional y extranjero, Silva decidió renovar el museo con datos actualizados. “La historia de la coca continúa y tenemos que adecuarnos a ello, por lo que queremos presentar algo más visual. No se puede dejar de mencionar a Evo Morales, porque es presidente del país gracias al simbolismo de la coca”, adelanta.

“Hablar de su importancia espiritual (de la coca) es muy fundamental. En Los Andes, desde Colombia, atravesando Ecuador, Perú, Bolivia y el norte argentino, no es posible considerar a un yatiri o a sabios médicos indígenas que no tengan relación con la coca; si no tienen relación con la coca nadie les cree. La coca está presente en las relaciones económicas, espirituales, eso se llama un eje cultural”, reflexiona.

“Nuestro objetivo es muy claro, mostrar a la hoja de coca como cultura, como símbolo, porque muchos antropólogos y sociólogos se preguntaron y se preguntan por qué es sagrada la hoja de coca. El enfoque del Museo de la Coca va a ser mucho más profundo”, promete Silva a sus visitantes que ya han aprendido a acullicar.

Es en esa calle de las Brujas donde el repositorio muestra a los visitantes la importancia de la hoja sagrada como eje de las culturas andinas y se presenta como un frente para seguir desmitificando que sea la “hoja del Diablo” o lo mismo que cocaína. Como dice la letra del grupo fusión Wara, “coca no es cocaína”.

Éxito del vino de cocaEn la parte histórica del Museo de la Coca hay una exposición de la influencia del vino Mariani, elaborado a base de la hoja sagrada y que tuvo éxito en el mundo.El químico corso Angelo Mariani (1838-1914) logró fama y una considerable fortuna a finales del siglo XIX gracias a un vino de coca de elaboración propia, que comenzó a fabricar en 1863 y que pronto se convirtió en el favorito de muchas celebridades de la época, como el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, los escritores Émile Zola, José Martí, Julio Verne, Alexandre Dumas, Henrik Ibsen, Robert L. Stevenson; los creadores del cinematógrafo Louis y Auguste Lumière, el inventor Thomas A. Edison, la actriz francesa Sarah Bernhardt, la reina Victoria y el zar Alejandro II, entre otros personajes del mundo, describe el blog Ekokultur.El papa León XIII (1810-1903) resultó ser finalmente uno de los principales consumidores de esta bebida, y en agradecimiento al tónico llegó a prestar su efigie para la etiqueta y concedió una medalla de oro al inventor, en reconocimiento a la capacidad de ese licor para “apoyar el ascético retiro de Su Santidad”. De Mariani a Coca-ColaEn el repositorio hay un espacio destinado a la Coca-Cola, con información como la compra de 204 toneladas de coca de Perú y Bolivia en 1995. Según la página web Batanga, la receta de Coca-Cola tuvo como inspiración el vino Mariani. La nueva bebida, creada por John Pemberton el año 1886, contenía extracto de hoja de coca con jarabe de azúcar, nuez de kola y cafeína. Las infusiones de cocaína eran comunes en esa época, y no fue una droga ilegal hasta 1914. La opinión negativa hacia el uso de cocaína hizo que Coca-Cola la quitara de sus productos, pero la bebida no estuvo completamente libre hasta 1929, cuando los científicos descubrieron cómo quitar los elementos psicoactivos de la hoja de coca.

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