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Salvador de Bahía ciudad de la fe y de la alegría

Bienvenido a Salvador de Bahía, amarre una cinta a su muñeca y pida tres deseos”. El recepcionista del hotel me entrega un bote con un arcoiris de tiras de tela. Lo hace como si fuera un ritual, con una sonrisa blanca de oreja a oreja que brilla aún más en su tez oscura. Escojo la azul. “Si se le desata, debe llevarla a la iglesia de Bonfim, se le cumplirán los deseos. Aquí los bahianos somos muy creyentes y alegres”.

La Razón / Miguel E. Gómez / La Paz

00:00 / 15 de enero de 2012

Fe y fiesta son dos palabras que sintetizan el espíritu de este edén turístico brasileño a orillas del Atlántico, que nació en 1549 con el nombre de San Salvador de Todos los Santos, en honor de Jesucristo. No en vano allí se erigen más de 40 iglesias de entre los siglos XVI y XIX o en cada calle uno se tope con la sede de una congregación cristiana, y no en vano este pedazo de mundo es llamado la Ciudad de la Alegría.

Pelourinho y los palacios coloniales

La Roma Negra es otro de sus denominativos: el 80 por ciento de sus casi tres millones de habitantes desciende de la raza negra, la raíz de su génesis. Otro gentilicio del bahiano es soteropolitano, en alusión a Soteropolis, traducción al griego de Ciudad del Salvador. Esta urbe fue la capital del Brasil colonial y hoy es una de las tres más pobladas y más importantes de este país, luego de Río de Janeiro y Sao Paulo.

Más de 50 kilómetros de playas paradisiacas. Palmeras, rocas, arena, mar. Mis pies se sumergen como en una esponja al caminar por una de las playas. Me atrae el partido que juegan dos equipos de pequeños en una cancha de arena. “El sueño de todo niño es ser futbolista”. Un hombre delgado con el torso desnudo me saluda. Es el entrenador, Victorio, que tiene un apellido tan largo como su altura de casi dos metros.

“Llegar al Bahía o al Vitória es su anhelo, de ahí a la selección, ser como Daniel Alves (jugador actual del Barcelona de España)”, añade. Me cuenta que los fanáticos como él inflan el pecho porque el Bahía le ganó el campeonato nacional nada menos que al Santos de Pelé en 1959. Le pregunto si a sus 68 años todavía practica el deporte rey y me señala a sus cómplices: los pescadores. “Jugamos en serio, sin zapatos”.

Redes y barcos artesanales lidian con las olas. En un rincón, un grupo de pescadores desescama la producción antes de llevarla al mercado. “Salvador es playa, capoeira, samba y mucha fe en Dios. Nosotros tenemos a nuestra Reina del Mar, a la que ofrendamos perfumes, flores y muchos objetos cada 2 de febrero”, explica Davinho Moraes. A su lado, está la estatua de una sirena con su corona y su cetro en la mano izquierda.

Uno de ellos me vende un acarajé, buñuelo de frijol frito en aceite de palma, un manjar afrobrasileño. “¿Qué hace aquí?, ¡vaya a Pelourinho!”, me grita, y la orden es secundada por la tropa. Sigo el consejo. Pelourinho une las partes alta y baja de la ciudad con sus edificaciones coloniales. Recibe el nombre de “picota” (pelourinho), porque allí había una columna de piedra donde eran castigados los esclavos.

Pelourinho abarca el Centro Histórico, la zona que después de la Colonia se convirtió en el eje cultural de Salvador. Guarda el mayor conjunto arquitectónico barroco de entre los siglos XVII y XVIII en América Latina. Casas de variopintos colores, templos y fuentes reconstruidos en los años 90 con una inversión de 100 millones de dólares, piezas a las que la Unesco otorgó el título de Patrimonio de la Humanidad.

