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Salta, la lindísima

Fronteriza con Bolivia, la vecina provincia argentina guarda un sinnúmero de atractivos turísticos compartidos entre pueblos andinos.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 22 de marzo de 2015

Su similitud con los valles bolivianos es sorprendente. Más aún si en algunos de sus rincones suena folklore nacional. Es casi como estar en casa. “Acá es así, negro, nos gusta la música de ustedes”. La belleza de sus calles coloniales y clima ardoroso se abren a la llegada de los turistas-vecinos del norte. “Antes, ustedes y nosotros éramos uno solo”, se escucha. Y es que las similitudes son enormes. Clima, paisaje, gente y hojas de coca en las mejillas de los hombres comunes. Es Salta, la linda, como reza su marca-eslogan para diferenciarse del resto de las otras 22 provincias que componen el territorio del país austral. Ubicada a poco más de 1.200 kilómetros de la sede de gobierno, es una de las grandes ciudades argentinas pasando la frontera con innumerables atractivos turísticos. Es el destino próximo al sur imposible de evitar.

La ciudad conserva la herencia que por milenios ha ido tejiendo ese tramado de culturas prehispánicas y migraciones europeas. En la meseta de alta montaña también llamada Puna, donde se erige la urbe salteña, habitaron los aymaras y calchaquíes que, sedentarios, se dedicaban a la agricultura con avanzadas técnicas de riego. Pero hacia 1480 estas etnias fueron conquistadas y esclavizadas por los incas en la denominada tercera expansión del imperio incaico.

Luego, los primeros españoles en explorar la zona fueron Diego de Almagro (1535) seguido de Diego de Rojas (1542). Durante los siglos XVI y XVII los españoles hicieron dos intentos por establecer una población en la actual zona central de Salta, uno frustrado y otro con éxito. Entonces la región pasó a formar parte del Virreinato del Perú hasta 1776, cuando la corona española creó el Virreinato del Río de la Plata. El nuevo virreinato fue luego subdividido y Salta quedó ubicada, en un principio, en la Gobernación Intendencia de San Miguel de Tucumán (1782) y posteriormente en la Gobernación Intendencia de Salta del Tucumán (1783).

En 1794 se fundó la estratégica ciudad de San Ramón de la Nueva Orán, nexo entre Salta y Tarija. En 1807, por Real Orden, Tarija fue incorporada a la Intendencia de Salta del Tucumán en los aspectos militares y eclesiásticos, pero continuaba dependiendo de Potosí en lo administrativo al momento de la Revolución de Mayo, hecho que dio lugar al litigio posterior entre Argentina y Bolivia sobre la posesión de la ciudad y su territorio.

“En junio de 1810, el cabildo de Salta se sumó a la Revolución de Mayo, llegando en 1811 el primer contingente del Ejército del Norte. Durante la Guerra de la Independencia argentina, Salta fue invadida varias veces por los realistas”, explica el muy bien cultivado guía turístico de turno. Muy poco tiempo después de la Revolución de Mayo, en 1814, la antigua Intendencia de Salta del Tucumán empezó a desintegrarse, “y se inició un largo proceso durante el cual la provincia de Salta fue formando su territorio, en medio de peleas con provincias vecinas, disputas entre la Argentina y países vecinos, guerras con las tribus del Chaco, hasta que en 1943 la provincia adquirió la forma y los límites que actualmente tiene”, complementa el guía.

Salta no fue el nombre impuesto por su fundador Hernando de Lerma en 1582. Hay diversas interpretaciones sobre su origen. Puede ser el nombre de una tribu de indios, los saltas, o bien salla ta que quiere decir “peñas-lugar”, o sagtay, en quechua “reunión de lo sobresaliente”, o bien, la acepción preferida, sagta, “muy hermoso” en aymara.

Para conocer la ciudad es imprescindible empezar por la plaza 9 de Julio, el lugar donde Hernando de Lerma la fundó. Dentro de ella, una glorieta que en otro tiempo fue el lugar de la clásica cita de novios hoy es el sitio elegido por los estudiantes salteños para reunirse. Las Recovas que se encuentran en las calles que la rodean son un sello característico de la ciudad.

Casco histórico

A uno de los costados de la plaza se encuentra la Catedral, donde se exhiben las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro y donde reposan los restos del general Güemes, héroe de la Independencia. “Se llamaba Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero Goyechea y la Corte, fue un militar que luchó en la Guerra de la Independencia. Ejerció la gobernación de la provincia durante seis años y con escasos recursos libró una guerra defensiva, conocida como Guerra Gaucha, que mantuvo al resto del territorio argentino libre de invasiones realistas”, explica el guía hincha de Juventud Antoniana, uno de los dos equipos de fútbol más populares de la provincia junto a Atlético Central Norte.

En el costado opuesto al de la Catedral se halla el Cabildo Histórico, hoy sede del Museo Histórico del Norte. Y tomando por calle Caseros, una de las más transitadas, se llega hasta la Iglesia de San Francisco, con sus paredes color ladrillo. Un poco más allá, por el mismo camino, se encuentra el Convento de San Bernardo. Y para completar el recorrido por el casco histórico conviene visitar al menos una de las mansiones coloniales: de Uriburu, Arias Rengel, Leguizamón o Hernández. Muchas de ellas son hoy en día museos.

Cuando cae el sol, la ciudad se puebla de movimiento y música. La zona de la estación de trenes es uno de los lugares preferidos por salteños y turistas para compartir un trago en alguno de los muchos bares, o bien cenar en sus restaurantes o solo caminar por las peatonales. Mirar y dejarse ver.

Y las peñas folklóricas también hacen al atractivo de esta ciudad ausente de grandes edificios. Las más conocidas son Boliche Valderrama, Casona del Molino y La Vieja Estación, donde el folklore bulle en concordancia con las botellas de vino, uno de los elixires que produce la región junto a las exquisitas y jugosas empanadas.

Nadie puede decir que estuvo en Salta sin haber contemplado la hermosa vista desde el cerro San Bernardo con una altitud de 1471,92 msnm, mejor aún si se va cuando comienza la noche, para tener espectáculo de las luces de la ciudad desde lo alto de aquella colina con teleférico incluido. El cerro forma parte de la Cordillera Oriental que es una reserva natural. La misma limita a la ciudad por el este y constituye el borde nororiental del valle de Lerma, cordón montañoso cubierto de abundante vegetación selvática denominada Yungas. ¿Yungas? Las similitudes vuelven a hacerse piel en uno.

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