Una bahiana ataviada con su típica bata blanca me da la mano: “¿Turista? ¡Una foto por 50 reales (unos 28 dólares)!”. Un enjambre de guías me rodea. “Una hora por 100 reales (unos 56 dólares)”, “si va solo no conocerá nada”, son frases que logro entender. Me meto a una tienda. Allí resaltan las artesanías y me colocan una manilla roja en la muñeca. “Si se le cumplen sus deseos, retorna a pagarme”, me dice la vendedora.

Salgo y quedo maravillado con la Catedral Basílica y sus 13 altares, uno de talla dorada con 18 columnas dóricas; con las iglesias de Oro, por su interior dorado, y del Rosario de los Negros, edificada por los esclavos negros, entre otras. Mientras en la plaza, maestros del capoeira demuestran su destreza. “La fotografía a 50 reales”, me señala uno. Ellos tienen también su templo, su fortaleza en una colina de Salvador.  

Tras zafarme de los comerciantes y “modelos” turísticos, llego al Palacio Blanco, donde me espera el Elevador Lacerda, ese conjunto de cuatro elevadores inaugurado en 1873 que conecta con la parte baja de la urbe. Transporta más de 100 personas en cada viaje que dura menos de 25 segundos, por un trayecto de 72 metros. Abajo se encuentran el muelle y el Mercado Modelo, el sitio ideal para la compra de souvenirs.

“Tiene que hacerme caso, tiene que venir para el Carnaval”. La vendedora insiste mientras amarra otra cinta de color amarillo en mi muñeca. “Es un amuleto que le regalo”. Me comenta que la fiesta rebalsa todos los días en Salvador. Se la siente en cualquier esquina con la samba, o en las plazas, donde se suma el capoeira. “Por eso dicen que cuando el bahiano no está celebrando, se está preparando para celebrar”.  

Pero el clímax es en Carnaval. No es gratuito que los bahianos sean conocidos por organizar en esas fechas la mayor festividad callejera del mundo, certificada por el libro Guinness de los récords. Más de millón y medio de personas bailan al ritmo del trío eléctrico, camión de unos 12 metros que en su plataforma lleva músicos que interpretan temas populares. Recorren toda la urbe y se reúnen en la plaza Castro Alves, donde la celebración se prolonga por días.

Bonfim, el templo de los milagros

Ya llevo tres manillas en mi muñeca. Todas están a punto de desatarse. Llegó la hora de ir a la iglesia de Nuestro Señor de Bonfim. Se halla en lo alto de la Colina Sagrada, en la península de Itapagipe. El panorama es impresionante: millones de cintas de colores engalanan las rejas, las puertas y el interior. Al ingresar, en el altar, las imágenes del santo y de la Virgen y el Niño son todo un espectáculo artístico para los ojos.

En un cuarto contiguo está una cruz ataviada por las tiras de tela y en los muros, cientos de fotografías, placas y dedicatorias. “Son de las personas que recibieron un milagro”, me explica Alessandro, el custodio. Arriba, de manera tétrica, se observan brazos y piernas de yeso. “Otros creyentes cuelgan esos objetos como símbolo de la extremidad que le fue sanada”. El murmullo de las plegarias domina el ambiente.

“Estos milagros sólo pasan aquí porque tenemos mucha fe, sin fe no se hace nada. Igual con las manillas, sin fe, no sirven”. me resalta el uniformado. Un vendedor me cuenta que la historia de esas cintas se remonta a la India, a un mago negro del siglo XIV que creó un oráculo de  siete colores: violeta, azul, celeste, verde, amarillo, naranja y rojo. Y la creencia fue traída a tierra brasileña por el esclavo Zé Baitasar.

Cada tono tiene un significado y soluciona un problema físico o espiritual. Pero el tiempo provocó que los bahianos también le dieran a estas tiras el poder de cumplir tres deseos, gracias al Señor de Bonfim. “Con fe, se cumple todo”, me replica una joven con una sonrisa, que ata su cinta en una de las rejas. Dubito... pienso y hago lo mismo; al final estoy en Salvador de Bahía, la ciudad de la fiesta, la ciudad de la fe.

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